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Desde mi ventana

Por Luis Sánchez. Sábado, 28 de marzo de 2020

Luis Sánchez

De buena gana le darías un cariñoso abrazo a ese árbol que, encerrado en su alcorque, te mira desde abajo mientras lo miras desde arriba. Pero ni tú puedes bajar ni él subir: conviene mantener la distancia de seguridad.

Como en el retrato que Salvador Dalí pintó en 1925 a su hermana, me asomo a la vida; solo que esta vida se ha estancado hasta la médula, y por la calle ya solo pasa, esquiva, entre requiebros de sal y pimienta.

Parece una película de ciencia-ficción, una historia ya vista; pero no, es la sedienta realidad, enlatada entre cuatro paredes, sin opción de salida, sin margen de fuga. La incertidumbre se apodera de la verdad, y tú, convertido en mero figurante, en simple espectador, obedeces —¡qué remedio!— entre el desconcierto y la picaresca.

Cuando acabe este mundo, en los títulos de crédito aparecerán honorables nombres con sus respectivas fortunas, patrocinadores oficiales y empresas colaboradoras. Y habrá sonrisas de satisfacción y calurosos aplausos.

Cuando acabe este mundo y venga el otro, las mascarillas habrán sido sustituidas por bozales. Ni el más leve pensamiento crítico debe quedar flotando en el aire. No molesten, por favor, sigan utilizando el abanico de Internet: recabamos el mayor número posible de datos, estamos ensayando nuevas relaciones de producción, un nuevo orden mundial está fraguándose con normal pasividad.

Por lo pronto, el severo control ciudadano y la renuncia a pisar la calle suponen el triunfo del mundo virtual sobre el mundo real. Ya no vives la realidad, te la cuentan a través de la pequeña pantalla: información, contrainformación, desinformación… Una cosa es el estado de alarma y otra, el sensacionalismo creado por los medios de comunicación de masas. Si hasta la consigna del “Quédate en casa” acaba sonando, por su buenismo repetitivo, a frívola frase publicitaria. (Atención: no cuestiono las normas sanitarias, que son necesarias, solo hablo de las derivas ideológicas que surgen con la aplicación de las mismas.)

En el contexto de otra guerra fría (biológicas sutilezas de laboratorio), China y Estados Unidos pugnan por encontrar, a contrarreloj, la solución científica que ponga fin a esta pandemia. Vacuna global, ¡qué hermosa expresión!, para disimular el inevitable descalabro medioambiental y las crecientes desigualdades sociales. ¡Hagan juego, señoras y señores!, ¿cuál de las dos potencias establecerá, en pocos años, una base permanente en la Luna?

Toda una vida laboral escuchando el insistente martilleo “hemos de ser competitivos”, y ahora, en cambio, tenemos que quedarnos en casa, ser responsables y sensatos. No debemos acumular montañas de alimentos ni productos de primera necesidad, tan solo comernos el prolongado tedio con eterna lentitud. No viajar (ni a la segunda residencia), no pasear, ni salir de casa y evitar, en lo posible, acudir a un centro hospitalario, para que no se produzca la saturación. Hemos de ser solidarios (comprensivos y generosos), así, de la noche a la mañana; pero a eso se aprende, eso se enseña desde pequeños (en casa y en la escuela), eso se practica de adultos y a diario, en la empresa, en el lugar de trabajo, eso exige, claro, otro modelo de sociedad, donde primen la naturaleza, la persona y los cuidados que ambas merecen, en vez de la mercancía, el dinero y el consumo. Ahora es cuando, por desgracia, más padecemos los recortes sufridos en los dos pilares del estado de bienestar: la educación y la sanidad públicas. Mal acostumbrados como estamos (inculcan el individualismo), nos cuesta dar prioridad al interés general, al bien común.

A propósito, el amigo Sebastián C. Bascuñana, en su grupo de Facebook El Pensador Desapercibido, criticaba días atrás el mal uso que hacen políticos y periodistas al hablar de confinamiento, cuando no es ese el término adecuado. Yo prefiero hablar de encierro, reclusión o enclaustramiento. Y aquí andamos, pasillo arriba, pasillo abajo, haciendo de la rutina una virtud. Si al menos este encierro sirviera de catarsis, de experiencia vivencial o viaje interior para reconocer errores y defectos, ganaríamos en toma de conciencia. Ya veremos lo que cada cual da de sí. O mejor, lo que somos capaces de dar como sociedad.

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