Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 98
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Banco o negro

Por Luis Sánchez. Domingo, 10 de noviembre de 2019

Luis Sánchez

Entro en el bar a por un café. Por televisión pasan un programa de casitas: una pareja (o familia) de clase media-alta se enfrenta a la difícil decisión de quedarse con la casa que tienen (que ha sido reformada por unos excelentes profesionales) o comprarse una nueva. Un par de parroquianas (fervorosas devotas de tan exitoso programa), con labor precaria e hipoteca secular, comentan la intriga a sorbitos de un descafeinado con leche:

—A ver, ese par de pavos [el matrimonio protagonista no pasa de los 30 años] de dónde ha sacado tanta pasta.

—No sé; de sus padres, supongo, porque con lo jóvenes que son…

—Pues la casita que tienen, sin la reforma, ya costaba más de 700.000 dólares.

—¡Ah, no! Él, creo que ha dicho, que trabajaba en un negocio de inversiones.

Cuando salgo del bar, las mujeres siguen haciendo sus cuentas, sus cábalas, y el vértigo de los números baila rumboso al son de la pantalla.

Y me acuerdo cuando de pequeño iba al cine (de barrio) con mi madre (viuda) y mi hermano (seis años mayor que yo) a ver alguna película (simpática decía ella), generalmente, una comedia americana, de Jerry Lewis, o del tipo Rock Hudson y Doris Day; a mi madre, tras ver esas casas, con esas cocinas, con esos salones y esas habitaciones, se le hacía la boca agua y la mujer siempre exclamaba: “¿Y de dónde sacan el dinero?”. Por aquella época, hablo de finales de los años 60 del siglo pasado, el pueblo llano distinguía entre los ricos de cuna (elegantes, discretos, prudentes…) y los nuevos ricos (impacientes, con un toque de vulgaridad y otro de ostentación); en cualquier caso, un rico era siempre alguien de casa bien, porque ellos, la gente humilde, vivían en un pisito de las afueras y escondían los escasos ahorros debajo de un ladrillo o en el colchón de borra. A propósito, en aquella década prodigiosa, en España, aún había gente que vivía en chabolas.

Pasa el tiempo y las necesidades siguen girando, como si nada, alrededor del Sol. La esperanza no respira el futuro, sino el día a día, porque la saeta de la eternidad siempre marca el instante. Y cuando el reloj atrasa, también atrasa la vida.

Si el 30% (a veces, incluso, el 40%) del salario se destina al pago de la vivienda, esta deja de ser una necesidad vital para convertirse en un negocio inmobiliario, y la política se convierte en una mascarada empresarial.

El papel moneda se transforma en dinero de plástico, y este en deuda; y la deuda, en una obligación eterna, en un débito impagable. El dinero, cada vez, más abstracto (y peligroso). De hecho, cierran docenas de sucursales bancarias, despiden a centenares de empleados y el trato con el cliente se vuelve más lejano, más frío, más impersonal. El dinero ya no se toca, se piensa; al usuario ni se le ve la cara.

Seguimos con los porcentajes: hoy arrojamos el 30% de los alimentos que producimos. La sobreabundancia, en todo su esplendor, o el desdén vomitando sobre una tarta de queso.

Gracias al desarrollo tecnológico, el trabajo escasea y se vuelve precario, por lo que el empresario aumenta el beneficio. Y para evitar posibles complicaciones, se olvidan o se reconvierten los referentes culturales y, a través de la moda (pantalones rotos) y de la publicidad (la suerte, en los juegos de azar), se frivoliza con la pobreza y con las injusticias.

Una ciudad, por ejemplo, es la casa común, pues bien, debido a la especulación urbanística y al turismo masificado, se transforma su fisonomía para uniformizarse y, al final, las principales ciudades del mundo acaban pareciéndose más de lo que parece. Y hasta se fomenta un turismo oscuro, un juego morboso que consiste en vivir experiencias relacionadas con el sufrimiento y la muerte (Chernóbil, Auschwitz, la frontera de México con los Estados Unidos…). ¡Y el selfi en el que finges morir que no falte!

Metafísica es ver el crucero de turistas que pasa por allí y no la patera de refugiados que tienes delante de las narices. Y es que “el futuro empieza con un manojo de llaves”.

Cuando regreso a casa, conecto el televisor y pillo al vuelo Comanchería (2016), una película de David Mackenzie. Mo me importa volverla a ver… ¡un millón de veces!

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