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Flor de Lys

Por Luis Sánchez. Sábado, 7 de diciembre de 2019

Luis Sánchez

No me sorprende la maldad: sé que hay gente ruin, perversa, capaz de cometer cualquier crimen, y acepto —¡qué remedio!— lo horrible como parte integrante de la naturaleza humana; pero lo que, de verdad, me enerva es que la gente mala (y con poder) se salga con la suya… casi siempre.

En la magnífica novela de André Malraux (1901-1976) titulada La esperanza, hay un concepto-valor que se repite bastantes veces a lo largo del libro, el de la fraternidad, “Una fraternidad que no se encuentra sino del otro lado de la muerte”. Y en otro momento dice: “Anarquistas, comunistas, socialistas, republicanos, ¡hasta qué punto el inagotable gruñido de los aviones [fascistas] mezclaba bien esas sangres, que se habían creído adversarias, en el fondo fraternal de la muerte!…”.

Y, a propósito de la Guerra Civil, el escritor Javier Cercas considera inadmisible la neutralidad, la equidistancia, eso que se dio en llamar “la tercera España” (Ortega y Gasset, Salvador de Madariaga…), ya que había un régimen legalmente constituido mientras un grupo de militares golpistas se alzaron en armas contra la República. La guerra podría haberse evitado, por supuesto, ya lo dijo La Pasionaria. Y en relación con la última película de Alejandro Amenábar, Mientras dure la guerra, que toma como eje central a la polémica figura de Unamuno, el crítico Javier Tolentino (programa de cine El séptimo vicio, de Radio 3, de RNE) reprochaba a Amenábar que, pese al presupuesto con el que ha contado para rodar la película, no hubiese sido más claro, ya que mantiene una tibieza y una distancia nada favorables para comprender, de verdad, lo que ocurrió. Pese a ello, un grupo de 20 ultraderechistas (España 2000) boicoteó el jueves 3 de octubre (8.30 de la tarde), la proyección del film, colocándose delante de la pantalla y profiriendo gritos de “¡Arriba España!” y “¡Viva Cristo Rey!”. Esto sucedió en el cine Lys (en realidad, multicines), situado en un céntrico paseo de València (antigua calle de Calvo Sotelo).

Y, hablando de películas, ¡qué recuerdos me trae el Lys, cuando era solo una sala de proyección! Mi hermano, Toni (era fotógrafo), tenía alquilado uno de los expositores que había a ambos lados del alargado vestíbulo del cine; allí exponía él sus fotografías de moda. Una vez, aprovechando que quedó vacío, colgué yo mis dibujos de humor (¡una oportunidad única para promocionarme!). Era mayo de 1977 (y todavía no teníamos Constitución). A los pocos días, la policía me llamó a casa y me detuvieron por teléfono: o iba yo o venían ellos. Me presenté en la obligada comisaria, que se hallaba en el barrio chino, y allí, sobre una fina colchoneta marrón de escay, pasé la noche. A la mañana siguiente me llevaron a la Jefatura Superior de Policía (para abrirme ficha); en la oscura celda donde esperaba coincidí con un delincuente común, un chaval afable que me dijo: “Como lo tuyo es político, no te harán nada [recordemos que en junio se iban a celebrar las primeras elecciones democráticas]; pero a mí me darán más de una”. Él me explicó que cuando pides un pito a los guardias, te lo dan sin filtro, porque si lo quemas y luego lo chafas se vuelve tan duro que con él te puedes cortar las venas. Después de la foto, me trasladaron, esposado, junto con otros detenidos, al Palacio de Justicia. Mientras aguardaba en el pasillo, al lado de mi avergonzada madre, la puerta entreabierta del despacho del señor juez, quien acababa de ausentarse momentáneamente, dejaba ver el movimiento apresurado de los funcionarios, los comentarios jocosos a mis dibujos y las risitas nerviosas. Después, paseo sombreado por Hacienda, pago de la oportuna fianza y a casita en taxi, a comer albóndigas de bacalao. Yo tenía 20 años y me pedían 10 de prisión, más privación del derecho a sufragio, inhabilitación para la docencia (era universitario)… Me tiré dos años en libertad provisional y dos en libertad condicional, ya que de los cinco delitos de los que me acusaban, solo me amnistiaron de tres, los otros dos (contra la religión y escándalo público) no los consideraron políticos.

Volvamos, de nuevo, a la novela de Malraux:

“Vargas apuntó a los dos con el caño de su pipa como con el cañón de un revólver:

—He visto a las democracias intervenir contra casi todo, salvo contra los fascismos”.

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