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Sacra magra

Por Luis Sánchez. Domingo, 24 de mayo de 2020

Luis Sánchez

Hace cuarenta años, ¡no lo olvidaré en la vida!, cuando era universitario, me encontraba una tarde en la cafetería de la Facultad, hablando con un compañero, mayor que yo y mente portentosa, Álvaro Quintanilla, sobre una posible pregunta para el examen final (cursábamos Filosofía pura, así se llamaba entonces la carrera), y, tras una pausa, me suelta:

—A ver, para descongestionar el asunto, un jueguecito: ¿cuál crees que es el mayor insulto que le pueden disparar a un mortal? Por ejemplo, a ti.

—Yo qué sé. No sé…

—Piensa, hombre, piensa.

—Pues… hijoputa, por ejemplo —dije optando por lo más socorrido.

—¿Tu madre es puta?

—No.

—Pues entonces. Te sería bastante fácil demostrar que el otro miente: calumnia. Piensa, hombre, piensa.

—Marica, maricón; boyera. Qué sé yo.

—Seguimos por camino parecido.

—¡Bestia!, ¡animal!

—¡Oh, la metamorfosis! Desciende, desciende más…

—No sé, la verdad… Me rindo.

—Hay que cosificar, pero manteniendo el vínculo con la descendencia y resaltando el contraste. El mayor insulto a un humano es llamarlo mierda seca. Has perdido todo el poder: ya no sirves ni para espantar ni para heder ni para embadurnar.

—¡Vaya! Ni lo sospechaba —le respondí sorprendido.

—Una mierda seca es —me confesó en tono confidencial— la reducción al absurdo de la íntima finitud, carece de valor ontológico y es la negación de toda potencia de ser, quedando sometida, por ella misma, a una única función: mofa y escarnio.

Después de aquella explicación, que me dejó sin razones y sin palabras, me sumí en un espeso silencio trascendente (algo así como si hubiese atisbado el noúmeno kantiano). Álvaro pagó los cafés y se despidió dándome una palmadita cómplice en el hombro: me había regalado un tesoro que yo todavía no era capaz de asimilar en toda su dimensión… hasta el día de hoy, en que nos encomendamos a una higiene tan necesaria como obligatoria.

Expresiones malsonantes, irreverentes o procaces, blasfemias e incluso un rosario de cagarrutas caprinas colgado en la rama de un avellano viejo. A nuestra idiosincrasia le va más la escatología que la metafísica. Y si no, fijémonos en el acopio de rollos de papel higiénico que hemos hecho durante esta crisis del coronitas. El personal pensaba para sus adentros —es decir, para sus delicadas entrañas—: Si la palmo mañana, que sea con el culo limpio. ¡Ay, sí, oye!, es que da mucho apuro y coraje que te vengan a recoger y tú, ahí, más seco que una mojama (o una cecina) y soltando un pestazo de padre y muy señor mío. No es de recibo, no. Uno podrá ser pobre y todo lo que quieras; pero de ahí a ser un guarrindongo (que rima con mondongo: pura visceralidad) va un largo trecho. Porque, vamos a ver, si cuando te mueres, hueles mal, luego ¿quién va a querer acordarse de ti? Te queda ya el sambenito para toda la eternidad, seas, en verdad, un guarro o no, que eso también cabe la posibilidad de discutirlo. Y es que la muerte (como el final de una obra literaria), no solo cierra el argumento de tu vida, sino que le da sentido, de ahí su relevancia; por eso, sí es coherente con la vida que has llevado, mucho mejor (típico ejemplo: murió con las botas puestas). En cualquier caso, y mientras se pueda, hay que preservar la dignidad (aceptar la derrota con elegancia: la última lección: papel de doble capa).

Dado (¿de póquer o de parchís?), y dado que la muerte es como un retortijón irreparable; los españoles hemos sido previsores: hemos cumplido; no por temor, que también, sino por decencia. ¡Cuarenta años me ha costado entender algo tan sencillo como que el aseo eterno dura toda una vida! Por cierto, desde aquella tarde, jamás volví a saber de Álvaro.

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