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Mentes despiertas

Por Luis Sánchez. Domingo, 12 de abril de 2020

Luis Sánchez

“Yo no quiero que te mate el bicho ese, Antonio; con que te haga recapacitar y entres en razones, me conformo”, pintada callejera, vista en el muro de un solar, cerca de casa. Debajo, aparece escrito en rojo un esperanzador añadido: “¿Veis cómo la gente no es tan mala?”.

Dejando a un lado cómo acabe la turbulenta relación entre Antonio y su amante —se lo tengo que contar a Pilar, mi compinche de travesuras—, lo bueno del coronapijus magnificus es que, al obligarnos a cesar o reducir la producción de bienes no esenciales, ha disminuido, y considerablemente, la contaminación del aire y de las aguas, por lo que el planeta respira mucho mejor. Pero, claro, no todo el mundo lo ve de la misma manera.

Acabas de meter otra moneda por la ranura del cielo, para que el Sol te siga caldeando el cuerpo en el balcón. ¡Pura ecología, pura economía!

Todo el santo día recluido en casa… Y, hastiado de geografía particular tan limitada, abusas de los botones, de las teclas, de las teleseries, de los auriculares y de los videojuegos. Ahora que, preciosamente, disponemos de tiempo de sobra para imaginar un mundo mejor, para cambiar las cosas, para organizarnos de manera más cabal, ahora lo inviertes en lamentos, reproches y chorradas. Enjaulado en tu propio autoconsumo, ¡menuda decepción!

La verdad: alguna lección tendremos que aprender de ese bicho. ¿Qué otro sentido, si no, le puede dar uno al dolor?, porque el dolor ablanda y, cuando se comparte, humaniza.

Si nos quedamos en casa solo para no contagiar a nadie o no ser contagiados, es que no hemos entendido absolutamente nada. La mirada inmediata, presente, no nos habla de mañana; sin embargo, mañana está cuajando hoy (es inminente), y mañana todo será distinto, ya nada volverá a ser igual. ¿Un traje a la medida? ¡Menos bolsillos y más corazón! Plato recomendado: maridaje individuo-sociedad.

Imagina lo hermoso que sería: todos planeando como organizar esta vida —esta vida, que ahora está paralizada y va a necesitar muy pronto arrancar de nuevo—, aportando cada cual su granito de arena, hasta formar una playa de aguas limpias, sin residuos, sin plásticos y con un amplio horizonte, un horizonte que sirva de unión entre el cielo y el mar, un horizonte de cuidados, cercanías y proximidades.

Una ocasión histórica, un tiempo de creación, un tiempo único, un tiempo para concebir otro mundo más humano, donde primen las relaciones personales y la cooperación (en vez del capital y la competitividad) y donde la educación, la sanidad y la cultura sean la base del sistema público, un mundo que rezume vida, un planeta, en definitiva, más sano, más equilibrado. Solo un dato, corazón de melón, para refrescar la cabezota: en nuestro recortable país de crocinos aplausos al personal sanitario, solo disponemos de tres camas hospitalarias por cada mil habitantes, cifra que está por debajo de la de Portugal, Grecia, Italia o Francia; si a eso añadimos el éxodo de nuestros científicos, médicos y enfermeras, durante los tres últimos lustros, por no encontrar trabajo aquí, nos daremos cuenta de cuál es la penosa situación real.

En tu casita, encerrado a cal y canto, despotricando contra todo y contra todos; no eres Spider-Man, pero ya te subes por las paredes. Imagina, pues, lo que tiene que ser cumplir condena en una celda de 11 metros cuadrados, y con otro interno (luego, apoya la prisión permanente revisable), o haber vivido como un topo durante la dictadura franquista (aquello sí que fue duro, ¿eh?).

Tengo una amiga, Pilar, que es una joya. Con ella quedo, cada dos por tres, a tomar una cerveza y unas olivas; eso sí, ella en su casa y yo, en la mía; aunque, todo hay que decirlo, compartimos la misma marca de botellín. El asunto es que el otro día me suelta por teléfono:

—Mira, no hay mal que por bien no venga. La próxima huelga general, la vamos a montar así: indefinida y encerrados en casita. Y que vengan a sacarnos, si pueden. ¡Parón total!

Paren el mundo, que me bajo —le disparo, entre carcajadas.

—¡No te rías, capullo, que hablo en serio! Esto nos está sirviendo de prueba.

Después de un rato, colgamos. Doy el último sorbo a la Coronita y pienso: ¡A tu salud!

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