Artsenal, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Habladurías

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal. Domingo, 12 de abril de 2020

Xavier Latorre

“¿Esencial? Pero,… ¿qué dices Agustín? Lo tuyo no es esencial para nadie”, invocó Paqui, cabreada como cada día y con el plus del confinamiento untado en la tostada del desayuno. “Nos han dicho que volvamos al curro, cariño. Hay muchos azulejos por vender y hoy me ha dicho el encargado que nos toca cargar un montón de camiones. Debo ir sí o sí”, alegó el marido empuñando las llaves de casa, del coche y de la libertad provisional. “Dale besos a los niños, y diles que no enreden que tienen deberes online”.

Agustín se había vestido con un chándal de oferta del Carrefour pero al disparar una selfie visual en el espejo del ascensor se notó rejuvenecido, interesante, atractivo. Con este cuerpo, pensó, todavía podría impresionar si se pusiera a tiro a Tere, la mujer del carnicero del pueblo, que le tuvo poseído durante toda su adolescencia. Aquella chica del abrigo rojo le desmanteló sus años mozos, la muy puñetera jamás reparó en él. Ahora, después de toda una vida con Carlos, el charcutero, seguro que si lo viera así en jarras, con el torso esculpido en el gimnasio low cost de la esquina, seguro que perdería los vientos por él. Ahora Tere, cariño mío, te aguantas, has hecho tarde, va a ser que no, haberlo pensado antes, se dijo antes de arrancar su incrédulo coche, que llevaba días preguntándose qué les pasaba a los humanos que tenían todos los vehículos quietos parados, castigados, en el aparcamiento.

Más a menos a la misma hora, Mari Carmen salía sigilosa de su casa sin hacer ruido. Su marido se había acostado de mala castaña, refunfuñando contra el gobierno y blasfemando contra un epidemiólogo que proponía proseguir con las medidas de alejamiento social. Quizá Vicente se despertó fugazmente al salir ella de la ducha pero decirle buenos días suponía un sobreesfuerzo considerable que no estaba dispuesto a conceder; el encierro de varias semanas en aquel piso a medio pagar se cobraba su peaje en forma de desprecio conyugal. Se dio la vuelta sobre sí mismo y volvió su cuerpo hacia la ventana con la persiana entreabierta, la ventana de los aplausos vespertinos, para no tener que fingir tanto rato. Mari Carmen le dejó una nota con las instrucciones para la comida, recordándole que llamara a su madre y que Iván tenía que practicar inglés en una web interactiva. Incluyó en el texto un buenos días, un te quiero y un te veo luego de propina en el reverso de una factura de luz desorbitada emitida hacía meses, mucho tiempo antes de declararse la pandemia.

Salió a la calle ataviada con el uniforme de guardia de seguridad, algo que infundía respeto a los pocos viandantes con los que se cruzó, muchos de ellos asidos a un perro al que seguían obedientemente. Las mascotas al parecer les restituían a sus dueños algunos derechos civiles vulnerados por la nueva normativa de guerra, como la llamaban, impuesta por las autoridades; al menos, aquellos animalitos de raza constituían todo un salvoconducto, un permiso penitenciario que les permitían deambular zombis hasta el parque, capear el mal trago, estirar las piernas y emitir un pronóstico sobre la cantidad de litros por metro cuadrado de mala uva que caerían como chuzos sobre aquella ciudad aquel día marcado otra vez en rojo, como el resto de jornadas, en un nuevo calendario laboral promulgado por el dichoso coronavirus, en el que todos los días tenían algo de festivos. En la parada del 7, se retiró la mascarilla y a pecho descubierto se encendió un cigarrillo, recostada sobre un gigantesco anuncio empotrado entre los cristales de la marquesina, que ofrecía un exótico crucero a través de la agencia de viajes del Corte Inglés. Desde la cubierta de aquel buque, Mari Carmen divisó otro horizonte distinto para su vida. Se imaginó desembarcando en una isla, en un paraíso afectivo sin reproches, sin agobios a final de mes, sin telediarios aciagos, sin suegras repelentes y sin el porvenir agrio de los malos rollos apilados en el vestíbulo de su casa.

Agustín y Mari Carmen llegaron al curro a la misma hora, como si hubieran sincronizado sus relojes. La fábrica había vuelto a abrir sus puertas después de una parada técnica pasajera. Volvían a ser esenciales por decreto, rezaba el mensaje recibido de sus jefes directos. La convaleciente economía del país necesitaba de una urgente inyección de producción industrial, un chute de exportaciones y un tratamiento de choque en la UCI con respiración asistida.

            “Hola Agustín. Haces buena pinta”.

            “Al mal tiempo, buena cara, dicen. Luego si quieres te invito a una cerveza de lata”.

            “¡Hecho! Si quieres nos vemos en el cuarto de la limpieza cuando se vaya la Virtudes. Yo le he robado a Iván una bolsa de Doritos”, añadió Mari Carmen.

Los azulejos estaban hechos con todo el amor que infundía una máquina italiana que prensaba el barro, barnizados por otra máquina también de Italia (y también muy cariñosa) y abrasados en un horno chino de última generación, como debe ser, más barato e igual de eficiente que los italianos. Una vez purificadas las piezas cerámicas por el fuego, las baldosas relucientes, cribadas, supervisadas una a una y embutidas en cajas de cartón, eran apiladas en palés por un veterano operario ucraniano más experto en geopolítica que un asesor de la ministra de Asuntos Exteriores. “Yo sabía como conseguir mascarillas homologadas a buen precio, pero nadie me ha llamado”, pregonaba Marko, resignado. Agustín seleccionaba los pedidos, expedía los certificados de exportación a la consignataria y dirigía las operaciones de carga de los contendores que partirían rumbo a una terminal del puerto de Valencia, a bordo de los trailers alineados en la explanada exterior de la fábrica.

Mari Carmen, retenida toda la jornada laboral en la garita de entrada al recinto, anotaba las matrículas, las toneladas, los nombres de los camioneros que ya los conocía de memoria y recibía a cambio demasiados piropos para la hora que era. Muchos camioneros se entretenían más de la cuenta en el control. “Mari Carmen, ese uniforme te sienta divinamente. En mi cabina tengo sitio de sobra”. Ella se libraba de ellos como buenamente podía tildándoles de pesados y advirtiéndoles, con el rostro agrio, sobre la cola de compañeros que estaban formando atrás suyo.

Durante la hora del bocadillo, Agustín y Mari Carmen se encerraban en el minúsculo cuarto de las fregonas. Allí, rodeados de garrafas de lejía, se creían a salvo del Covid 19, pese a lo cual guardaban una prudente y recatada distancia entre ambos.

“Lo estoy pasando fatal… A Vicente siempre lo tengo rebotado”. “Mira que yo, mi mujer me lo boicotea todo”, argüía Agustín. “Cree que vengo a trabajar porque me da la gana”, prosiguió Mari Carmen. “En mi casa se piensan que voy a llevarles el bichito a casa”, lamentó Agustín, “Mi marido está despotricando a cada a instante. Vaya ejemplo le está dando a Iván”. Destaparon sendas latas de cerveza y engulleron es un decir los Doritos de la bolsa. “¡Esto va para largo!” “No hay quien lo aguante”. “Todas las parejas se resienten, las nuestras no iban a ser menos”. “Por cualquier nimiedad se prende fuego a toda la casa. Debería existir –elucubró Mari Carmen- una póliza de seguros contra los desconchados en la convivencia”. “Como mejor estamos nosotros es en silencio o atentos a nuestros móviles intentando sonreír forzados ante una memez cualquiera”, apuntó Agustín.

Se repartieron el bocadillo de atún de Mari Carmen. Ambos se tragaron muchas frases que siendo apropiadas hubieran resultado inoportunas, delicadas: “Contigo puedo expresarme sin problemas”. “Tu sí me entiendes”. “Da gusto hablar contigo”. “Ojala nos hubiéramos conocido antes”. “Tu y yo podríamos…”. Una escandalosa sirena a destiempo les devolvió a la realidad. “El bocadillo estaba muy rico”, adujo Agustín. Mari Carmen se puso en guardia. “Vas a ver. Cualquier día de estos nos pilla el encargado”, advirtió jocosa. Habían consumido casi toda la pausa del almuerzo en charlar, aquella parada técnica la habían utilizado para sincerarse. Se colocaron sus mascarillas, se aplicaron una solución desinfectante en las manos que tenía guardada Virtudes en un estante y se reincorporaron a sus puestos.

Finalizada la jornada laboral, Mari Carmen llegó a casa con el bus de siempre sin apenas viajeros. En su calle todavía había perros con ganas de orinar vagabundeando por las aceras vacías tirando de sus absortos dueños. Se detuvo en el espejo del portal y sintió como los trazos de algunas arrugas dibujaban el desencanto. Al llegar a casa no hubo besos. Un tipo enquistado en el sofá le recordó de forma hosca que debía ayudar a Iván con los deberes de matemáticas. Blandiendo el mando a distancia le espetó: “¿Qué piensas hacernos de cena?” Ella recordó al instante la dulzura con la que le hablaba Agustín. No lograba entender como Paqui no se daba cuenta del tesoro que tenía en su casa. Debía ser miope o tonta del culo, calculó escéptica. Mañana me maquillaré un poco. No puedo ir a trabajar sin arreglar, se regañó a sí misma.

¿Le gustarán a Mari Carmen los mejillones en escabeche?, se preguntó intrigado Agustín tirado en un jergón de su celda de castigo, llamada salita. Aquello de ser infiel de palabra le deparaba un respiro existencial, le proporcionaba una vacuna  terapéutica y preventiva respecto a su parienta. Al día siguiente, lo tenía decidido, se vestiría con vaqueros y camisa a cuadros. Al levantarse por la mañana preparó un bocadillo más grande de lo habitual de jamón serrano. “Hasta luego, cariño”, musitó Agustín al irse. Paqui, arropada por una bata de rebajas, recostada sobre la cama revuelta, no se inmutó, ni siquiera levantó la cabeza del iPad.

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