Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión

Nostalgia de la gripe

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Domingo, 26 de abril de 2020

@lidia_sanchis

Vivíamos en una calle que tenía dos nombres. Uno, Santa María, para nacer,  tomar la Primera Comunión, casarse o morir. El otro, Pedro Alcázar, para cuando te llegaban las cartas con membrete oficial o preguntaban por ti desconocidos. En esa época empezaron a dejar de cantar los pájaros. Los niños le teníamos miedo al Lute, que siempre estaba escapándose de la cárcel, y a pocas cosas más. Quizá a la madre cuando daba gritos porque habíamos rayado los zapatos nuevos de charol contra el asfalto jugando a las canicas.

Cuando empezaba el buen tiempo, los niños salíamos a la calle a cenar. Un bocadillo con longanizas de la Menena, una silla de enea para que los mayores nos pudieran vigilar sentados cómodamente y los ojos expectantes para ser los primeros en localizar un murciélago. Una «rata penà», los llamábamos en esa lengua en la que nos comunicábamos todos pero aún tardaríamos muchos años en aprender en la escuela.

Los viernes subíamos a casa deprisa y apenas sin tiempo para jugar porque teníamos que sentarnos en el sofá de escay a ver el «Un, dos, tres». El domingo veíamos perder al Barça en blanco y negro. La infancia es un momento en el que el Barcelona siempre perdía y tu padre te explicaba con la mirada que eso no se podía cambiar, que habías nacido en el bando de los perdedores, en el lado de los que recogían colillas de los monseñores, como hacía tu abuelo, y que más te valía ir haciéndote a la idea. Pero, aun así, persistía la esperanza de un triunfo de los azulgranas. La ilusión de poder escapar al destino. Como si eso fuera posible.

Los niños teníamos gripes que duraban una semana, días en los cuales vivíamos como en una nebulosa y no había que ir a la escuela ni comerse el terrible arroz blanco con tomate frito del menú. Unas manos siempre frescas y suaves cambiaban pijamas y sábanas, tocaban la frente y con la exactitud que jamás tendrá ningún termómetro, sentenciaban: «Está subiendo» o, el jueves ya, «está bajando». Eran semanas en las que no veías al padre y, al salir de ese largo túnel, la luz del sol te hería en los ojos de una manera que se mantenía durante varias horas, y las madres tenían que sacar los dobladillos de las faldas y encoger la cinturilla porque, irremediablemente, de ese trance habías salido más alta y más delgada. Pero el Barça seguía perdiendo, y los murciélagos poblaban la alta tachada del almacén de enfrente de casa y dormían colgados boca abajo componiendo una imagen que podría asustar a cualquier niño. Pero no a nosotros, que sólo temíamos al Lute porque era sabido que conocía dónde estaba nuestro pueblo y que iba a venir a por nosotros.

Todo eso no volverá. Y no sé si ponerme contenta o triste.

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L'Avi

@AviNinotaire