Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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En la lentitud

Por Luis Sánchez. Lunes, 3 de febrero de 2020

Luis Sánchez

¿A cuánto cotizan hoy tus datos en la Red? Ni lo sabes ni te importa. La privacidad, en el aire: un negocio redondo, una esfera privada. Y mientras, la pantalla te devuelve tu propio reflejo, aderezado con mil propuestas, caprichos y sugerencias.

No eres lo que aparentas; es más, tu perfil mediático es eso: mera publicidad. Y quieres más, más seguidores. La actualidad exige la continua actualización; si no, te quedas fuera.

Ya no se ve pobreza, solo espectáculo; ya no quedan obreros, solo cibernautas.

Exceso de información, demasiado ruido, mucha polvareda. Nubes de algodón, nubes de azúcar y, por fin, la Gran Nube (un cielo informatizado). No importa el ámbito social: producción en cadena, encadenados a la producción, esclavos con cadenas, pendientes siempre de la última aparición, ¡la novedad! Y que deslumbre la noria, imágenes y más imágenes devorando un millar de imágenes más, puro impacto emocional, para que nadie escape del círculo vicioso, del laberinto consumista, del bosque virtual. El mundo, en la yema de los dedos y tus apetencias, creciendo al ritmo productivo más rentable. No te demores, haz clic. Para cada necesidad, una aplicación lógica: sigue las instrucciones (no te desvíes). Tú a lo tuyo, eres libre, eres tu propio producto en un mercado libre, eres tu mejor postor, y si le puedes sacar veinte al amigo, mejor que doce.

Una velocidad de silicio acuchilla el aire, y el aire cruje de micropartículas parentales y corruptelas cotidianas. Sucede todo tan rápido que vas dejando pasar el tiempo tontamente y no encuentras ocasión para apearte en el lugar que te corresponde.

Lo único que te llevarás de esta vida será el silencio, que es el alimento de la eternidad, conque aminora la marcha y duerme en paz (solo la poesía transita por los recovecos de la eternidad).

Después de paladear con los ojos entornados palabras semejantes, me entran ganas de parar, extender los brazos, mirar en derredor, sonreír y tomar posesión de mí mismo (el hogar); disfrutar del instante, vaciado ya de palabras, y disponer del tiempo necesario para sentir la vida, en toda su intensidad, en toda su profundidad; sentir que soy un ser vivo, que estoy vivo, que soy consciente y que, pese a ello, en cualquier momento, la vida podría abandonarme (el valor del presente: el aquí y ahora). Un escalofrío de vértigo me recorre el espinazo, porque, en ese instante eterno, se entrecruzan el todo y la nada.

Un instante sagrado para sentir la grandeza de la vida en tu interior (belleza), pero ni siquiera porque lo puedas merecer (cuestión ética), sino porque, como ser vivo (eslabón de la naturaleza), estás conectado a la VIDA, a esa corriente de energía universal en la que todos participamos, de la que todos formamos parte (serena alegría). Nada que ver, desde luego, con ese mercantil sucedáneo, con esa vulgar externalización, con esa subida de adrenalina de una experiencia de ocio o turismo extremo que conlleve un alto riesgo físico (llámese rafting, puenting, balconing o idioting).

Por mucho que aceleres, nunca llegarás a tu destino: la hora no la marcas tú; ni la llegada tampoco. Tú solo eres un lado, una cara, un punto… Pero no importa, finges no darte cuenta, y, como si fueras el mismísimo Buster Keaton, cara de palo, corres, atleta infatigable, huyendo de mil peligros que te acechan noche y día. Y mientras nos obstinamos en tenerlo todo bajo control, en dominar el paso de los meses y ahuyentar el miedo, va calando la frustración y aumenta la ansiedad, engalanada de seductor progreso.

¿Qué sabe de penurias el ratón de tu ordenador? Haz clic en tu bolsillo y una cascada de calderilla iluminará el cielo con su recién horneado pan bendito. Tras la pantalla, la pared de tu habitación, y tras esta, el vecino, al que apenas conoces y al que saludas por compromiso, igual es un tipo interesante, ¡qué más da! Viajas, virtualmente, a miles de kilómetros para hablar con no sé quién y te pierdes al prójimo, que es próximo a ti. Te distancias de la realidad inmediata y te olvidas de alargar la mano. Te marchas a otros mundos mientras descuidas este mundo cotidiano: el compromiso diario por una vida mejor.

¿Cadena de producción? Mejor, ¡cadena humana!

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