Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Hombres

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Sábado 23 de noviembre de 2019

@lidia_sanchis

“Juan Carlos se enamora de una niña pelirroja”, cantábamos a grito pelado desde el otro lado de la carretera, desde esa frontera imaginaria que dividía el pueblo en dos, desde el lado bueno donde algunos tuvimos la suerte de caer.  Y Juan Carlos corría hacia nosotras con una actitud amenazante pero, oh, milagro, nunca se atrevió a traspasar la barrera que separaba su mundo del nuestro. Éramos niñas que leíamos Esther y su mundo, aquellas historias de Purita Campos que nos enseñaron a ser modernas. Aunque el único Juanito que conocíamos era un señor mayor que estaba enamorado de una mujer que se llamaba Cristina –un nombre tan moderno–. Cristina era altiva y estaba casada, una combinación que podría destrozar la vida de cualquier hombre. Él vestía camisas de cuadritos de un color ocre indefinido y llevaba en la mano una cartera de piel pasada de moda. A nosotras nos daba una especie de pena, del mismo tipo que la que nos provocaban las señoras gordas, y las mujeres que llevaban las medias con carreras, y las chicas que no sabían combinar su ropa y llevaban las camisas de flores y las faldas de rayas. Era un tiempo en que los cobertores con la imagen estampada de la Virgen colgaban de los balcones de las casas durante las fiestas patronales. Era el olor de la colonia Joya y de las cremas Madera de Oriente; era la misma pena que ahora, el mismo peso del mundo.

Juan Carlos nunca se enamoró de una chica pelirroja pero podría asegurar que soñó con alguna. Luego estaba aquel chaval que tenía un pie más grande que otro, aunque no sé si eso era verdad. Lo único cierto es que había un adolescente con un pie más grande que otro y que el resto de la pandilla nos burlábamos de él y hacíamos chistes sobre el apuro que había de pasar al ir con su madre a la zapatería a comprar un zapato de cada talla. Imaginábamos que abrían la tienda para ellos de madrugada, a la misma hora en que abrían la iglesia para que se casaran las novias preñadas. En secreto. A hurtadillas. Para ocultar el pecado.

Pero el adolescente con los pies de diferente tamaño empezó a fumar antes que nadie. El humo que le subía hacia los ojos después de cada calada le hacía poner una cara a lo Robert Mitchum de niño. Y los niños comenzamos a mirarlo con otros ojos. Con respeto.

Crecimos y empezamos a ir a bares donde los viejos jugaban al dominó y nadie en cien kilómetros a la redonda se llamaba Cósima ni Borja. Bares con olor y aspecto de los de antes, donde los parroquianos apostaban a las cartas y los hombres fumaban tabaco negro y se tomaban su enésimo quinto cuando aún no habían dado ni las 11.

Ese tiempo se marchitó como se marchita una delicada flor desmayada en un rincón al sol. La savia dejó de correr por el tallo y los pétalos perdieron su brillo y su vigor. Nuestro corazón ya no es un campo arrebatado de amapolas. Pero seguimos recordando a Juan Carlos, siempre en el peligro de caer en alguna tentación, y encontrando en nuestro camino a alguien que, a pesar de tener un pie más grande que el otro, lleva en su interior a un tipo que se cree que es mejor porque sabe liar los cigarrillos con una sola mano.

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L'Avi

@AviNinotaire

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