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Letras de familia

Por Luis Sánchez. Domingo, 6 de julio de 2019

Luis Sánchez

Lo oyes hablar y queda mejor como señoritingo con ambiciones políticas que como escritor entregado al público, y eso que es un notable escritor. Me refiero a Mario Vargas Llosa, quien hace un tiempo (abril de 2017) dijo algo así como que los pobres no querían aprender, puesto que los libros iban muy baratos (pensemos, por ejemplo, en las librerías de ocasión) y pese a ello, no leían. Se olvida mi ilustre colega que la lectura, como cualquier otra afición, se cultiva antes en la librería de casa que en la de la esquina. Y si me equivoco, que recuerde Varguitas el marqués su venerada infancia en Cochabamba, Bolivia, escuchando las historias fantásticas que le contaba su abuelo Pedro.

Que la vida te conceda unos padres como los que tuvo Emilia Pardo Bazán (1851-1921) ya es nacer con suerte. ¡Nobleza gallega bien entendida! Y es que la educación empieza por los padres, pasa por los hijos y se prolonga hasta el alba de la siguiente generación.

Pienso, también, en la infancia de Picasso (1881-1973) o en la de Gabriel García Márquez (1927-2014), ¡qué bálsamo!, porque la mía fue hosca y sin cielo. Y es que no hay nada como aparecer en escena con buen pie, como entres con el pie cambiado, te pasarás el resto de la función intentando pillar el ritmo (y lo pasarás mal). Mas no temas, alma en vilo, porque hoy en día hay aplicaciones lógicas para todo tipo de demandas, incluso para la sandez más escacharrada. Entre cerebro y mano, ¡te salvará la pantalla!

Milagro escatológico: Hemos parcelado la vida eterna en minutos de gloria, para que puedas compartir en la Red toda la vulgaridad cotidiana. ¡Mentecatos de todo el mundo, ya sois legión de legiones! Y, ahora, para huir del derrotismo e insuflar ánimos, escuchemos el Romancero de Durruti, del cantautor Chicho Sánchez Ferlosio (1940-2003): una pieza digna de mención. Y ya metidos en faena, no vendría nada mal ver el documental que sobre Chicho rodó Fernando Trueba: Mientras el cuerpo aguante (1982).

Recoge unos ahorrillos (o bien, pide un préstamo) y hazte emprendedor, apuesta fuerte por ese proyecto que te apasiona. ¿Cómo, que no dispones de caudales? No pasa nada, vende tu fuerza de trabajo, y asunto resuelto. ¡Ah!, ¿que no encuentras trabajo? Tranquilo, colega, vende tus gustos, aficiones y preferencias, y ya está: alguien picará. ¿Que nadie se interesa por tus asuntos? Sin problema, cuelga en Internet tus manías y rarezas, tus disparates y ocurrencias, y date a conocer. Si no te ven, no existes; eres lo que enseñas. El exoego: el calcetín, puesto del revés (y con agujero); la vulnerabilidad, a flor de piel; comercio íntimo, corrupción moral. El predominio alienante del perfil del personaje (deseo) sobre la realidad identitaria de la persona (ser).

Antes para confesarte (un asquito), acudías a la iglesia; en la actualidad puedes hacerlo alegremente desde tu casa (o desde cualquier otro rincón del mundo), y libre de penitencia o sermón (eso sí, con un grado enorme de inconsciencia). Partes, subes y compartes. ¡Venga, venga, chavalería…!, esos ojazos, ese pelo, esos morritos, esa cara de mala…, y en un disparo al espejo, el selfi del día: un posado perfecto: ¡Esa soy yo!, justo lo que no eres: el exoego (construcción icónica de tu vacua identidad). Hace casi medio siglo, Mari Trini nos advertía en una de sus canciones: “Yo no soy esa que tú te imaginas…”.

Cualquier problema social lo derivamos hacia la educación y soltamos más anchos que largos: Es cuestión de educación. Pero la educación —¡no lo olvidemos jamás!— es un asunto político: ¿educamos para seguir pautas establecidas o para plantear incómodos interrogantes?, ¿educamos para adocenar o para crear hombres libres? Hoy, esa libertad la ejercen muchos padres y alumnos para cuestionar el trabajo del profesor (o maestro), al que se le trata como si fuera un don nadie; hoy esa libertad ha contribuido al deterioro de la enseñanza pública, que es la única que garantiza la igualdad de oportunidades.

En cualquier caso, y volviendo a las palabras de Vargas Llosa, un rico se puede permitir el lujo de no leer, de ser un ignorante; en cambio, un pobre que no lee, que no se informa, que no aprende, acaba convirtiéndose en carne de cañón, en carne de vacuno, en carne de hamburguesa. Una pequeña diferencia que debería hacernos pensar en el menú del día.

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