Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Lo llevas en la cara

Por Luis Sánchez. Sábado, 14 de abril de 2019

Luis Sánchez

Cero.- Antes de que la palabra se pronunciara, la música ya estaba allí. El agua, el viento, la voz de los animales… El chasquido de piedra contra piedra… La fricción de un tallo contra otro… El fuelle de los pulmones, los tambores del pálpito, las vibraciones de las cuerdas… ¡y la voz articulada!, para recordar durante el día y columpiarte en la noche. Y será la palabra la que extraerá del pozo más profundo la silueta de los objetos con los que irá configurando el mundo visible (y el otro, el inconmensurable). El poder de la palabra, que con el trabajo, surge, y nombra y crea, y se deja embelesar por el ritmo del que forma parte, cielo y tierra, puesto que todo es uno y distinto a la vez.

Uno.- Es la música la que marca el compás de la palabra, pues el misterio no se narra, se adivina, y la belleza, cuando aparece, se goza, sin más, ¡pero nunca se atrapa! El duende asiste, mete fuego en las entrañas y, al cabo de un rato, se va por donde vino. Tú lo invocas; pero tu sola voluntad no es suficiente.

Dos.- A Chavela Vargas la llamaban la Chamana —y no solo en Méjico— porque con sus canciones ayudaba a sanar las heridas del alma. ¡Un desgarro profundo y triste, aunque bien hermoso, para liberarse del rencor y la ira! Y, ahora, homenaje a la memoria: si el dolor llega acompañado, que no sea de abalorios. Palabras, las justas, que emborrachan.

Tres.- “El sentimiento espiritual viene de un impacto estético”, Rafael Álvarez el Brujo, actor (y actor como la copa del mejor vino). Recuerda: si la observación es importante, la contemplación es necesaria; y el silencio, un lujo.

Cuatro.- “Simone Weil [1909-1943, pensadora y mística francesa; solo un detalle de su compromiso político: formó parte de la Columna Durruti, en la Guerra Civil] dice que una de las necesidades vitales de las personas de clase trabajadora es la belleza. Sin belleza en la vida cotidiana y en los procesos mismos y en los resultados del trabajo, no hay justicia social”, Antonio Muñoz Molina, en el suplemento cultural Babelia, nº 1.352, del sábado, 21 de octubre de 2017, diario El País. ¡El paso de la belleza a la dignidad!

Cinco.- Teniendo en cuenta que el personaje principal es el que más sufre (así lo afirma, por ejemplo, el crítico y escritor Marcos Ordóñez), en Retahílas (1974), novela de Carmen Martín Gaite, ese papel correspondería a Juana Failde, la criada de doña Matilde, que privada de la prometida educación (y, por lo tanto, del don de la palabra), es como la sombra, que siempre vuelve. Hecha esa salvedad, vayamos al asunto que nos ocupa: los dos personajes centrales, Eulalia y Germán (tía y sobrino), mantienen un coloquio que dura toda la noche; poco a poco irán soltando amarras y sintiendo el brío liberador de la palabra: la humana calidez de la comunicación auténtica. He aquí un lenitivo fragmento (habla Eulalia):

“Y con esto de convertir el sufrimiento en palabra no me estoy refiriendo a encontrar un interlocutor para esa palabra, aunque eso sea, por supuesto, lo que se persigue a la postre, sino a la etapa previa de razonar a solas, de decir: ‘¡ya está bien!’, encender un candil y ponerse a ordenar tanta sinrazón, a reflexionar sobre ella, reflexión tiene la misma raíz que reflejar, o sea que consiste en lograr ver el propio sufrimiento como reflejado enfrente, fuera de uno, separarse a mirarlo y entonces es cuando se cae en la cuenta de que el sufrimiento y la persona no forman un todo indisoluble, de que se es víctima de algo exterior al propio ser y posiblemente modificable, capaz de elaboración o cuando menos de contemplación, y en ese punto de desdoblamiento empieza la alquimia, la fuente del discurrir, ahí tiene lugar la aurora de la palabra que apunta y clarea ya un poco aunque todavía no tengas a quien decírsela, y luego ya sí, cuando se ha logrado que madure y alumbre y caliente —que a veces pasan años hasta ese mediodía— entonces lo ideal es que aparezca en carne y hueso el receptor real de esa palabra, pero antes te has tenido que contar las cosas a ti mismo, contárselas a otro es un segundo estadio, el más agradable, ya lo sé, pero nunca se da sin mediar el primero, o bueno, puede darse, pero mal”.

Y ahora, para que te vengan con el cuento neoliberal de que estamos en el siglo de la comunicación y que, gracias a la tecnología, estamos más conectados que nunca. ¡Qué arte!

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