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Cumplidores

Por Luis Sánchez. Domingo, 26 de abril de 2020

Luis Sánchez

Testimonio: “Como estaba desquiciado, ayer me colgué de la lámpara del comedor e hice el mono un buen rato mientras mi mujer se meaba de la risa y mi hijo me lanzaba unos cacahuetes; todo iba bien hasta que Chuspi, nuestro perro, se refugió cabizbajo en un rincón y me ladró: ¡No vuelvo a salir de paseo contigo, Julián!”.

Declaración: “He convertido el balcón de casa en la proa de un barco, y un delfín se ha acercado para saludarme. Pues que lo sepas, Amaya: tú, yo y el delfín, ¡tres en raya!”.

Propuesta: “El virus solo es un revulsivo; entre todos vamos a parar la explotación del hombre por el hombre. Es responsabilidad de todos. Juntos podemos”.

¿Sigues atrapado en la Red?… ¡Despierta!, en la última escena, una mano te cerrará los ojos, para que la eternidad no te hiele la mirada. La gran comedia de la vida.

Si continúas aprendiendo, pese a los años; si envejeces bien, pese a las heridas, vivirás más corto pero más centrado, porque aceptarás tus límites, soltarás peso y hablarás solo lo justo. El témpano apagando una luz fugitiva.

El encierro envejece (falta aire, luz, calle, piel…). Disponemos de tiempo de sobra; sí, pero ¿tiempo de ocio o tiempo de iniciativas? Porque, en contra de lo que sostienen, todo virus posee ideología. En primer lugar, porque el virus siempre se ceba en los más débiles (ancianos, enfermos y pobres) y en segundo lugar, porque hay diferentes maneras de afrontar una crisis como la que estamos padeciendo (que es, primero, sanitaria y, luego, económica). Pero hay más…

“No es una guerra, sino una catástrofe”, se insiste, y con razón, en las redes sociales. No hay enemigo, tan solo un virus. Y pese a ello, la autoridad militar está ahí, en primer plano televisivo, compartiendo espacio con la autoridad sanitaria y política. Eso, como es obvio, asusta: el miedo, como arma de vigilancia social.

No es una guerra, en efecto; sin embargo, los Estados Unidos acusan a China de haber fabricado el virus. Y China acusa de lo mismo a los Estados Unidos. Guerra biológica, aducen ambos (¡y los dos dan pánico!). Amén de la guerra comercial que ambos libran, ambos países luchan (solapadamente) por conseguir el coltán del Congo, apoyando con armas a las distintas facciones que allí se lo disputan. Y ambas potencias pugnan por liderar la tecnología de quinta generación (red 5G para telefonía móvil), tecnología que, por cierto, Suiza y Países Bajos han prohibido temporalmente por falta de garantías para la salud (solo un ejemplo: ¿qué relación guardan los campos electromagnéticos —frecuencia de 60 GHz— con el desarrollo del cáncer, la esterilidad o el debilitamiento del sistema inmunológico?).

El control telemático (aplicación lógica para el móvil) al que se aspira, pone los pelos de punta, puesto que es muy goloso conocer el movimiento de los ciudadanos (sospechosos de contagiar el virus); después de introducir una medida invasiva de esta índole, cómo renunciar a la geolocalización intermitente (o permanente).

El virus, al ser impersonal, irresponsable y omnipresente, es coartada perfecta para tomar decisiones políticas poco democráticas y medidas laborales muy perjudiciales. El COVID-19 ha solapado la inminente crisis económica que se avecinaba, es titular diario en los medios de comunicación de masas y opaca cualquier otra noticia de interés (inmigrantes, refugiados, pobreza infantil, precariedad laboral, corrupción, cambio climático…).

La OMS (José Antequera, en diario16.com) ya alertó en 2013 de que las patentes de los coronavirus dejaban desprotegida a la población, puesto que, al no compartir conocimiento, limitaban la investigación científica. Y no es que la OMS —añadimos nosotros— goce de plena libertad en sus decisiones: el 75% de su presupuesto lo aporta capital privado, sobre todo, farmacéuticas: GSK, Novartis, Sanofi, Merck, e incluso el tío Vil (Bill Gates).

Un económico detalle: el COVID-19 condena a los sujetos menos productivos: ancianos (¡la memoria viva!), enfermos y pobres; sin embargo, salva del estrago a los niños (barro inocente). Pues eso: dejad que los niños se acerquen a mí, que ya los iré poniendo firmes.

Oigo toser al ordenador, la pantalla está caliente…, ¿que no habrá pillado algún virus?

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