Antonio Jorge Meroño, Número 98
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La guerra del fin del mundo

Por  Antonio J. Meroño. Domingo, 27 de octubre de 2019

Antonio J. Meroño

No me cabe ninguna duda de que Vargas Llosa es uno de los novelistas más dotados de los últimos cincuenta o sesenta años, a mi juicio el mejor escritor que ha dado Latinoamérica, aunque en los últimos años, quizá descentrado por su afición a meterse en política y otros menesteres menos gloriosos su obra haya pegado un gran bajón.

Latinoamérica no es Europa, no es Occidente, algo que Mario debería tener en cuenta, pues creo que sus posturas políticas, seguramente bienintencionadas, parten de lo contrario, de que esos  países son democracias desarrolladas donde debe primar la alternancia entre socialdemócratas y liberales, escogiendo él la segunda ideología, el liberalismo de centro-derecha. En cambio, cuando escribe sus grandes obras, curiosamente, parece de izquierdas, así ocurre en La ciudad y los perros, La fiesta del chivo, Conversación en la catedral o esta obra maestra que nos ocupa, La guerra del fin del mundo.

Esta obra de Vargas Llosa, capital en la narrativa mundial de los últimos cincuenta años y que ha pasado, por derecho propio, a la categoría de mito contemporáneo, nos habla de milenarismo, de cómo una panda de miles de desharrapados del noreste de Brasil se reúne con fidelidad perruna en torno a Antonio El Consejero, una mezcla de Lenin y Jesucristo, desde donde van a desafiar la autoridad, la ley y las costumbres del Brasil de finales del siglo XIX. Vargas Llosa vuelve a mostrar simpatía en su obra  por estos desharrapados que van a desafiar, con armas en la mano, al ejército del Brasil, al que van a  poner en un verdadero brete y que va a necesitar varias batallas, toda una guerra del fin del mundo como detalla el título, para derrotarlos.

La estructura de la obra es impecable, con la técnica del flash back así como con una impecable forma de narrar las batallas, intercalando, entra tanta violencia y sangre, los episodios del cariño que sin duda tiene a desharrapados como el consejero, Pajeú, Joao Abade, el periodista miope, etc. Van a desfilar  por la novela el ejército, los rebeldes y un personaje central, el potentado Barón de Cañabrava, que se mueve con ambigüedad entre dos bandos, pues ni comulga con la República progresista del Brasil, pero tampoco, al menos no abiertamente, con los rebeldes de Canudos, que lo van a despojar de buena parte de sus bienes.

Como decimos, el ritmo de la narración es vigoroso, pese a tanta batalla no se  hace nada tedioso sino, muy al contrario, se nos muestra como una obra fresca, original, todo un estudio del poder, de las rebeliones, de las guerras milenaristas, esas guerrillas que han ensangrentado la querida Latinoamérica de este mágico autor.

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