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Prohibido discurrir y blasfemar

Por Luis Sánchez. Lunes, 4 de marzo de 2019

Luis Sánchez

Aunque a nadie le amarga un dulce (¡ojo con el exceso de azúcar!), ningún premio (un adorno externo) mejora una obra (la calidad). Aviso a literatos navegantes: si de verdad eres escritor, aparta mercadería y autocomplacencia; estudia, demuestra tu valía y mídete con los mejores. ¡Autenticidad, en vez de mascarada!

El poeta y narrador Rafael Coloma Ruiz (València, 1945) decía que los premios los suelen dar los amigos. Pues bien, el escritor John le Carré tenía por norma no aceptar premios ni distinciones (no era una cuestión de orgullo, sino de honradez). Y se puso el sobrenombre de le Carré (legal, de ley) para dejar claro que era un tipo de fiar (nada que ver con su padre, del que se avergonzaba por la cantidad de fechorías que había realizado). Un hombre con principios morales, parece cosa de otro siglo, ¡y lo es!, porque hoy en día se impone con mucha fuerza la idea del éxito a toda costa (cuanto antes; no importa el precio), y muchos escribidores (y artistas, en general) pierden el culo (y las témporas) por salir en este o en aquel medio, hacen lo que sea, el imbécil o el ridículo; el caso es tener notoriedad, que te vean, caer bien, ser mediático, porque si no… Si no, ¿qué de qué? Y, al final, triunfa la ramplonería, la corrección o la mediocridad, ¡qué horror!

El talento no se puede ocultar (lo tienes o no lo tienes) y, si perseveras, tarde o temprano, ve la luz (en vida, o después); después de todo, lo que importa es la obra (lo que prevalece), más que el artista, que solo es el medio, vehículo perecedero. ¡La libertad, esa es la verdadera recompensa! (no te la regalan, la tomas tú).

El trabajo que no se realiza por gusto es alienante; en cambio, el trabajo vocacional dignifica. Si la obra artística no mejora al autor (no solo como artista, sino también como persona), entonces, ¿para qué? Recordemos que la calidad artística de una obra no tiene por qué guardar correspondencia con la calidad humana de su autor; de hecho, hay grandes escritores que como personas dejan mucho que desear y grandes personas que como escritores no dan la talla. Uno —ya lo hemos dicho— posee aptitudes naturales o no las posee; pero respecto a la calidad humana, sí hay una base común (imitación, neuronas espejo y aprendizaje) que exige, moralmente, ser cultivada. ¡Comprensión y generosidad! Voluntad para crecer en lo trascendente y en lo cotidiano. (Si nos alejamos del mundo artístico, vemos que también ocurre algo muy parecido en otros ámbitos, puesto que hay profesionales muy competentes y a la par, indeseables como personas, y viceversa.)

Y ya metidos en cuestiones morales, vayamos a un fragmento del libro de memorias (y algo más) Mi último suspiro, de Luis Buñuel (1900-1983), editado por Taurus (del grupo Penguin Random House) en 2018 y con prólogo de David Trueba:

“Pero lo que más me fascinaba de nuestras discusiones del Cyrano [café de la place Blanche, donde el grupo surrealista se reunía a diario] era la fuerza del aspecto moral. Por primera vez en mi vida [con 29 o 30 años], había encontrado una moral coherente y estricta, sin una falla. Por supuesto, aquella moral surrealista, agresiva y clarividente solía ser contraria a la moral corriente, que nos parecía abominable, pues nosotros rechazábamos en bloque los valores convencionales. Nuestra moral se apoyaba en otros criterios, exaltaba la pasión, la mixtificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las simas. Pero, dentro de este ámbito nuevo cuyos reflejos se ensanchaban día tras día, todos nuestros gestos, nuestros reflejos y pensamientos nos parecían justificados, sin posible sombra de duda. Todo se sostenía en pie. Nuestra moral era más exigente y peligrosa pero también más firme, más coherente y más densa que la otra”.

Nos recortan la libertad de expresión; pero, además, hoy en día, resulta inimaginable que un grupo de artistas, por ejemplo, irrumpiera en un acto cultural para cantar las verdades del barquero. Saltarían todas las alarmas; vigilantes de seguridad, videocámaras… Lo que nos falta es un cuerpo orgánico referencial, desde donde denunciar la manipulación vigente; nos falta la franqueza enérgica, el posicionamiento claro, la actitud decidida, el activismo sin reservas… ¡Más sol y menos pantalla! Recuerda: si te dejas, vas vendido.

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