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Los extremos

Por Luis Sánchez. Domingo, 5 de enero de 2020

Luis Sánchez

Si hay neuronas en el intestino, ¿por qué no puede haber materia fecal en el cerebro? Los descubrimientos científicos avanzan que es un primor (y el fecalismo libre, también).

Hace unas cuantas semanas, un sintecho recibió una propuesta: un bofetón a cambio de cobrar 5 euros. El chico (padece una discapacidad) aceptó y del tortazo que le propinaron cayó al suelo y se quedó inconsciente (grabación en vídeo). Cuando se recuperó, no quiso presentar denuncia, porque él había estado de acuerdo. Una proposición indecente, ¿hm?

Unos meses atrás, un youtuber chino-español le dio galletas Oreo rellenas de pasta dentífrica a un indigente extranjero que no hablaba español y lo filmó para sus fieles seguidores del canal. Después, por consejo de un amigo suyo, fue a disculparse y le dio al inmigrante 20 euros como compensación, momento estelar que también filmó. ¡Un éxito!

En enero de 2018 supimos que fabricantes alemanes de automóviles (Daimler, BMW y Volkswagen) habían pagado a mendigos, inmigrantes, parados y otros parias para que en un recinto cerrado respiraran el humo que expelían los vehículos, y comprobar así el grado de toxicidad y otras lindezas semejantes. Como una cámara de gas nazi, pero en suave.

En los tres casos de arriba hay un denominador común terrorífico: la legitimación de la violencia con la entrega de una irrisoria cantidad de dinero. Vamos muy bien por ese camino. ¿Cuál es el paso siguiente? Eliminar cualquier gasto: convertir a la escoria humana en esclavos productivos. Mano de obra (¡para lo que sea!), completamente gratis (¡y sin derechos!). Un negocio esférico: produzcamos parias en serie y usémoslos para lo que más nos convenga. ¡Solución final: cosificación, a toda máquina!

Individuo y empresa, cada vez más cerca. Pero quien pone la cerca es el empresario y no el asalariado, que poco a poco se torna más frágil. ¿Oficinas de empleo?, ¿para qué? Campos de trabajo; máximo rendimiento, pleno empleo. Recordad: el trabajo es la salvación.

Hay personas que ni pasando por la experiencia de la muerte aprenden de la vida o dan su brazo a torcer. Ya lo dice el refrán: Genio y figura hasta la sepultura. Y el problema se agrava cuando unos descansan en un panteón y otros en un barranco (o en una cuneta).

Hace varios meses, publiqué en Gurb un dibujo humorístico denunciando el auge del fascismo. En Facebook, un lector hizo un comentario al dibujo; decía algo así como: ¿Acaso los que son de ultraderecha no tienen derecho a vivir? Debo reconocer que la pregunta me dejó traspuesto (se salía del tema); de hecho, no quise contestarle (además, soy partidario de tomarme el tiempo suficiente para madurar la contestación, en vez de caer en la inmediatez). Pese a ello anduve con esa insidiosa pregunta durante muchas idas y venidas; ahora puedo responder con la debida serenidad. He de advertir que, por el perfil y los contenidos que publicaba, el lector en cuestión no parecía defender posturas políticas autoritarias, más bien lo suyo parecía una provocación de orden ético.

La pregunta, claro, estaba hecha desde el contexto de una democracia liberal, como en la que nos hallamos. Y bien, las personas de ultraderecha, ¿tienen derecho a vivir? Claro que sí, sin ninguna duda, como cualquier otra clase de personas. Lo que no deben es tener el derecho a organizarse políticamente, bien a través de una entidad, club, asociación, partido o similar, ni por supuesto, a hacer exhibición o proselitismo. Lo que se debe impedir, a toda costa, es que el fascismo se extienda y llegue al poder.

El fascismo (más allá del oportuno disfraz que adopte en cada momento) no es una opción política más, es la negación de la política, de la democracia y de la libertad. El fascismo va en contra de los derechos humanos y, por lo tanto, en contra de la vida (diversidad). El fascismo es el embrión que oculta la democracia liberal, y que se desarrolla o no en función de las expectativas de las clases dirigentes.

La naturaleza humana ofrece una gran variedad de tipos: egoístas, generosos, agresivos, amables, realistas, soñadores… Ahora bien, es la organización social la que los moldea y multiplica en función de las circunstancias. Llegados a este punto, no estaría de más leer la extraordinaria obra Marat-Sade (1964), del dramaturgo alemán Peter Weiss.

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