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Verdades encontradas

Por Luis Sánchez. Sábado, 15 de febrero de 2020

Luis Sánchez

Uno.- Sigue la flecha.

Dos.- No pretendas correr más que el viento, porque la flecha te alcanzará por la espalda.

Tres.- Mejor te quedas viendo el arco que describe la flecha camino del pebetero.

Cuatro.- “Tú sigue haciendo el indio, que ya te aplaudiré la cara”, Flecha Rota.

¿La razón, la verdad, la sensatez, la coherencia…? ¡Qué importa! Uno solo mueve el culo por dinero o, como mucho, por vanidad.

Eres un cretino saturado; aunque no te basta: has de demostrarlo, presentar pruebas, has de filmarte para dejar constancia de ello y colgar el vídeo en la Red (atención: ¡método científico!). ¿Lo has visto, chaval?, ¿qué más quieres? Quiero, quiero, el mayor número de visualizaciones, ¡quiero el éxito! Y la exhibición de la vulgaridad adquiere valor social: se impone la estupidez con un par de donuts y la autocomplacencia con sacarina. Imposible evitarlo: tu ordenador carece de alma y tú eres un descerebrado.

No soporto el énfasis, la afectación, la pose ni la concesión. Un novelista, dándose pisto; un poeta, yendo de exquisito; un cómico, montándoselo de gracioso; un actor de cine, contando la sintonía y el compañerismo que hubo durante el rodaje, ¿y qué más?, ¡patético! Si tienes que salir y dar la cara, ¡adelante!: agua y jabón, y la mirada, limpia; los adornos los pone el público. Si me gusta ver a Joe Cocker (1944-2014) es, entre otras cosas, porque es un peso pesado, que no se mueve o se mueve poco y mal en el escenario; pero es que a él no le hace falta ningún aspaviento: él sale a cantar y, a veces, su cuerpo se retuerce poseído por la voz, que raspa la piel: eso es todo, y es suficiente, no necesito más (cierro los ojos y me llega más hondo). La grandeza brilla por sí sola. Otro caso: el cantante estadounidense James Taylor (1948); su humildad, por ejemplo, es admirable.

Un monologuista (el monólogo: pura fórmula enlatada) que aparece sobre el escenario, sonriendo, haciéndose el simpático y buscando los favores del personal, todo eso antes de empezar la actuación; pero, bueno, ¡qué manera de vender!, ¡qué poco respeto por el público! Oiga, déjese de payasadas, interprete usted su número y, cuando haya terminado, espere la reacción del respetable: si le ha gustado, aplaudirá; de lo contrario, le abucheará; es lo que corresponde. Pero no: queremos gustar desde el primer instante, tenerlo todo controlado, evitar riesgos y asegurar como sea el éxito. La máscara escénica ha sido sustituida por el rostro mediático. Y quien pierde en esta adulteración, aunque no te percates, es la vida: tu vida y la otra vida (la de los demás). Si nos fijamos en las entrevistas televisivas, ocurre otro tanto: todo el mundo quiere quedar bien (nadie quiere desmarcarse).

Pasemos ahora a las redes sociales. En Facebook, por ejemplo, me llega una solicitud de amistad (últimamente, son numerosas; desconozco el motivo), echo un vistazo al perfil del solicitante, acepto y, al poco (minutos u horas), recibo de esa misma persona una invitación para indicar que me gusta su página web, su blog o el grupo al que pertenece. Yo, ingenuo de mí, pensaba que me pedía amistad porque le interesaba mi trabajo; pero no, lo único que le interesa al interfecto es que le ponga un “me gusta”. ¡Ah!, pero no me lo pide como favor, sino que me lo vende como invitación (¡el sistema funciona así!). No, si todavía estoy por darle las gracias por tanta amabilidad. En fin, simple muestra de descaro; aunque lo peor es que se ha convertido en una práctica terriblemente normal, y hasta en una norma recomendable. Dime que te gusto, aunque te importe un bledo. (A decir verdad, debo reconocer que, al principio, yo también caí en la trampa; luego, en la medida en que estuve reflexionando sobre el asunto, decidí no emplear este tipo de argucias: me llena más el icono —o comentario— que nace por iniciativa propia del lector.)

Hay empresas que se dedican a venderte, por una cantidad aceptable, paquetes de amigos y seguidores, empresas que, a golpe de clics mercenarios, sitúan “tu producto” (para ellos, solo eres un producto comercial) en las zonas más visibles del espectro digital. Luego nos quejamos de que los políticos nos mientan, de que todo sea una patraña, de que…

¡Hey, colega! Te invito a una cerveza; pero pagas tú. ¿Te gusta?

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