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Aditamentos

Por Luis Sánchez. Domingo, 1 de marzo de 2020

Luis Sánchez

Era un hombre bueno, cumplidor, sin doblez, discreto, pulcro, hogareño, mañoso y un tanto descreído de los hombres, aunque sin perder los orígenes. Cuando estalló la Guerra Civil (1936), solo contaba con 16 años. Por zona, le tocó luchar con los republicanos (sin entender muy bien de qué iba aquella matanza); y cuando los militares franquistas tomaron su pueblo (un pueblo beato, clasista y servil, del Levante profundo), lo pusieron a él, y a otros como él, en primera línea, a pegar tiros contra los suyos, y como eran sospechosos (o, al menos, no se fiaban de ellos), tenían detrás una fila de soldados dispuestos a agujerearles la espalda, por si intentaban escapar o realizar alguna maniobra rara. Trabajó toda su vida como un cabrón, y sin rechistar, porque si lo hacías, te ganabas mala fama, te quedabas sin faena y te podían caer un par de hostias. Después de la fábrica, aún dedicaba unas horas a remendar zapatos. Alcalde, Guardia Civil, cura, médico-militar, los caciques productivos y el miedo: eran los poderes fácticos. Le alegraban los pájaros, caminar por la sierra, cazar de vez en cuando, respirar ese aire en desbandada que susurran olmos y encinas y recrearse entre chopos, sauces o álamos, al amparo del humilde riachuelo. De haber podido estudiar más allá de las cuatro reglas, cuánto hubiera ganado su sencilla sensibilidad (hablaba poco y nunca se quejaba). Allí, en el pueblo (siempre se sintió orgulloso de su pueblo y de las fiestas de moros y cristianos), el propietario de una fábrica (sector textil) era el amo (no el jefe ni el dueño, sino ¡el amo!). Cómo me escocía —bastantes años después, ya en la capital— escuchar aquellas perniciosas palabras: el amo. Y también, cómo no, la expresión el casino de los ricos. Cuando le tocó renunciar al tabaco, lo hizo sin remilgos, con entereza y de un día para otro. No le gustaba el bar ni el bureo y la cerveza (un quinto), cuando le apetecía, se la bebía en casa, con su segunda mujer, que era mi madre. Rafael, mi segundo padre, falleció (el 4 de septiembre de 1990) de un cáncer de hígado.

A Rafael, al que nunca le gustaron los excesos, se le tintaba la piel de azafrán y no había blanco de luna que pudiera impedirlo: solo cabía confiar en los cuidados paliativos. Un día, por casualidad, me fijé en el postre que le habían servido: natillas (de una conocida firma comercial), que contenían un estabilizante (E-104) que, por lo menos, era sospechoso (no reunía garantías suficientes para su consumo) y monté en cólera. ¿Esta clase de comida tan sana es la que sirven en un hospital? Por aquel entonces, manejaba yo un listado de aditivos alimentarios del Hospital Villejuif (el mayor centro de investigación oncológica de Francia), que me había dado Paco Maestre, amigo y poeta. No me lo pensé dos veces y escribí una severa reclamación. Al día siguiente, el nutricionista, extrañado por mis crudas palabras, subió a la habitación para hablar conmigo. Nunca —me dijo— había recibido una queja de esa clase. Pues ya va siendo hora de que los enfermos sepan lo que comen —le respondí—. ¿No pensará que por haber comido un par de veces esas natillas ha empeorado del cáncer?, me preguntó. Claro que no, lo que me indigna es que en un centro hospitalario no cuiden más la comida, que debería ser casera y no contener aditivos que son tóxicos para la salud, le contesté. Al final, el hombre, que no tenía por dónde salir (no parecía un mal tipo), me reconoció que era una cuestión de presupuesto y que, en efecto, para las comidas tenían contratado un servicio de catering. Sí, de Katharine Hepburn, le solté yo bien serio, dando por concluida aquella conversación.

Toda una industria montada para producir más barato y vender mejor. Lo peor de todo es que no solo la comida envasada contiene productos químicos (para conservar, estabilizar, potenciar…) que, en muchos casos, son peligrosos, sino que también los llevan los propios medicamentos (un simple complejo vitamínico, sin ir más lejos). La coartada con la que se justifica el fabricante (de chorizos o de analgésicos), cuando ya no puede eludir la responsabilidad de utilizar aditivos nocivos, en vez de otros inofensivos, es que en tan pequeñas cantidades son completamente inocuos y que, además, están permitidos por la ley. Claro, la ley, sometida a la presión del negocio, es una cosa y la salud (un derecho), otra. Un poco por aquí, otro por allá, y tacita a tacita nos van envenenando sin darnos cuenta.

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