Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Conversaciones sin catedral

Por Luis Sánchez. Domingo, 9 de junio de 2019

Luis Sánchez

Cuando en diciembre de 1991 se desmembró la URSS (dos años antes ya había caído el Muro de Berlín), Albert (poeta y narrador nacido en Picassent, València) me preguntó con cierta inocencia: ¿Y, ahora, quién va a defender a los obreros? Debo confesar que la pregunta me dejó fuera de juego: no supe qué responder. De hecho, Josep Albert Fortuny no era, precisamente, un rojo, sino más bien un humanista (creyente).

Como debo aclarar, no es que para Albert (y muchos otros) la URSS fuera el modelo perfecto de sociedad; pero era el referente más poderoso —aunque no el único— que funcionaba como alternativa a los EEUU. Socialismo contra capitalismo: había recelo pero también había contención; se temían los dos gigantes y por eso se daba en el mundo un cierto equilibrio. Al hundirse la Unión Soviética (perdió “la guerra fría”, que se libró en términos de productividad y no de reparto de bienes), se invalidó también el socialismo (como si este, de repente, se hubiera vuelto obsoleto) y se deprimió la moral de los luchadores, la esperanza de los que reclamaban un mundo más justo. En una palabra: los asalariados de la Tierra se quedaban privados de la única doctrina científica (materialismo histórico) que les concedía dignidad y les proporcionaba luces para salir de la miseria. A eso es a lo que se refería Albert: la pobreza siempre lleva razón, aunque no esté de moda.

En otra ocasión (anterior a la citada), que también tuvo lugar en la casa de Albert, dos exalumnos suyos de la Academia Castellano, Salcedo y Rovira, creo recordar, debatían sobre política mientras degustábamos una taza de karkadé (traído de Egipto, donde Albert había pasado un par de semanas). Sería el año 1985 o 1986. En un momento dado, Rovira, crecido en sus argumentos, le soltó a Salcedo en plan concluyente:

—Y si tanto defiendes el socialismo, ¿por qué no te vas a Rusia?

—Sí, hombre… —se atrevió a responder, pillado por sorpresa, y agotada la razón con que seguir defendiendo sus ideas. Y entonces, sobre la vespertina estancia, cayó un silencio acre que escocía la respiración.

Albert, cómo no, amable anfitrión, enseguida intervino para suavizar la atmósfera:

—Bueno —dijo con la debida parsimonia—, yo acabo de regresar de mi tercer viaje a Egipto, un país que me encanta; además, cada vez me interesa más el sufismo y he hecho buenos amigos en El Cairo; sin embargo, no me iría a vivir allí, ni siquiera cuando me jubile.

—¿Y por qué no, Albert?, allí debe de ir todo mucho más barato, ¿no? —se apresuró a preguntar Rovira.

—Hay cosas que llevas dentro y siempre salen, vivas aquí, allá o acullá —y se echó a reír; luego, dio un sorbo a su taza y acto seguido, una calada profunda al cigarrillo rubio que, impaciente, esperaba en el cenicero de cristal.

Nos invadió otro silencio, aunque esta vez nada tenso, sino todo lo contrario: las ventanas de la mente se habían abierto de par en par a la reflexión contemplativa, no para juzgar al otro, sino para ver la realidad con mayor amplitud.

Seas lo que seas, si lo eres de verdad, lo serás siempre: cuando el personaje conoce bien su papel, el escenario realza su actuación. Albert era mucho Albert: echaba humo hasta por las orejas y nunca viajaba en pijama.

Hace unos días, mientras tomaba una cerveza en el bar, escuchaba sin pretenderlo la conversación de dos amigos, padres cuarentones, y con nivel de estudios medio-alto. Uno de ellos, el más intransigente y parlanchín, insistía:

—Que si unos, esto; que si otros, aquello… Oye, la educación es una, la del Estado, que debe ser igual para todos. ¡Ya está bien!, es que…

—Para nivel educativo, vayamos a Finlandia —se atrevió a interrumpir el otro.

—Sí, hombre. El próximo curso apuntas a tus hijos a un colegio de allí. O mejor, te llevas a toda la familia a Finlandia, que te resultará mejor de precio.

Y, de pronto, me asaltó el lejano recuerdo de las veladas en casa de Albert (1929-1997): Rusia, Estados Unidos, Cuba… Egipto, Turquía, Marruecos… Solo cambia el decorado.

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