Número 98
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Sopa de Wuhan

El triunfo de la muerte, de Pieter Brueghel.

Por Pepe Romero García. Domingo, 24 de mayo de 2020

Pepe Romero García

“¿Qué está sucediendo?”–se pregunta el hombre de a pie. Y por más que responda, la duda se sigue exhibiendo como el adalid del pueblo. Hemos visto a Europa transformarse desde espectadora de una crisis que allá estaba a una Europa viviente de su crisis. Los primeros meses la conciencia de los ciudadanos se sentía protegida, el temor era visto como cosa de locos, de los que están allá, allende el muro espiritual que separa Occidente de Oriente. El hombre de a pie podía sentirse angustiado, temeroso ante lo indefinido, pero nunca tuvo conciencia del peligro. Cuando el coronavirus era cosa de los chinos y Wuhan se presentaba como las antípodas de lo que aquí y ahora podía pasar, el hombre de a pie se sentía protegido por falsas murallas de apariencia esplendorosa más endebles que folios arrugados. Mas sólo cuando el peligro es definido, el hombre empieza a actuar. Sólo fue cuando aquí llegó, y ni siquiera cuando a Italia llegó, sino justo aquí y en este preciso momento, cuando el miedo se presentó realmente. Parecía como si el hombre, al ver sus murallas menguar y menguar, aún tuviera la esperanza de verlas resistir, pensando que serán los otros y no yo quienes sufran, acorralándose, y hasta un punto enorgulleciéndose. Así fue cómo transcurrió la conciencia del hombre de a pie. A las puertas del estado de alarma, previo al confinamiento de marzo, el hombre de a pie se aprovisionó y dejó vacíos los supermercados, vaciando estantes de productos. A sabiendas de que no se agotarían aun así lo hacía. Fue con la concreta imagen de un ciudadano cargando su cesta con los últimos siete paquetes de rollo de papel higiénico, y no cediendo ninguno al otro ciudadano desprovisto, cuando el primer cambio de la conciencia occidental fue dado. Repito, en ningún momento las preguntas de los hombres y mujeres eran resueltas, la respuesta convertíase en otra pregunta, y la duda crecía sobre el barbecho de las declaraciones. Una situación de credulidad ciega fue la respuesta. Así, el miedo se adueñó del diálogo, y hablando en monólogo nos confinamos (con razón, obviamente) en nuestros hogares, en un sueño profundo y confuso, habiendo sucedido todo tan rápido como una estrella fugaz, y carentes de habla y cegados por el resplandor, callamos e hibernamos.

La situación cambió totalmente, en un espacio brevísimo de tiempo. Lo que fue una sopa de Wuhan, allá, lejos, transmutó en una actualidad dura, aquí y ahora. “El proceso de globalización, acelerado a través de las nuevas tecnologías, elimina la distancia en el espacio cultural (…) Los espacios culturales se superponen y se atraviesan”, dice Byung Chul-Han en su libro Hiperculturalidad. Que dependemos todos de todos, que la convivencia es por vez primera global, que la distancia ha quedado ridiculizada por la tecnología, y que un problema es siempre un problema global; estas son afirmaciones que se llevan diciendo mucho tiempo, pero sólo ahora pasan de la mera abstracción, sólo ahora entran en la conciencia de la gente y se hacen palpables, concretas. El humano las ha desvelado a través de esta pandemia, y a su vez lo está transformando, veremos de qué manera.

El coronavirus comenzó en China, uno de los primeros países que lo ha visto desvanecerse. Es evidente que China no tiene solamente 4.600 fallecidos, que la cifra se inflará dentro de unos meses, como quizá se infle en países sudamericanos o africanos, incluso europeos. Esta es la política China desde Confucio, el arte del engaño, es la estrategia oriental. Pero es innegable que Occidente ha sido mucho más torpe que Oriente en esta crisis. Una razón es el principio chino, su ideal de igualdad. China es el país más longevo, y el único que nunca ha perecido en tanto que sistema. Poco cambio a nivel de conciencia ha sufrido China en 4.000 años, decía Hegel en sus Lecciones sobre filosofía de la historia. “El individuo parece por completo sometido a la tutela (…) No existen individuos ni clases independientes que tengan que velar por sus intereses, sino que todo es mandado, dirigido e inspeccionado desde arriba. Los individuos están pues en la condición de hijos menores (…) En China reina la igualdad. Todas las diferencias proceden de administración pública”. Muy distinto no se presenta el espíritu chino desde principios del siglo XIX. El chino obedece, porque no hay una diferencia sustancial entre el “yo quiero” y el “yo obedezco”, la conciencia es siempre colectiva, el individuo es sucedáneo, sustrato, así como su vida, y la diferencia despreciable. Así es como el gigante asiático ha podido vérselas contra la pandemia, sus recursos eran ya naturales. El espíritu occidental, con su máxima en el liberalismo estadounidense, en cambio hace una distinción entre Estado e individuo, el Estado en muchos casos es el enemigo. Cada cual a su protección, cada cual responsable de su cuerpo y salud. Así piensa el liberal norteamericano. Hasta que llega una pandemia, y se supera el millón de casos con creces.

Pero no estoy hablando de política, esta es legalidad vacía, sin sustento moral no es nada. Hablo de conciencia. Nosotros los occidentales no estábamos concienciados de las palabras, de la moral, del individuo. Antes de Sócrates, el padre de Occidente, nuestra civilización requería de oráculos, religiones arquetípicas que dirigían nuestra vida como el Estado dirige al chino. Sólo fue, siendo conscientes del individuo, cuando Occidente nació verdaderamente, la condena de Sócrates, quien descubrió lo que era bueno en esencia y malo, este es el origen de Occidente. Más tarde llegaría Cristo, e impuso el amor al prójimo como pilar de la cristiandad. El hombre ya no necesitaba de Estados ni oráculos que mostrasen su destino, la cristiandad supuso el reconocimiento del hombre libre sólo por ser hombre, y fue lo que acabó con Roma, cuya concepción de la libertad es la de liberado-liberto, algo parecido a la concepción oriental (cabe recurrir al ejemplo de Camboya, cuyo idioma –el jemer– no contiene la palabra libertad). Definimos así a Occidente como cristiandad y a Oriente como principio del Estado. Uno, aunque corrompido por la Iglesia Católica, basado en la libertad y el deber de la conciencia, y el otro en la obediencia y la voluntad general. La muestra de cariño, dar la mano, besarse, abrazar, es en el occidental el acto de su amor al prójimo, en el que el yo se reconoce en el otro. Dar la mano es sinónimo de libertad, de reconocimiento del individuo, frente a la reverencia oriental, caracterizada por sumisión. Pues bien, el cambio de conciencia que está sufriendo Occidente es una orientalización de las costumbres. La dialéctica está bien marcada: Occidente, Oriente; dar la mano, reverencia; principio de individuación, voluntad colectiva o general. Estamos todos confinados, todo el planeta está a merced de un virus que ha puesto en jaque a Occidente.

El hombre de a pie sabe muy bien lo que está sucediendo, pero es tan visible que no llega a idealizarse. El distanciamiento social, respuesta directa a la sopa de Wuhan, producido por la incertidumbre, nos aleja a unos de otros, nos enmascara y nos separa igualándonos. Es difícil de interiorizar, pero este suceso caído como la espada de Damocles de golpe y porrazo es para lo concreto, para la cultura, su orientalización. Las manos ya no son dadas, los rostros ya no enseñan la individualidad, y a la vez que los corazones de las gentes son partidos, la semilla de la angustia crece ramificándose como un baobab. La persona singular empequeñece, y a medida que se hace plural, que se hace zoológico, es aplastada como a un insecto por un futuro incierto que cuenta con todos y a la vez con nadie. Hemos cedido nuestra voluntad a Leviatán, y hemos arrojado nuestros occidentales ritos a la basura, mas ¿qué será ahora de nosotros, al margen de la política, qué será de la cotidianidad del hombre de a pie?

Bien decía Jünger que “el miedo adopta siempre la máscara, el estilo de los tiempos”. Antaño la Iglesia metía miedo con el Infierno, y este atemorizaba a los hombres. Ahora el mundo es el escenario de ejércitos de microbios, la enfermedad es lo más parecido  al infierno, el apocalipsis amenaza en tonos científicos, y el hombre cotidiano cada vez se siente más inseguro, más arrojado, más náufrago. La angustia está creciendo, la angustia, el desarraigo, ha hecho disparar el consumo de medios de comunicación. Una ingesta masiva de noticias enfocadas en el mismo tótem: el coronavirus. La incertidumbre deposita la esperanza en los médicos, los salvadores, nuestros nuevos sacerdotes. El rebaño, la horda sin nombres ni individualidades crece. Los asintomáticos, el foco de nuestra angustia “indefinida”. Estos son el enemigo de esta guerra invisible. Si el enemigo fuera un dos por ciento, todo el temor e ira estaría desplazado hacia él. Sin embargo, la posibilidad de que sea la totalidad de los que nos rodean nuestro enemigo, despierta la angustia, la incertidumbre. Las respuestas son momentáneas, y son superadas por más dudas, lo de ayer ya no sirve. El amigo que antes estaba muy cercano al día siguiente puede ser la causa de la muerte de un abuelo, y por tanto nuestro enemigo. Nuestro miedo es desplazado así sobre los ritos. Así despierta la rabia en el hombre de a pie al ver a dos personas abrazándose, considerándose atentado contra la salud general. El hombre se empieza a aislar como un oriental, no abandona la morada, y si lo hace mira atentamente a todos, a los enemigos. Los medios de comunicación muestran la enfermedad como enemigo, sin embargo la muy profunda conciencia del hombre de a pie siente como enemigo invisible a todos los que le rodean. El mundo se ha vuelto una constante amenaza vírica. Ante todo, esto es también una crisis de insolidaridad, pues cuando se pierde la seguridad del acercamiento, el egocentrismo crece. El rebaño es guiado por las estadísticas, el pueblo es tratado al modo oriental, estadísticamente. Aunque en las profundidades del espíritu hay un miedo no infundado por ser cuantificado dentro de ellas. El hombre, aún en estas adversidades en las que se siente como un ente colectivo, es capaz de hacer emerger su interna libertad para hacer frente espiritualmente a este temor temporal.

No obstante, sigue y seguirá sin saber responder “¿qué está sucediendo?”, porque desde esa simbólica sopa de Wuhan el hombre ha cambiado y aún no le ha dado tiempo a darse cuenta de esa transformación del espíritu. Mírese como se mire, bajo el foco de la ciencia es una crisis sanitaria, bajo el foco religioso una crisis de la cristiandad, bajo el del espíritu una orientalización del mismo. Son todas correctas, y a la vez todas respuestas que conducen a más dudas. Lo único seguro es la indeterminación de nuestro tiempo y su inexorabilidad. La expresión del hombre de aquí y ahora es de decadencia, abatimiento. Todo en moralidad está dejado en manos de otros, que tampoco saben dar respuestas. En este eterno Domingo en el que el mañana es el eterno ayer, ni por la esperanza ni por el temor puede saberse nada. ¿Y qué es todo lo que he dicho, sino simple descripción, ausencia de respuestas y preguntas calladas que no dije ni diré?

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