Gonzalo Gómez Montoro, Número 98
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Amy Levy, la escritora feminista, lesbiana y judía que desafió a la sociedad victoriana

Por Gonzalo Gómez  Montoro. Sábado, 14 de septiembre de 2019

Gonzalo Gómez Montoro

La publicación de la novela Historia de una tienda (Chamán Ediciones, 2019) ha sacado del ostracismo en España a Amy Levy, escritora feminista, lesbiana y judía que desafió a la conservadora sociedad victoriana y retrató a las New Women; sin embargo, sobre su vida —tan interesante como su obra— apenas hay datos publicados en castellano (y no todos son verídicos).

Segunda de siete hermanos, Amy Levy nació el 10 de noviembre de 1861 en Clapham (periferia de Londres), en el seno de una familia judía de clase media, tres años después de que los judíos británicos consiguieran plenos derechos civiles. Su padre, Lewis Levy, había hecho fortuna en Australia en la década de 1850 suministrando ropa a los mineros a cambio de pepitas de oro que invirtió en la bolsa londinense.

Amy era un año menor que su hermana Katie —con quien siempre tuvo estrecha relación—, y trece mayor que David, último de sus hermanos. Como era habitual entre judíos acomodados londinenses, los Levy se consideraban tanto ingleses como parte de la comunidad semita (observaban el Yom Kipur —Día del Perdón—, y sus hijos probablemente aprendieron hebreo).

Además, los Levy eran intelectuales e igualitarios: Amy y sus hermanos tuvieron preceptora gentil —Emily Pateman— con la que visitaban iglesias, y su padre era aficionado a la literatura (Thomas Carlyle era su prosista favorito; sus poetas: Milton, Shakespeare, Byron y Shelley).

De adolescentes, Amy y Katie crearon revistas con narraciones, poemas e ilustraciones similares a las sagas Gondal y Angria de las hermanas Brontë; con trece años, Amy reseñó el poema feminista Aurora Leigh de Elizabeth Barrett Browning y, a los catorce, publicó un ensayo sobre el bíblico David que refleja su temprana consciencia judía y femenina.

Acomplejada por sus rasgos hebreos y su piel oscura, Amy se sintió inadaptada en Inglaterra; por otro lado, su liberal familia tampoco era completamente aceptada por sus correligionarios. Además, Amy pronto se consideró lesbiana, algo aún más denostado entre judíos.

Con quince años, Amy entró en Brighton High School —centro de enseñanza Secundaria para chicas que gestionaba la Girls’ Public Day School Company, organización creada para mejorar la formación de profesoras y alumnas en Inglaterra—, mientras la inmensa mayoría de adolescentes británicas de su clase social abandonaban los estudios para buscar marido.

Amy aprendió geografía, historia, francés, alemán, matemáticas y latín en Brighton High School, cuya directora, Edith Creak, tenía solo veintiún años y había sido una de las cinco primeras mujeres licenciadas en Cambridge. Por su carácter independiente, intelectual y moderno Edith Creak fue modelo para Amy, que la amó en secreto.

En Brighton High School Amy sufrió depresiones —frecuentes durante el resto de su vida— y antisemitismo, lo que junto a su homosexualidad y su condición de intelectual femenina la hicieron ser consciente muy temprano de su triple marginalidad.

Además de publicar una larga carta sobre la importancia del trabajo remunerado para las mujeres, en 1879 Amy obtuvo las altas calificaciones necesarias para poder estudiar en la universidad de Cambridge, que en 1872 había suprimido el cuestionario religioso que obstaculizaba el acceso a los judíos (el historiador Todd Endelman afirma no obstante que Inglaterra fue el país europeo que mejor los acogió en el siglo XIX).

Amy fue la segunda mujer judía que estudió en Cambridge, donde trabó amistad con Constance Black (Garnett, tras casarse con el editor Richard Garnett), que sería la primera traductora al inglés de Dostoievsky, Chejov, Tolstoi y otros grandes escritores rusos. A través de Constance, Amy conoció a su hermana Clementina Black, líder sindical feminista, novelista y mejor amiga de Amy durante el resto de su vida.

Pese a su timidez, Amy compaginó sus estudios en Lenguas Clásicas y Modernas con variadas actividades sociales; escribió numerosos poemas y leyó vorazmente a los poetas Swinburne, Robert Browning, Shelley, Shakespeare, Goethe y Heine, así como a sus novelistas predilectos: Elizabeth Gaskell, Charlotte Brontë, Goethe, George Eliot, W.M. Thackeray y Henry James.

En 1881, antes de examinarse de los tres primeros años, Amy dejó la universidad. Sus cartas reflejan su alta autoestima y su buen estado de ánimo, pero también su inestabilidad emocional por la dificultad de ser mujer en Cambridge. Durante mucho tiempo se creyó que su decisión de abandonar los estudios se había debido a problemas de salud (Amy viajó con Clementina Black a Italia «para recuperarse»); sin embargo, en la biografía Amy Levy: her life and letters, Linda Hunt señala que tras el éxito de su primer poemario publicado, Xantippe and Other Verse, Amy decidió ser escritora profesional.

En otoño de 1881 Amy cumplió veinte años en Dresde, Alemania. Iniciaba cuatro años de peregrinación por Europa llenos de experiencias positivas y negativas, como un intento de violación a manos de un cura alemán en una solitaria posada de la Selva Negra.

En Dresde Amy escribió varios poemas, esbozó una novela que dejó inacabada, y estudió alemán y griego con un profesor particular. Aunque la intimidad entre alumna y docente preocupara a su madre, Amy no solo continuó con las clases sino que, además, enseñó inglés a unos muchachos de su edad. No quería ser un lastre para su familia —cuya economía flaqueaba—, y ansiaba ser autosuficiente, como su admirada Miss Creak.

En 1882, Amy volvió a Londres —donde pasó la mayor parte del año 1883 escribiendo—, y regresó a Dresde a finales de 1883, donde terminó A Minor Poet, poemario centrado en los temas de la muerte y el suicidio que reúne sus mejores versos escritos tras abandonar Cambridge.

A principios de 1884, Amy regresó a Londres; en agosto se marchó a Alsacia y, luego, a Baden. Volvió a Inglaterra a finales de 1884 o principios de 1885, cuando empezó a vivir de sus poemas y cuentos publicados en la revista London Society (pese a llevar una vida independiente, Amy residía en casa de sus padres cuando estaba en Londres).

En agosto de 1885, la familia de Amy se mudó al barrio de Bloomsbury, cerca del British Museum, en cuya biblioteca ella estudiaba y escribía, y donde conoció a personas fundamentales para su formación: la escritora, traductora y activista socialista y feminista Eleanor Marx (hija menor de Karl Marx), la escritora sudafricana Olive Schreiner, la periodista y activista por los derechos de la clase obrera Margaret Harkness, la autora de cuentos infantiles Beatrix Potter y la poeta Dollie Maitland (Radford, tras casarse con el escritor Ernest Radford).

 

Eleanor y Amy se hicieron amigas íntimas mientras Eleanor traducía al inglés el teatro de Henrik Ibsen y Amy hacía lo propio con los poemas de Heine, su poeta favorito por representar «la esencia sublimada del genio judío». Influida por Amy, Eleanor fue el único miembro de la familia Marx que reivindicó su origen judío; sin embargo, Amy no compartió las ideas socialistas de su amiga (había recibido una educación materialista y no empatizaba con los obreros explotados del East End londinense, pese a que muchos eran judíos).

Además, en la Social Democratic Federation (SDF) —donde participaba Eleanor— y en la Sociedad Fabiana —a la que pertenecía Beatrix Potter— se ninguneaba a los socialistas judíos. Lo que sí compartían Eleanor y Amy era la tendencia a la depresión (Eleanor intentó suicidarse en 1887 y acabaría haciéndolo en 1898).

A finales de 1885, Amy ingresó en un club cuyos miembros —hombres y mujeres— debatían sobre arte y literatura, y se reunieron en su casa en cinco ocasiones. Por entonces empezó a sufrir sordera, y sus cartas —especialmente las dirigidas a su hermana Katie— revelaban un estado de ánimo más bajo del habitual.

Amy pasó todo el año de 1885 en Londres; tras la boda en otoño de su hermana Katie, que había abandonado los estudios años antes, sufrió una depresión de la que se recuperó en Cornualles.

Amy y Clementina Black pasaron el invierno y la primavera de 1886 juntas en Florencia, donde ya habían estado en 1881, mientras Amy se recuperaba de otra depresión. Esta vez ambas necesitaban descansar: Clementina —de treinta y dos años— debía recuperarse de su actividad sindical y de cuidar a su familia (la mayor de ocho hermanos, Clementina perdió a su madre con veintidós años y se ocupó de su padre inválido y de sus siete hermanos a la vez que ejercía de maestra y de líder sindical; más tarde, tras la muerte de su hermana, adoptaría a su sobrino).

En Florencia, ambas se alojaron en Casa Guido, donde los poetas Elizabeth Barrett Browning y Robert Browning habían vivido entre 1847 y 1861. Amy, dando un gran paso hacia la aceptación de su origen, publicó un artículo sobre el gueto judío de Florencia en el que, además de empatizar con sus habitantes, criticaba la que hasta entonces había sido su visión de la cultura y la religión hebreas.

Además, en Florencia Amy conoció a la escritora Violet Page, quien, sabiendo que «nadie la tomaría en serio con su nombre de mujer», usaba el seudónimo masculino Vernon Lee. Nacida en Francia, Lee tenía origen materno galés, se consideraba británica y vivía entre Florencia y Londres.

Cuando Amy la conoció, Lee ya había publicado varios libros sobre arte italiano y dos novelas; era amiga de Henry James, Oscar Wilde, Robert Browning, William Morris y Walter Pater y, desde otoño de 1880, era pareja de la poeta y novelista Agnes Mary Robinson, en cuya casa vivía Lee cuando iba a Londres, y viceversa. Amy se enamoró de Lee ignorando la relación que esta mantenía con Robinson.

El intenso activismo socialista de Clementina Black, Eleanor Marx y el matrimonio Radford hizo que Amy se distanciara de ellas y se acercase más a Lee. En invierno de 1886, tres de las hermanas Black (Clementina, Grace y Emilie) alquilaron un céntrico apartamento londinense donde residían, trabajaban y acogían a militantes socialistas y anarquistas. Amy acudía al apartamento por «voyeurismo» (no obstante, se basó en él para escribir su novela The Romance of a Shop).

En 1887, el padre de Amy y su tío Nathaniel se arruinaron económicamente; pero la mayor tragedia familiar fue la muerte de Alfred, hermano menor de Amy a quien la sífilis causó depresiones que degeneraron en demencia (falleció lejos de su familia, que, avergonzada por la enfermedad, acabó repudiándolo).

Ese año, Vernon Lee —que rompió con Mary Robinson tras haberse prometido esta en matrimonio con el intelectual francés James Darmester— atravesó una fuerte depresión. Se ignora si Amy llegó a conocer la relación que había existido entre Lee y Robinson y, también, si en 1887 Amy aún estaba enamorada de la experta en cultura italiana, aunque en 1888 Lee todavía era importante para Amy: sus dos años de relativo bienestar —dice en una carta— se debían a esta amistad.

En otoño de 1888 —mientras Amy estaba en Florencia— se publicó The Romance of a Shop, su primera novela. Aunque The Romance of a Shop tuvo cierto éxito de crítica y ventas, la estancia de Amy en Italia fue amarga. «Solo espero saber que he jugado mi última baza, y que he perdido», escribió en su diario. Amy estaba enamorada de Dorothy Blomfield, a quien menciona muy cariñosamente en sus cartas del verano de 1888. Adelantándose al probable rechazo, Amy quería saber que podía abandonar toda esperanza con Dorothy (debieron de verse por última vez el 31 de enero de 1889).

The Romance of a Shop (Historia de una tienda, Chamán Ediciones: 2019) es un retrato de las New Women: las «nuevas» mujeres que a finales del periodo victoriano —cuando empezó a cuestionarse la sociedad patriarcal y se desarrolló la lucha por la igualdad entre sexos en Inglaterra— sobrepasaban los límites del hogar para acceder a las universidades, los clubs y los negocios, espacios que hasta entonces les habían sido vedados (las nuevas mujeres eran tanto de clase media como obreras, y aspiraban a ser independientes, cultas y transgresoras).

Las hermanas Lorimer —protagonistas de la novela, a quienes suele emparentarse con las Mujercitas de Louisa May Alcott— representan los arquetipos de la mujer nueva y de la tradicional: Gertrude es escritora y promotora de un negocio de fotografía junto con Lucy, la más pragmática de las Lorimer. Ambas encarnan a las New Women mientras que la bella Phyllis y Fanny poseen mentalidad conservadora.

Además, la fotografía estaba de moda cuando se publicó Historia de una tienda: la industria inglesa de la imagen se desarrolló a partir de 1880 gracias a los periódicos ilustrados, los retratos familiares y las carte de visite (fotografías sobre cartulina similares a las actuales tarjetas de presentación), cuya circulación era frecuente entre las clases medias. Por entonces ya había en Londres trescientos estudios de fotografía —disciplina que comenzaba a ser considerada como una de las bellas artes—, y las fotógrafas Clementina Hawarden y Julia Margaret Cameron gozaban de gran popularidad (esta última por sus retratos de mujeres burguesas y de los intelectuales Charles Darwin, Alfred Tennyson y Thomas Carlyle). Otra moda tardovictoriana presente en la novela es la fotografía post mortem: las imágenes de cadáveres aún frescos servían para guardar luto y recordar a los fallecidos.

Otro elemento importante de Historia de una tienda es el paisaje urbano. Las Lorimer abandonan la tranquilidad de Campden Hill, en las afueras de Londres, para mudarse al bullicioso barrio donde establecen su vivienda y su negocio («Gertrude nunca lamentó haber cambiado la relativa calma de Campden Hill por zonas con actividad urbana más intensa», leemos en el cuarto capítulo). Paseante inveterada, Gertrude osa montar sola en transporte público (algo reprobable si a la mujer no la acompañaba un hombre), recorrer las calles y visitar exposiciones de arte, así como el Museo Británico para recibir clases de fotografía.

El ambiente artístico londinense también está presente, pues, en la novela. Gracias al éxito de su estudio de fotografía, las Lorimer acceden al mundo de «la clase media ilustrada londinense, que era más variado e interesante que el suyo, y quizá se acercaba como ningún otro a esa sociedad de individuos escogidos que Gertrude consideraba la ideal». Aunque ese entorno deslumbrante tiene su lado oscuro en el personaje de Sidney Darrell, arrogante pintor cuya avidez de reconocimiento finamente descrita revela la capacidad de observación psicológica de Amy Levy.

El 8 de enero de 1889 Amy partió de Italia hacia París, donde supo que se había publicado su novela sobre la sociedad judía inglesa Reuben Sachs (aún inédita en español). Reuben Sachs es la historia de amor de Reuben —talentoso joven judío aspirante a político— y su prima Judith Quixano. Una novela feminista donde se critica la estrecha vida de las jóvenes hebreas, educadas para casarse y ser esposas obedientes, así como una réplica a la visión idealizada de los judíos que George Eliot presenta en Middlemarch.

Tras llegar a Londres el 18 de enero, Amy tuvo una intensa vida social: la publicación de Reuben Sachs le facilitó conocer a Oscar Wilde («su estilo directo e insobornable así como la ausencia de palabras superfluas hacen de Reuben Sachs un clásico», escribió el autor irlandés), así como al novelista Thomas Hardy y al poeta W.B. Yeats.

Sin embargo, para algunos lectores la novela consolidaba tópicos antisemitas extendidos por Inglaterra en la década de 1880, cuando miles de judíos llegaron a Londres huyendo de los pogromos de Europa del Este. En la prestigiosa revista Jewish Chronicle —donde Amy colaboraba— no se reseñó el libro, y en otros medios lo atacaron duramente. Según el editor Richard Garnett, a Amy le dolieron las críticas, pero no la deprimieron.

Su estado de ánimo comenzaría a decaer poco después.

En el invierno de 1889, Amy frecuentó a Clementina Black y a viejas amigas judías. Fue un año de mucho trabajo e intensa vida social: escribió su tercera novela, Miss Meredith —la historia de una preceptora inglesa en casa de aristócratas toscanos—, en solo seis semanas, y vio frecuentemente a sus hermanas. Sin embargo, estaba cada vez más decaída, pese a la vitalidad de las cartas que escribió para promocionar su obra.

El 9 de marzo Amy corrigió las pruebas de Cohen of Trinity, cuento en el que da réplica a las críticas recibidas por Reuben Sachs, y que, según Linda Hunt, no desmerecería en las mejores antologías de relato victoriano. Además, Amy publicó cuatro poemas en la primera mitad del año, todos muy tristes. Mientras tanto, su sordera avanzaba.

En agosto el diario de Amy registra su estado depresivo y su reclusión en la casa paterna, de donde saldrá el último día del mes para ir con Olive Schreiner a la costa y regresar el 3 de septiembre. Al día siguiente se marchó de nuevo a la costa con Olive —a quien confesó estar «demasiado cerrada en lo personal como para poder recuperarse»—, y volvió tres días después. El 7 de septiembre cenó en casa de su hermana Katie. Un día después, escribió la última entrada de su diario: «Sola en casa todo el día».

Amy se suicidó el 10 de septiembre inhalando monóxido de carbono del brasero de su habitación, cuyas ventanas había cerrado. Dejaba escrita su voluntad de ser incinerada (fue la segunda mujer judía cremada en Inglaterra) y de que sus pertenencias se repartieran entre sus hermanos. A Clementina Black le legó sus libros, cartas y manuscritos, así como sus derechos de reproducción.

Los halagos que Oscar Wilde le dedicó tras su muerte —»escritora inteligente y deslumbrante», «escribir como ella a los veintisiete años le es dado a muy pocos»— no evitó que la obra de Amy Levy permaneciera olvidada durante casi un siglo por la desatención que tradicionalmente han sufrido las autoras tardovictorianas.

De hecho, conocemos detalles de su vida gracias a Ella, su hermana menor, que entregó los documentos de Amy a Beth Lask, benefactora de los judíos en Londres en la década de 1920. A Lask le interesaba la historia de las mujeres judías y, según Ella, era la persona idónea para custodiar los papeles de Amy Levy (la Camellia Collection).

Los libros de Amy Levy se revalorizan actualmente en artículos, conferencias y congresos donde la consideran precursora del Modernism —movimiento literario al que pertenecieron D.H. Lawrence y Virginia Woolf—, y se afirma que, de no haber muerto tan joven (no había cumplido veintiocho años), probablemente figuraría hoy entre los grandes nombres de la literatura inglesa de finales del siglo XIX y principios del XX.

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