Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Cuando era un joven en la escuela de Secundaria

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Miércoles, 15 de mayo de 2019

@lidia_sanchis

Era el huerto la medida de todas las cosas. Si las navel se cotizaban a buen precio esa temporada, en la casa se renovaban los colchones y se cambiaban los deteriorados asientos de las sillas de enea de la cocina. Con el dinero de la cosecha se pagaban la comunión de la niña y el entierro de la abuela porque, aunque la vieja hubiera estado cotizando para los muertos toda su vida, el saldo de la muerte siempre salía a abonar.

El abuelo aún calculaba en reales los kilos de naranjas que sacarían por cada hanegada mientras que el nieto abandonaba el instituto porque únicamente con lo que ganaba como collidor se podía pagar los cubalibres y los discos de importación de Lou Reed o de los Smiths. Solo cinco de aquellos trescientos o cuatrocientos estudiantes que abarrotaban las aulas de un instituto de provincias sabían por dónde caía Manchester y por qué las noches de invierno había que escuchar Radio 3 como quien va a misa de 12. Solo cinco. Los sábados al atardecer el nieto se ponía su cazadora de imitación de piel y su camisa blanca de algodón y se volvía a juntar con los de su curso en algún garito de nombre ‘Cream’ o ‘Jamaica’ con la superioridad moral que dan los Levi’s y el aroma del Varon Dandy robado a su padre.

Cada jornada, fuera lunes o domingo, el abuelo regresaba del huerto del Camí Fondo casi al anochecer y, a pesar de la poca luz, en el sendero todavía podía distinguir una alfombra de pequeñas flores violetas y amarillas. Las ramas de los chopos y los sauces de al lado del río resbalaban, lánguidas, sometidas después de la intensa tormenta que había dejado los campos en sazón. Las estaciones se sucedían de manera invariable y crecían nuevas plantas y las lluvias volvían a inundar el estanque y el sembrado. El viejo era consciente de que llegaría el día en que ya no estaría él para sentirlo. Nadie podría entonces reparar en la sencilla belleza de esa amapola medio oculta entre las malas hierbas. El viejo volvía a casa montado en su vieja mobylette y el suelo aún estaba caliente como el aliento húmedo de un perro que se tumba a tu lado después de haber estado corriendo, encelado, persiguiendo a un conejo.

El anciano sabía desenvolverse en un mundo pequeño donde no eran necesarias muchas palabras. Hanegada, collidors, banyadors, pulverizar contra el pulgón, empeltar, naranjo amargo, trato, palabra dada. Sembrar, cultivar. Un mundo donde la perfección era la eterna belleza de una flor de azahar a punto de reventar de primavera. Desde la pallissa donde se guardaban las patatas y se colgaban los melones que se comerían en Navidad, el viejo asistía a la desaparición de un mundo que se va, tan pequeño, tan doméstico, que quizá nadie se imagina el vacío tan grande que va a dejar.

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L'Avi

@AviNinotaire

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