Humor Gráfico, L'Avi, Número 98
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Quizá morir

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi. Viernes, 22 de marzo de 2019

@lidia_sanchis

Pensando en Elsa, cuya ausencia ha dejado una cicatriz infinita en nuestros corazones.

Era un pueblo rodeado de naranjos y ese hecho azaroso marcó la existencia. Sembrar, abonar, recolectar la cosecha. Un orden repetitivo en el que siempre quiso acoplar su vida. Cuando era pequeña aspiraba a ser encajadora en el almacén de naranjas. Un trabajo de ocho horas que consistía en envolver las frutas en fino papel de seda para que su apariencia fuera aún más delicada. Volver a casa de noche. Cenar. Acostarse. Y al día siguiente vuelta a empezar. Le parecía lo único con sentido de la vida. Aquellas mujeres tenían asignada una pareja de trabajo como quien tiene un hermano de leche. Algo que nadie que no fuera de esta tierra podría entender. Y ella quería ensamblarse en ese mundo, un mundo que se podría observar a través de una mirilla por el simple placer de mirar porque allí dentro no ocurría nada.

Los viernes, ducha. El agua tenía un color parduzco como si la suciedad de la semana quedara allí. Los niños ahora se bañan todos los días. Y el agua sale clara, como ellos piensan que pasarán por este mundo. Sin ensuciarse con la misma basura que se ensuciaron sus padres. La vida les dolerá igual -todavía no lo saben- pero les olerá diferente. La vida es una herida.

De qué le serviría a esa madre saber por qué UB40 que cantan ahora en la radio Falling in love with you tienen ese nombre. O si es cierto que el 14 de julio de 1789 en Francia fue el día en que más caro estaba el pan y más barato el vino, según explicaba a sus alumnos Jesús Bilbao con aquella envergadura que te hacía desistir de contradecirle en nada. Tantas estupideces y datos inútiles se van adhiriendo al cerebro y al corazón como un limo pegajoso del que es imposible desprenderse. Una madre arrastra a un adolescente por las calles de una ciudad pequeña de provincia, un chaval que podría ser mi hijo o el suyo. Creo que es mi hijo o puede que sea el de usted. Pantalones vaqueros, cazadora bomber, cabello oscuro, zapatillas de marca. Pero la madre le coge del brazo de una manera tal que el observador se da cuenta de que allí pasa algo. Ninguna madre va cogida del brazo de su hijo de esa manera por las calles de una tristísima ciudad de provincias. Además, el niño da pequeños saltos y mueve las manos y la cabeza de manera extraña. Como si bailara desmañadamente bajo un cielo de nubes añiles que parecen dibujos de un mapamundi. UB40 suena en la radio de un coche y la madre de un adolescente arrastra a su hijo por una calle en la que a esas horas cae, negra, la noche.

Pero de la vida me llevaré aquel beso que te robé en el salón de mi casa, las cosas que no tenían que haber ocurrido. La vida secreta, la pasión oculta, el desorden. Precisamente, la naranja que quedó fuera del cesto. Lo que no estaba previsto. Aquello que se escapa del plan trazado y de la felicidad proclamada. La suciedad fecunda y no la limpieza muerta. El beso prohibido. El deseo que rompe el corsé y el esquema. Algunos aciertos y muchas equivocaciones. Me llevaré aquel beso y este dolor. Una herida luminosa, abierta, de la que ha manado la sangre, brillante y fresca. Pero que poco a poco se cierra, se apaga. Y se va.

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L'Avi

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