Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Monte de Piedad

Por Luis Sánchez. Domingo, 27 de octubre de 2019

Luis Sánchez

No hay guerras cortas: toda guerra dura lo suficiente como para causar el mayor dolor posible, porque toda guerra es un robo premeditado, violento y placentero.

En una mesa no muy lejos de la mía veo, en sagrada conversación, a Miguel de Unamuno y a Graham Greene, dos grandes escritores, católicos convencidos, y me pregunto, curioso, de qué estarán hablando: ¿del orgullo?, ¿de la culpa?, ¿del perdón?, ¿de la esperanza?… A pocos metros de ellos, y en otra mesa, está Manuel Vicent, con la mirada disuelta en el mar, pero con la oreja desplegada, a ver lo que pilla de tan increíble estampa natural; da un delicado sorbo a su glenfiddich (merecido tributo a la malta escocesa) y empieza a hilvanar palabras voladoras: seguro que le sale un artículo redondo. ¿Y yo…?, ¿haciendo el gamba? ¡Nada de eso!, estaba con La esperanza (1937), de Malraux, en las manos. Y ha sido levantar unos segundos la mirada y montarse solo el escenario literario que ya se disipa por sí solo. Oye, ¿y si reuniera en la misma mesa a André Malraux y a Quim Monzó? Venga, venga, monsieur Tourette, dejémonos de travesuras infantiles.

El asunto es que, en la obra anteriormente citada, hay un iluminador fragmento que debiera leer todo hijo de vecina, creyente o no, en su largo ascenso hacia la plenitud de la condición humana. La acción se sitúa en la Guerra Civil (1936-39). Le responde López, que es escultor, a su compañero Shade (periodista):

“—¿No sabes que hay muchos montepíos en España? Esta tarde el Gobierno ha dado orden de abrirlos y de devolver todos los objetos empeñados, sin pagar la póliza. Toda la miseria de Madrid ha venido, no atropellándose en modo alguno, sino con bastante lentitud. (No debían creer que era cierto.) Han salido con sus edredones, sus cadenas de reloj, sus máquinas de coser… Es la noche de los pobres.

“Shade tenía cincuenta años. De vuelta de muchos viajes (entre otros, de la miseria americana [el crack del 29], después de la enfermedad, larga, mortal, de una mujer que había amado), sólo asignaba importancia a lo que llamaba idiotez o animalidad, es decir, a la vida fundamental: dolor, amor, humillación, inocencia. Grupos bajaban por la avenida con sus carritos erizados de patas de sillas, seguidos por transeúntes con relojes de péndulo; y la idea de todos los montepíos de Madrid abiertos en la noche a la pobreza por una vez salvada, la idea de esa multitud dispersa que volvía a los barrios pobres con sus prendas reconquistadas, fue lo primero que hizo comprender a Shade lo que podía significar para los hombres la palabra revolución”.

Emocionante, sin lugar a dudas. Porque lo más valioso, desde el punto de vista humano, es que no se habla de perdón (de la deuda), sino de devolución, de reconquista. Recuperas algo que, legalmente, es tuyo, ganado con el esfuerzo de tu trabajo (y que jamás debiera haber dejado de ser tuyo), recuperas algo (por lo general, de poco precio pero de gran valor) que pertenece al ámbito personal, íntimo, doméstico, algo que, bajo circunstancias normales (con un trabajo digno), no hubiera salido de tus manos; pero debido a circunstancias extrañas a ti y que no controlas (la penuria no es deseada por nadie) te obliga a desprenderte de eso que puede ser empeñado; es el último recurso con el que cuentas: es la desesperación. Empeñar un objeto (querido o necesario) es un acto doloroso que alberga la incertidumbre de no saber si podrás recuperarlo, y cuándo lo recuperarás, ¿cuando todo vaya mejor?, ¿cuando haya trabajo?, ¿cuando…? Estamos hablando del reconocimiento de un derecho social y no de la aplicación de un precepto moral, puesto que quien perdona una deuda siempre está en condiciones de superioridad y, de una manera u otra, siempre quedas deudor de ese perdón (la moral judeocristiana, por ejemplo, sabe muchísimo de esos mecanismos de control y dominación). No hay, pues, vergüenza ni humillación, hay reconocimiento de lo que te pertenece por derecho propio. Estamos hablando, claro, de justicia social; no hablamos de miseria, sino de dignidad, y para que se dé esta última han de darse unas condiciones mínimas que te hagan sentir persona y no un ser insignificante. Trabajo para encarar la vida y labrar camino con la cara bien alta.

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