Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Sin pamplinas

Por Luis Sánchez. Lunes, 13 de mayo de 2019

Luis Sánchez

“En toda carnicería debería haber un confesionario”, esta proteínica oración bien podría haberla pronunciado Hans Schnier, el protagonista de la novela Opiniones de un payaso (1963), de Heinrich Böll, un tipo sensible, desvalido y solitario que, pese a proceder de una familia de magnates del lignito, se ve abocado a la miseria del artista callejero. Aunque, claro, también podríamos atribuírsela al tormentoso pintor angloirlandés Francis Bacon (Paco Panceta). O, si mucho apretamos, hasta se la podríamos endosar a Georges Bataille, o a Luis Buñuel. En cualquier caso, no importa, sigamos manejando cuchillo y chaira… y, si al final, nadie la reclama, me guardo la oración en el saco de mi exilio interior.

Vayamos a la novela de Böll (1917-1985), una crítica directa a la doble moral de la Alemania de posguerra (Segunda Guerra Mundial). Tras cinco años de relación, Marie, católica practicante, abandona a Hans Schnier, que es ateo convencido y payaso de profesión; a partir de ese momento, comienza el imparable declive personal y artístico de este. Habla el melancólico y lúcido Schnier:

“Pensé otra vez en el padre de Marie [el viejo intentaba explicarme a Hegel y a Marx]. Todos le tenían por comunista, pero cuando después de la guerra pudo ser alcalde, los comunistas cuidaron de que no lo fuese, y siempre que empezaba yo a comparar los nazis con los comunistas, se enfurecía y decía: ‘Joven, hay diferencia entre caer en una guerra dirigida por una firma de jabones, y morir por una causa en la que se puede creer’. Lo que él era realmente, aún hoy no lo sé, y cuando Kinkel [un ser hipócrita, sabiondo y machista, perteneciente al ‘círculo de católicos progresistas’] le llamó una vez en mi presencia ‘sectario genial’, estuve a punto de escupirle a Kinkel en la cara. El viejo Derkum [que ya no era católico] fue uno de los pocos hombres que siempre me han inspirado respeto”.

La sabiduría exige concisión, pues el exceso de palabras acaba complicándolo todo en demasía. Y… ¿quién utiliza La Masía?

En efecto: no es lo mismo morir por una marca comercial que por un ideal; no es lo mismo un producto de consumo que un principio moral. Del mismo modo, tampoco es lo mismo un mercenario que un partisano. Stamattina mi sono alzato…

Un clarificador ejemplo: a España llegaron más de 30.000 voluntarios procedentes de 53 países, para defender la República, para luchar contra el fascismo; eran las Brigadas Internacionales. Piénsalo con detenimiento: dejas a tu familia, a tus amigos (e incluso, a tu chica, si la tienes), dejas tu ocupación, dejas tu país y te vas a otro que está metido en una guerra (fratricida y de clases), empuñas un arma y allí, en el frente, solo piensas en una cosa: ¡en la victoria! Pese a la razón y al heroísmo, Dios, en vez de defender el orden legal vigente, ayudó a los militares rebeldes. En ninguna guerra, un pedo huele a jamón.

Unas diez o doce líneas después del anterior fragmento, Hans Schnier prosigue:

“Los Derkum hacía ya tiempo que pasaban por venidos a menos, y la decadencia fue atribuida al ‘fanatismo político’ del padre de Marie. Habían tenido una pequeña imprenta, una pequeña editorial, una librería, pero ahora tenían sólo esta pequeña tienda de artículos de escritorio, en la cual vendían también dulces para colegiales. Mi padre me dijo una vez: ‘Aquí puedes ver hasta dónde puede arrastrar a un hombre el fanatismo: no obstante, después de la guerra ha tenido Derkum, por ser perseguido político en la época nazi, inmejorables oportunidades para poseer su periódico propio’. Lo curioso es que yo nunca encontré fanático al viejo Derkum, pero quizá mi padre ha confundido el ser fanático con el ser consecuente. El padre de Marie ni siquiera vendía libros de rezos, aunque esto hubiese sido una oportunidad, en especial antes de la semana de Pascua, para ganar un poco de dinero”.

¿Fanatismo? ¡Por Dios! Lo que de verdad se le recrimina —y con enorme dureza— es el negarse a prosperar (¡y a olvidar!), en una época en la que se imponía crecer aceleradamente para recuperar pronto el nivel económico perdido con la guerra; lo que se le censura es esa falta de ambición, que representa un pésimo ejemplo para el “santo suelo alemán”.

El viejo Martin Derkum: un personaje secundario de lujo: se merece una novela entera.

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