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La corona de los simios

Por Luis Sánchez. Lunes, 11 de mayo de 2020

Luis Sánchez

De esta pandemia (o pandemónium), saldremos, ya lo creo. Si no salimos por la puerta grande, lo haremos por la puerta chica, la de servicio (¡malditas clases sociales!); pero saldremos, por supuesto, aunque sea con los pies planos, de tanto esperar, de tanto plantón.

Hasta hace muy poco, las mascarillas que utilizábamos eran de pepino, yogur, aguacate, miel, limón, chocolate… y servían para limpiar, hidratar o nutrir la piel (hay gente que sigue teniendo la cara muy dura); sin embargo, ahora ya no, ahora ha cambiado el concepto —que diría Alberto Chicote—, ahora cuando hablamos de mascarillas, entendemos otra cosa: las que son preventivas, las buconasales, o nasobucales, todo depende del tamaño del apéndice con que se olfatee, dicho esto con permiso del poeta latino Publio Ovidio Nasón, autor del Arte de amar y de Las metamorfosis.

Y ahí vamos, en pleno desafío global: cambiando, acostumbrándonos, adaptándonos, reinventándonos, transformándonos… ¿Y el amor?, ¿qué hacemos con él? ¡Ay!, El amor en los tiempos del cólera. ¡Ay!, Amar en tiempos revueltos. ¡Ay!, La alegría de la huerta.

La luna, la humedad, el sudor, la saliva, los efluvios… La oscuridad, los latidos, las hormonas saltarinas, los gemidos y la lengua, de paladar dulce, viajando mar adentro (o hacia el Sur)… ¡Yeeeeh, alto, valiente! Mascarilla, guantes y condón: el triángulo de las felpudas, ¡cara de cartón! Y nada de piruetas, acrobacias o exhibición. Despacito y con letra clara, ¡mascarón! Sí, a ti: ¡barbijo!, ¡tapabocas!, ¡cubrenapias!, ¡ocultalabios!, ¡semifaz!… Si la cara es el espejo del alma, mucho me temo que nos han cortado por la mitad la puta entelequia. Y me entra una mala baba que me dan ganas de taparme el rostro con un pañuelo rojo, en plan forajido del Oeste, calarme bien el sombrero, montarme en el caballo, salir a galope y asaltar el primer banco que encuentre abierto o la primera diligencia que se me cruce por el camino (el tren no, que ya lo asaltó Enrique Mercado, un colega).

Esto ya no es vida, mi amor. Puedes ser tú; puedo ser yo; podemos ser los dos o ninguno, no lo sabemos. La desconfianza, el recelo, la incertidumbre, la precaución, el riesgo… El temor al contagio, en definitiva. Un virus, el coronitas, dinámico y juguetón. Así que ¡han desmantelado las relaciones íntimas! Y con el nuevo control telemático, ¡acabarán con la escasa privacidad que aún nos queda! Sí, esos que solo piensan en amasar una fortuna, a costa de sacrificar todo lo demás: los mismos que, con sus industrias, envenenan el aire, el agua, la tierra; los mismos que desarrollan los monocultivos, queman las selvas y pelan los bosques; los mismos que montan enormes granjas de explotación intensiva; los mismos que producen un turismo masificado; los mismos que levantan imperios textiles, pagando sueldos de miseria; los mismos que mueven monstruosas cantidades de dinero de un lado a otro del mundo, sin importarles los charcos de sangre que dejan a su paso; los mismos que fomentan la competitividad y el odio, en vez de la cooperación y la solidaridad; los mismos malditos tarados que corrompen todo cuanto tocan, porque ellos son la maldita enfermedad, el maldito Sistema. ¿Este es el precio —¡siempre, en términos crematísticos!— que nos toca pagar para alimentar bolsillos tan codiciosos: destrozar la vida del planeta? Porque sin calle, no hay realidad; sin aire, no hay libertad; sin lugar de reunión, no hay amistad; sin teatro, no hay cultura, y sin abrazos, no hay amor.

Sucede todo tan rápido —¡demasiado rápido!—, que la vida se nos va en un estornudo. Y aunque estamos superando esta pandemia, nadie nos garantiza que, en poco tiempo, no pueda haber otro brote (el virus muta con facilidad). Los especialistas ya están advirtiendo: en lo sucesivo, nos exponemos a padecer infecciones masivas (de este o de otro virus), porque lo que falla es el modelo productivo (concentración en ciertas regiones, a cambio de reducir la biodiversidad) y, a lo mejor, el próximo virus, en vez de atacar las vías respiratorias, ataca el hígado, los riñones, el sistema nervioso…, vete tú a saber, y, ¡lástima!, tampoco estaremos preparados. Una tirita, en los labios y una pinza, en la nariz: homenaje al minimalismo.

Si nos remitimos a la etimología, vemos que la palabra máscara viene del latín persona. Y, entonces, la palabra mascarilla —pensemos—, ¿en qué nos convierte, a qué nos reduce?

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