Literatura
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El matriarcado

Por Pepe Romero. Martes, 2 de abril de 2019

Pepe Romero

“Ilsebill rectificó de sal. Antes de procrear, hubo espaldilla de cordero con guarnición de judías y peras, porque era principios de octubre. Mientras comíamos aún, dijo con la boca llena “¿Nos vamos enseguida a la cama o quieres contarme antes cómo-cuándo-dónde empezó nuestra historia?”

Así empezaba Günter Grass la historia del Rodaballo y efectivamente, contestó a Ilsebill sobre la historia entre ellos. En el primer tempotránsito, el autor se traslada al Neolítico llamando a Ilsebill Aya. Bajo el influjo del juego del tempotránsito puede permitirse el lujo de narrar como desea la historia de la comida. Mas, narrando esta historia, se percata de que la comida ha tenido una cocinera, y allí está ella, Aya, la mujer del Neolítico. Ayas eran muchas. En la desembocadura del Vístula, desde donde es narrado, Aya se establecía en matriarcado teniendo una firme unión con las otras Ayas. El matriarcado no es una invención como muchos creen. Mirar retrospectivamente es entender el pasado, aquí en nuestro tiempo no ven más allá de la mitad de la historia. Lo que el pasado dice es precisamente eso, Aya fundó un matriarcado en el Neolítico, ello lo sabemos desde antes incluso del “Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”. El tótem imperante en el Neolítico era de tipo comunal, todas las mujeres organizadas en estructura se reproducían con los hombres (que eran el sustrato del orden) eligiendo ellas con preferencias pero sin tener en cuenta las actuales leyes de incesto y de jerarquía. Aquí en el Neolítico era todo como cuando dios nos trajo al mundo, pura biología. El hombre se dedicaba a cazar mamuts y si tenía suerte y no era muerto en su empresa podía llevar a casa carne. Cosa irreal sería decir que el hombre traía carne para su hambrienta mujer. La mujer era más fuerte que el hombre, tenía estructura, el hombre en cambio, en el Neolítico, sólo tenía su fuerza de trabajo. Cuando volvía la mujer lo esperaba, o más bien las mujeres. Lo hacían con platos de comida, pues los medios de producción estaban bajo el control de Aya. Edek, el hombre, por el contrario, solamente se dedicaba a cumplir órdenes. Las mujeres siempre daban leche, y parían mucho para luchar contra la alta mortalidad. Debido a la estructura de propiedad comunal, cualquier mujer podía yacer con cualquier hombre. Así pues, la mujer amamantaba al hombre fuera viejo o fuera joven. La mama proveía de alimentación pero también de sujeción. Aferrado a la mama, el hombre era un bebé adulto, un menor de edad. El estamento de menor, y por tanto, fuera de responsabilidad, era conllevado por el hombre durante todo el Neolítico. Aferrado a ella, el hombre creaba un vínculo especialmente afectivo para con la mujer. No podía hacer nada sin ella, como el niño que al perder a su madre la busca desesperadamente por todos lados, pues se da cuenta de que todo su poder viene dado por la fuerza de Aya. El pasado enseña que, muy al contrario como se cree ahora, la sociedad segregada según sexos empezó y se desarrolló más puramente aquí en el matriarcado. El hombre era un niño y se sentaba en la mesa junto a los demás niños, hablando en el idioma que fuera sobre lo que fuese. Aya, mientras, vivía en la cocina y era la proveedora, el sustento del hombre. El hombre comía frío sin el calor del fuego de la cocina de la mujer. Cuando Aya amamantaba al hombre, lo calmaba y lo mantenía sumiso. Al igual, exactamente igual que en nuestros tiempos, cuando la mujer calma el llanto del niño dándole leche de la teta. En resumidas cuentas, la mujer se organizaba allí en el Neolítico mediante el matriarcado, hecho corroborado. Ya que lo que hacía era amamantar al hombre, éste, sólo cazaba o jugaba a cazar, a veces incluso morían todos los cazadores y no traían nada a casa. Si no llegaban, el festín comenzaba sin varones. El menor de edad era el hombre. En el proceso de reproducción, si en el parto nacía una mujer, iba con las matriarcas, por el contrario, si nacía varón era amamantado siempre. La mujer sólo necesitaba un tiempo de minoría de edad, pero el hombre, nada más verse los genitales masculinos, nacía ya menor y con un destino fijado. La esencia del hombre era el llanto, aplacado por la mujer, mas nunca aplacado el deseo de conocer más allá de la tribu, más allá de las montañas. Este deseo era silenciado, no enseñando a cocinar, segregando entre hombres y mujeres. Los hombres eran brutos, como los niños. Del Neolítico viene la costumbre romana de defecar todos juntos, oliendo e identificando. Las pinturas rupestres fueron pintadas por mujeres, con las vallas que ellas cosechaban. Actualmente se cree que la mujer cocinera es la esclava, que el hombre trabajador, el amo. Cambiemos el contexto, dirijámonos al Neolítico. Cuenta la historia que la mujer robó la llama al Lobo del Cielo, convirtiéndose en la dueña del calor. El calor de la cueva era producido por mujeres, ellas mantuvieron al hombre durante todo el Neolítico. Pero el hombre, menor de edad, tenía deseos incumplibles. Aspiraba a poseer él también los medios de producción, mas el amo no es del todo libre, pues debe de mantener su estatus a toda costa, y aquello cansaba a Aya. Tenía que cocinar todos los días para una pandilla de niños, amamantarlos además de castigarlos si se portaban insumisos. En cierta medida, la mujer mantuvo al hombre bien alimentado y vivo, pero no toleró excursiones más allá de su tribu con fines contrarios al matriarcado. La figura del padre era casi o nada existente, el hombre biológicamente es un náufrago en constante búsqueda por alimento y agua, la mujer es su isla, y las mareas su fuerza y sistema, ella decide si se cruza o no se cruza la barrera de coral, es la mujer la pasiva pero también la ama; la mujer es la guardiana de la especie, el hombre el combustible, y como combustible, es efímero.

Así pues, el hombre bajo control biológico y cultural, se veía atrapado en un matriarcado de duración mastodóntica, una cultura estancada en los medios de producción de la comida. La mujer es biológicamente, dueña del hombre, es ama por naturaleza. Admiremos a los pavos reales, cómo alzan sus plumas para poder entrar en la hembra, para poder dar legado ante el desasosiego de la existencia. El pavo real se pavonea y compite contra el resto de hombres para conseguir a la hembra. La bellum omnium contra omnes es jugada principalmente por los hombres. La mujer decide si abre  o no abre las piernas, el hombre sólo decide intentar hacer perdurar su linaje. Mientras las mujeres en sus casas hablan de la brutalidad del hombre, peleando por causas inanimadas, ideales muertos y lejanos, “utopías masculinas”. Sabemos que la mujer decide o no abrir sus piernas por Lisístrata, la obra teatral de Aristófanes en la que, en la guerra del Peloponeso, las mujeres pretenden terminar con la guerra haciendo huelga de sexo, puesto que la guerra de todos contra todos, es un juego de hombres. La mujer ha mantenido sus medios de producción porque naturalmente, es ama, mientras que el hombre necesita inventar, no es dueño de nada, pero por eso mismo es el más artístico, pues es el más imperfecto. Un juego, así llamaba Aya a las rabietas que tomaba cuando quitaba el pecho de su boca y salía huyendo. Esas huidas es lo que yo llamo Historia del Hombre. No ha sido más que la historia del capricho de un ser desdichado que no poseyendo nada, lo quiso todo. Así, Günter Grass introduce la figura del Rodaballo, un pez plano que tras toparse con él el hombre, éste le aconseja liberarse del matriarcado. A pesar de que el hombre no lo pasara mal bajo la tutela de su Aya, éste le hizo caso, y comenzó a ser insumiso. Así es el Ser Humano, que prefiere la miseria con libertad antes que el orden con tutela, y aunque miremos a nuestro alrededor y observemos a hombres y mujeres bajo tutelas y felices, librémosles del miedo y marcharán a la libertad como “emboscados”.

Jugando, el niño del hombre despertó de su sueño de infancia y se topó con la realidad, y es que más allá de las montañas y de la tutela de Aya, el bosque daba pavor. Así, aunque marchara, a veces volvía. Aya a pesar de todo no le castigaba, pues tan esclava era ella de la dialéctica como él. Como mucho le daba una reprimenda y volvía a darle el pecho, pero poco consuelo se le puede dar al hombre que con sus propios ojos ha admirado el esplendor del mundo de fuera. ¿Qué había allá, más allá de las montañas?, es posible que allí naciera la noción de dios, lo mismo fue éste junto con la metafísica lo que acompañó al hombre y le dio impulso para liberarse del matriarcado.

Arribó la Edad de los Metales, y el hombre había descubierto un medio de producción. Ahora la lucha no consistía entre esclavo y amo, sino entre amo y amo, era competencia. Por ello, el matriarcado no ha muerto aún entre nuestros días, ni tampoco el patriarcado es como tal, “el sistema”. Son dos voluntades enfrentadas entre sí, en mitad de ellas está el filósofo que cuenta una historia sobre el pretérito. Con las armas de metal, aunque Aya lo tachara de insensato, el hombre podía crear Leviatanes y erguir reinos y ciudades. La historia del hombre empezó aquí, junto a los metales.

Esta historia que Günter Grass cuenta, está basada en la historia del cuento de los Hermanos Grimm El pesador y su mujer, incluso el nombre de la esposa del protagonista, Ilsebill, es la mujer del pescador. Günter Grass narra que el Rodaballo aconsejaría al hombre en favor de su liberación. El hombre, según Grass, torpe y sumiso, es guiado por un pez plano inteligente.

Las mujeres no veían bien la proliferación de los metales y menos todavía la invención de la moneda tiempo después. En la naturaleza, la mantis religiosa devora al hombre tras haberlo usado con el fin reproductivo, sin embargo el humano es animal racional además de estar dotado el hombre de fuerza bruta. El hombre se libera del “tercer pecho” de Aya, sin embargo, naturalmente, sigue siendo combustible para la mujer, el origen del mundo de Gustav Courbet. Quizá en la era tecnológica en la que estamos, el hombre cambie su destino, es poco o nada viable, y mejor dejar la naturaleza tal cual. Pero de lo que estoy seguro es de que el hombre ha sido combustible desde el origen, o si no admiremos las filas de espermatozoides yendo en millones a por un solo óvulo. La mujer está siempre quieta, y no lo afirmo culturalmente, eso se lo dejamos a la fuerza del tiempo y que éste lo modifique en la historia. La mujer es la pasiva, y el hombre el activo. Muy al contrario como se cree, el amo es el pasivo, y el esclavo el que se mueve por orden del amo. Es dialéctica hegeliana, el amo se batalla por mantener su estatus, y el esclavo la fuerza motora de la historia. El siglo XIX fue movido por el movimiento sindical, ahora, en pleno siglo XXI, el movimiento feminista está en su clímax. Es sin duda, a mi parecer, el movimiento mundial con más repercusión. La historia acabó con la Revolución Francesa, decía Kojève, ahora sólo repetimos las mismas dialécticas que acontecieron antes. La Revolución Rusa es un calcado de la Revolución Francesa, la historia cada vez se va repitiendo más rápido. Hemos alcanzado ese punto en el que, ya habiendo dominado las mujeres y ya habiendo dominado los hombres, estamos en un proceso que sólo puede concluir continuando el ciclo o matándolo y creando nuevos valores, la transvaloración de todos los valores de Nietzsche. Ante todo, no nos precipitemos en la narración, continuemos con nuestro hombre. El hombre es torpe y efectuaba mal las órdenes que daba el Rodaballo. Al principio, admiraba las culturas florecientes egipcias y minoicas, esta última mercantil a rabiar. El juego de la guerra, analizado desde el hombre y la mujer, es el capricho de un niño que se ha quedado si teta. Como ocurre con el adolescente sobreprotegido en exceso durante la niñez, su salto al mundo es como un salto al Jardín de las Delicias. Así el hombre vio placeres en todo lo que hacía y comenzó el estilo y más propiamente, la cultura. La estilocracia era vista por la mujer como un juego, y al fin y al cabo la mujer tenía razón.

Vayamos más adelante y pasemos el origen de la civilización, lleguemos a Grecia y a Roma. El amor y la seducción, según narra Günter Grass, fue inventado por los hombres para separar al grupo de matriarcas. Los tótems de la cultura fueron haciéndose más grandes, culminando en nuestros días, donde sólo se concibe una relación sexual entre miembros de familias distintas. El matrimonio, gran invento, otorgó poder político al hombre, mientras que la mujer continuó poseyendo su poder en los medios de producción en la cocina. Excluyendo las casas de adinerados, la mayor parte del pueblo funcionaba así. En Roma seguían defecando sentados unos cerca de los otros, la costumbre no cambió. La mujer siguió siendo dueña del fuego. Una vez más, es visto cómo el matriarcado y el patriarcado coexisten al mismo tiempo, son ímpetus, voluntades de imponer sistemas. El Rodaballo dio buenos consejos al hombre, el hombre torpe hizo la mayoría de ellos torpemente, fiel a su esencia. El matrimonio es una vía pacífica de ímpetu históricamente masculina por la unión entre dos personas. En Grecia la homosexualidad se toleraba, o más bien no se tenía noción de ella. No que no existiera, sino que los dioses no se inmiscuían en los placeres y deseos de las personas. El matrimonio siguiendo la línea reproductiva es tal y como he dicho, otra cosa bien distinta es amor, cuya dimensión trasciende toda realidad y dialéctica humanas. Günter Grass escribe el libro a mediados del S XX, ahora manejamos con más datos y no todo el libro es rescatable.

Esto que voy a decir, por más que suene de una naturaleza misógina, no lo es, y muy al contrario, reconoce la genialidad de la mujer. La mujer, dentro del matrimonio, sin derechos políticos, esto es, los derechos que según Grass habían establecido los hombres, se aprovecha de la estructura para desde dentro pedir al marido cosas para ella. Si necesitaba un horno nuevo, un vestido nuevo, un pergamino nuevo…, el marido se lo conseguía. Grass dice que más que conseguírselo el marido, se lo da el Rodaballo, y llama al hombre “calzonazos” por aceptar tantos caprichos. Con la estructura del matrimonio el hombre se encuentra en situación parecida a como estaba Aya dando de mamar para calmar. Aquí, el hombre otorgaba caprichos para calmar también. Observemos esta estructura matrimonial como una paz entre todos los espermatozoides. De hecho se sabe que éstos, en su camino al óvulo, cooperan entre sí para alcanzar un mismo fin. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja, y no pueden ser comparados espermatozoides de un individuo frente a la lucha entre hombres distintos. Se sabe que para estar con una mujer hay leyes, éstas son las leyes del cortejo. Pero dentro de la competencia legal entre hombres, siempre hay parias que optan tanto por la violación de la ley como de la mujer. A estos hombres hemos de darles el nombre de parias, gentes que se saltan las leyes del cortejo y por caprichos desmesurados se convierten en unos verdaderos dementes. Las estadísticas que en nuestros días son expuestas, hablan de hombres por asesinos/as de mujeres, pero no de asesinos de mujeres por hombres. Nos damos cuenta entonces de que, ya que este sistema matrimonial se ha establecido por hombres con sus leyes al mismo tiempo, son los hombres los encargados de luchar contra estos parias que se saltan su misma ley. A pesar de esto, el hombre utilizó el pretexto de la esclavitud hacia Aya para justificar sus violaciones, “pues la mujer nos controla y seduce”. Como en todas las leyes, siempre hay parias que las desobedecen, en este caso son leyes morales y no políticas, el paria suele ser entonces un neurótico compulsivo y sin lugar al que atenerse. La mujer, ante la vista de estas desgracias, o actuaba a lo Lisístrata y saciaba su Aya interna o huía del matrimonio haciéndose ramera. La mujer libre era ramera en Roma, y de esto sabe bien Escohotado. Huyendo del matrimonio, se encontraba con el censo de rameras, en el cual, si una se incluía, comenzaba a gozar de derechos políticos además de poder beber vino, prohibido a la mujer en Roma. De esto se sabe hoy muy poco, bastaba con incluirse en el censo, sin necesidad de ejercer, para gozar de lo prometido. Llegó más tarde el cristianismo y con él, un horror al nacimiento impuro del hombre. La palabra en griego para mujer es prácticamente la misma que para origen, ya que la mujer es el origen del mundo.

Dorotea, la mujer goticoflamígera, es narrada por Grass como la mujer que casa con Jesús. La monja es pues, el equivalente a la ramera en Roma, una huida del hombre y del matrimonio. El hombre también comienza a huir de la mujer, pues el religioso tiene voto de castidad.

Agnes, la mujer del arte idealizada, es explicada por Grass como por una mujer que es en sí arte. “Agnes no tenía que hacer formas ni reformas. No tenía que ser creadora. Porque ella misma era una creación: acabada”. Lo masculino es lo que tiende a vagar en busca de ideales, en cambio lo femenino, la mujer, es en sí el arte, la creación. La mujer ya es creación, es por sí misma. El hombre es lo que la mujer necesita y que a la vez produce, la mujer produce su mismo combustible, se genera a sí misma, es autótrofa. Ahora nos surge una pregunta: ¿Si la mujer es por sí misma, para qué crear combustible? Yo respondería así: Para que haya mujer. Sin hombre no hay mujer, y sin mujer no hay hombre. Esto encaja cuando pensamos el Neolítico y lo vemos incomparablemente más extenso que la sociedad patriarcal, y al mismo tiempo estancado. Esto es porque la mujer no necesita del ideal de progreso, es en sí el progreso de la humanidad. Cosa distinta ocurre con el hombre, que lleva mucho menos tiempo de patriarca que la mujer de matriarca y ya está cayendo su dominio. El dominio femenino es eterno, parte de él para llegar a él, mientras que el masculino es efímero, acaba tan pronto como hay una insurrección. Insurrecciones ha tenido muchas, desde las amazonas, bacantes hasta los Sabbath de las brujas. El hombre bruto, y gobernantes ha habido muchos brutos, las ha reprimido de la manera más cruel posible: a las brujas las quemaban por usar magias seductoras y por pecar de lujuria. Estas frotaban el palo de las escobas a modo de consolador provocando placer sin ayuda del hombre. Tenían el mismo principio que la ramera en roma, la insurrección al hombre.

Llegando al final de la historia. ¿Qué podemos sacar en conclusión? Yo diría, e instintivamente afirmo que el feminismo de nuestro tiempo, olvida para construir sobre el olvido. Intenta hacer ciencia de la poesía, maneja sustancias muy simples olvidando la complejidad de la historia. Ilsebill se ha olvidado de Aya, dice Grass.

Es un tema candente actualmente éste, y hablar sale caro, mas el trascurso de la historia provoca figuras que saben afirmar y negar. El tiempo es olvidado por miedo a crear algo más complejo. Los tiempos actuales buscan la simplicidad a toda costa, y si para ello hace falta olvidar parte de la historia, se hace. Pero el filósofo no acepta estos ímpetus, desde las sombras de su morada observa la dialéctica del amo y el esclavo fluir. En este caso me he dado cuenta de que son choques de intereses, batallas de ímpetus diferentes. Podemos ahora bien, aceptar la dialéctica y vivir eternamente en disputa, o rechazarlo y olvidar los intereses. La transvaloración de todos los valores es por lo que yo opto, pues la revolución que estamos viviendo utiliza terminología contraria para atacar al contrario, no crea, no aporta. Eso es incoherente y no lleva a ningún lado, en cambio olvidar la terminología, entender la palabra como decía Locke: “Habría muchas menos disputas en el mundo si las palabras se tomasen por lo que son, solamente signos de nuestras ideas, no las cosas mismas”. Seamos ambos, tanto mujer como hombre, niños, olvidemos la dialéctica y guiémonos por el amor, lo vital en el mundo, lo trascendente de trascendencias, y al mismo tiempo lo que más arraigado está. Nietzsche vendría bien para los tiempos en los que vivimos, confusos y excéntricos.

Como Jünger decía: “Las preguntas que se nos hacen van simplificándose y exacerbándose, llevan a disyuntivas, como lo muestran las elecciones. La libertad de decir ‘no’ es restringida sistemáticamente. Está destinada a dejar patente la superioridad de quien hace las preguntas”. Los tiempos turbulentos que vivimos van a decidir qué nos depara en los próximos años. Si seguir observando el mundo como una antinomia de clases o abrir puertas a una floreciente transvaloración. Por el momento las disyuntivas cerradas forman dicotomías. La dicotomía está provocando en las calles sentimiento de cansancio, pero a la vez de rebeldía. Sin embargo las rebeldías que estamos viviendo vuelven a ser contra la mujer como una reminiscencia de Aya. La ideología se ha perdido, la poesía prima sobre el ensayo. La verdad es que da igual quién gobierne mientras lo haga con cabeza y permita pensar al pueblo. Pocos se percatan, y quien lo hace ve antinomias, luchas entre colectivos. En mitad del tumulto está emergiendo nuevamente la filosofía, perdida ya desde hacía unos años. La filosofía está entre las dos dicotomías, junto al amor, en un plano trascendental que podemos llamar morada.

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