Antonio Jorge Meroño, Literatura
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San Manuel Bueno, mártir

Por Antonio J. Meroño. Viernes, 22 de marzo de 2019

Antonio Meroño

Recuerdo lo mucho que me impresionó esta breve novela de don Miguel cuando la leí, con doce o trece años en el colegio. Fue en los píos Hermanos Maristas, allá por el  80 u 81 del pasado siglo. Pese a que nunca he sido una persona religiosa supongo que el ambiente cuartelario de aquel colegio, donde la fe te la metían machaconamente y por un embudo, debió de influir en mí al leerla, además siendo tan joven.

Releyéndola hoy no me impresiona tanto, pues sabida es la distancia que la edad otorga a todas las contingencias humanas, pero la peripecia vital de ese sacerdote que pierde la fe y se angustia, reflejo de la religiosidad agónica de Unamuno no deja de ser una lectura refrescante. Hoy, muy al contrario que en mi niñez, los niños no leen a Unamuno, bueno, ni a él ni a nadie, pero esa es otra cuestión.

Por otro lado, este ya es un país totalmente secularizado, descristianizado, al menos en su mayor parte, muy alejado del cuartel postfranquista en el que me eduqué. Don Manuel es  un sacerdote muy bueno y rígido que ejerce una gran influencia en el pequeño pueblo donde tiene su parroquia. Una familia compuesta por un hacendado indiano y su pequeña hermana son sus mejores amigos. El indiano, que ha vuelto de las Américas imbuido de ideas liberales es un descreído, pero el trato diario con su amigo lo va acercando a Dios. La pérdida de la fe de don Manuel es una tragedia para esos dos hermanos, que tanto lo quieren y confían en él. Los dos amigos van a morir con poco tiempo de diferencia y los dos sin fe. Va a ser la hermana, ella sí muy devota, la encargada de contarnos esta historia, temerosa de que caiga en manos del obispo.

La concepción agónica que Unamuno tenía de la religión se ve en toda su poesía, así como en los capitales ensayos La agonía del cristianismo y El sentimiento trágico de la vida. Toda su obra está muy influenciada por la lectura de Kierkeegard, filósofo danés también leído por Dreyer, director al que osadamente calificaría de “unamuniano”. Leer a Unamuno es una tarea muy gratificante en estos tiempos de prisas tecnologizantes.

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