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Grandes obras

Por Luis Sánchez. Domingo, 22 de diciembre de 2019

Luis Sánchez

Tengo un amigo, de los de toda la vida, que, además de colega, es un auténtico cabrón; bueno, dejémoslo en cabroncete. Cuando nos vemos, siempre nos saludamos con la misma fórmula magistral (una especie de santo y seña). Yo le suelto: Vicente, culo caliente. Y él me dispara: Luisito, tócate el culito. Y, a partir de ahí, ya pasamos a comentar cualquier asunto. El otro día, mientras tomábamos unas cervezas en el Tartaruga, un bar de copas, me señala una fotografía del periódico en la que aparecían varios escritores que habían sido protagonistas de un importante acto literario y me espeta todo serio:

—Míralos, ¿qué te parece? Están tan risueños y van tan bien vestidos que parece que estén en una boda.

—Hombre, normal. Hay… satisfacción en los rostros.

—¿Y tú crees que, con esa actitud y disfrazados de ese modo, se puede escribir buena literatura?

—¿Y qué tienen que ver la sonrisa y la ropa? —le digo, sorprendido.

—Forma y fondo, no lo olvides: tanto monta, monta tanto…

¡Qué cabrón!, pienso, sin intención de abrir una discusión.

—De todos modos, la ocasión exigía cierta deferencia, ¿no? —añado para reafirmar mi postura.

—¿Te acuerdas de la foto que publicaron de Harold Pinter, cuando le dieron el Nobel? El tío estaba en la puerta de su casa, sin afeitar, iba desaliñado y con muestras en la cara del accidente doméstico que había padecido pocos días antes de la concesión del premio.

—¡Exageras! Además, está claro que le habían sorprendido. Llamaron a la puerta y el tipo salió…

—A ver, tío listo: ¿diferencia entre el posado y el natural? Yo te lo digo. Coherencia, o lo que es igual: autenticidad.

—Bueno, bueno. No todo el mundo ha de ser igual, ¿eh?

—Claro; pero Pinter era un rebelde, lúcido e incorruptible. Y eso molesta.

¡Más que cabrón: un auténtico cabrón!, pienso, sin intención de prolongar la espinosa discusión.

No obstante, cuando nos despedimos y emprendo el camino de vuelta a casa, no puedo evitar que me pinchen la mollera alfileres tales como la imagen, la tendencia, el ambiente, la opinión pública, la etiqueta, la corrección (política o estética), la pleitesía, el chalaneo y, en definitiva, la literatura de corbata.

Llego a casa cabreado. Sin pensármelo dos veces, voy directo hacia la música, pongo un vinilo de Woody Herman y, mientras suena la primera pieza, cojo de la estantería un libro cualquiera y, a modo de sortilegio, lo abro al azar y leo:

“El gato volvió a acercarse hasta situarse entre los dos hombres, con la cola estirada, y sus bigotes se agitaban de vez en cuando. El sol iba bajando hacia el horizonte y el aire polvoriento era rojo y oro. El gato estiró una zarpa gris e inquisitiva y tocó la chaqueta de Joad. Éste se volvió.

—Vaya, me había olvidado de la tortuga. No la voy a llevar envuelta hasta el fin del mundo.

“Sacó del lío la tortuga y la empujó bajo la casa. Pero al cabo de un momento estaba fuera y andando en dirección al suroeste, en la misma dirección que seguía desde el principio. El gato saltó encima de ella, golpeó la cabeza en tensión al tiempo que cortaba con las uñas las patas en movimiento. La vieja cabeza dura y humorística desapareció en el interior de la concha y la gruesa cola se introdujo en ella con un chasquido; cuando el gato se cansó de esperar y se alejó, la tortuga caminó de nuevo hacia el suroeste”.

Cierro el libro de golpe, alzo la mirada al techo y luego observo la cubierta, se trata de Las uvas de la ira, de John Steinbeck. Dejó el libro en su lugar, enciendo un cigarrillo y, con una leve sonrisa, digo para mis adentros: Vicente, culo caliente.

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