Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Santo oficio

Por Luis Sánchez. Domingo, 24 de noviembre de 2019

Luis Sánchez

En la contraportada del diario El País, del domingo, 15 de septiembre de 2019, Luz Sánchez-Mellado hace una magnífica entrevista al actor madrileño José Sacristán (de 81 años), “el hijo de la Nati y el Venancio”, sí, hombre, el cara de acelga ese, sí, el de la Señora de rojo sobre fondo gris, en el teatro Bellas Artes, de la villa y corte, espectáculo basado en la novela de Miguel Delibes, pues ese, el mismo que viste y calza… Reproduzco el final de dicha entrevista, que es antológico (y ontológico, también):

“¿No tiene miedo a la parca?

Menos que a la necedad, que es homicida. Me aterran los tontos. Al hijo de puta lo ves venir, el tonto es mortal de necesidad.

Que le quiten lo bailao, ¿no?

Tengo en el ADN la lucidez del perdedor. Vamos a morir todos, rodeados de hijos de puta, ladrones y necios. Sabiendo que la guerra está perdida, salgo cada día a librar la batalla del respeto, la dignidad y la justica con dos cojones y toda la alegría del mundo”.

Y, después de semejante declaración de principios (¡hermosa, enérgica y vital, a partes iguales!), ¿qué puede decir uno? ¡Nada, excepto digerir el contenido! Callar y aprender del maestro. Por lo que llego a la decepcionante conclusión de que soy tonto de remate, porque debía haber cerrado (¡cerrado, y no abierto!) el artículo con esas palabras suyas, que rezuman humanidad combativa a prueba de neutrinos, lechuguinos y algoritmos.

Pero es que da la curiosa casualidad de que ese mismo domingo, por la noche, reponen en la 2 de TVE, la serie Entre naranjos (1998), basada en la novela homónima del escritor Vicente Blasco Ibáñez, y veo a Toni Cantó, valenciano de pro (y contra), interpretando el papel de un pipiolo que acaba convirtiéndose en diputado, ¡che, como en la vida misma! Y me acuerdo de que, no hace muchos meses, el partido político al cual pertenece Cantó (Ciudadanos: Albert Rivera y el Naranjito) permitía, con su vergonzosa votación, la entrada de naranjas sudafricanas, perjudicando, de este modo, a los agricultores valencianos. Y, ahora, me lo encuentro ahí, en la pequeña pantalla, angustiado, sufriendo a muerte por una artista de mundo, entre naranjos (y mandarinas), y me digo: ¡Hosti, nano, esto tiene que ser justicia poética!

No vamos a entrar en el mal gusto de comparar a actores; sin embargo, hemos de señalar que cuando un artista se mete en política, por lo general, o sale escaldado o su alma transmigra a otras regiones del acomodado averno. Las cosas, como son: el actor se pone la máscara para protegerse; el político, para atacar. El actor se oculta tras la máscara para decir la verdad; el político, en cambio, lo hace para mentir (o disimular). Por las redes sociales circula una frase atribuida al neoyorquino Woody Allen: “Mi forma de bromear es decir la verdad; es la broma más divertida”, cuando, en realidad, pertenece al gran dramaturgo irlandés George Bernard Shaw (1856-1950). No importa el desliz: la idea es clara.

Jugar a ser otro, disfrazarse para escapar de sí mismo, para decir aquello que no debe decirse… Refugiarse, provisionalmente, en otro, pero no para evadirse de la realidad, sino para ser más, para sentir más intensamente, para aprender de ese otro, para transformar y para transformarse. No hay mejor lección actoral, porque ese otro (el personaje) que interpreta el actor también está, aunque sea en diminuta porción, representado en su propia forma de ser. Reconocer y reconocerse: ampliar el horizonte de la comprensión, dando cuenta de la complejidad de la naturaleza humana, porque el teatro (una ceremonia) es también diálogo con el pasado, es historia. Ponerse en el lugar del otro, no para exprimirlo, sino para insuflarle vida. Ahí es donde, por lo general, no llega el político (¡ni se lo plantea!), puesto que tras la máscara del político, aparece el rostro del empresario (prioridad del beneficio privado).

Laurence Olivier, Hanna Schygulla, Bruno Ganz, Liv Ullmann… Que el teatro (no el cine ni la televisión) es la base de la interpretación hay que recordarlo una y mil veces. Y solo desde la lucidez del dolor (no desde la simpleza del entretenimiento y la vulgaridad del éxito) se alcanza la libertad indispensable para desarrollarnos como personas.

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