Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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¡Suerte, compañero!

Por Luis Sánchez. Domingo, 17 de febrero de 2019

Luis Sánchez

Cuanto más envejecía mi madre, más afición le cogía a los juegos de azar (la Primitiva, cupones de la ONCE o décimos de lotería). En una ocasión, en la que me disponía a salir a la calle, me dijo:

—Cuando vuelvas de hacer lo que tengas que hacer, a mí no me importa, me compras un numerito, si puede ser que acabe en siete.

—El número bonito es el que sale —le corregí yo.

—Bueno, si puede ser, que sea ese. De ahí, del quiosco que está al lado de la droguería de José Enrique.

—Sí, ya sé…

Cuando terminé de hacer lo que tenía que hacer, me pasé por el referido quiosco de la ONCE. Había un joven encarado a la ventanilla y detrás, una señora mayor, conque me puse a esperar mi turno. Por un momento, pensé en la cola de los bienaventurados: fe, esperanza y caridad. En la acera de enfrente, uno de los más de 30.000 mendigos sin techo que hay en nuestro constructivo país tomaba el sol recostado en un banco de madera; a pocos metros de él, una flamante sucursal bancaria empezaba a cobrar por respirar. Por fin, la quiosquera despidió al joven con el típico “¡Suerte!”, a lo que el chico respondió: “La mejor suerte es tener trabajo. De todos modos, gracias”.

La señora que iba delante de mí se guardó el cupón recién comprado y luego sacó otro del billetero y dijo:

—Es que este es de ayer.

—¿Quiere que se lo mire, a ver si le ha tocado algo? —preguntó la quiosquera.

—No —dijo guardándoselo aparte—. Ya me lo mirará mi sobrina, cuando venga a la tarde.

La señora se apartó para dejarme paso al tiempo que, con voz ronca, me confesó: ¡Así me dura más la ilusión! “¡Qué cuca!”, pensé yo, y le sonreí con deferencia. Ella me guiñó un ojo y me devolvió la sonrisa.

—Uno que termine en siete —le dije a la quiosquera.

—A ver, a ver… ¿en siete…?

—Sí, que me han chivado que el de hoy sale en siete.

—Pues, entonces, ¡llévese todos los del siete! —me soltó, entre carcajadas.

—Mujer, que hay que comer… y dejar comer.

Me llevé el número mágico, el siete, sí: tres más cuatro, es decir, unión del Cielo y de la Tierra: la Santísima Trinidad y los cuatro elementos (agua, aire, fuego y tierra). El siete, número pleno, aunque incapaz de engatusar al azar (o al destino). Al final, ¡ni siete ni veintisiete! ¡Otra vez será!

Días después fui al consultorio, a por recetas médicas para mi madre. Mientras aguardaba a que me llamasen, escuché (sin poderlo remediar) la conversación de dos pacientes sentados cerca de mí. Uno era joven y payo (aunque casado con gitana); el otro era mayor y gitano. El primero se dio a conocer y, tras refrescar la memoria de su compadre, le preguntó:

—¿Y cómo va el mercadillo?

—Mal. Ya no sacamos ni para el buche.

—¿Y si no levanta…?

—¡Ay!, pues si no levanta, a robar —soltó Genaro, con una naturalidad y sencillez difíciles de rebatir.

Manuel asintió con la cabeza y yo, que seguía con curiosidad aquellas palabras, también asentí para mis adentros. Entonces me asaltó una noticia leída tiempo atrás: en las cárceles españolas hay una media de 160 muertos al año (de los cuales, el 15% son suicidios); casi la mitad de los reclusos no ha terminado la ESO y un 17% son analfabetos. “Educación, prevención y reinserción” recomendaban en el artículo. ¡Y que no falte la autoestima!

Cuando llegué a casa de mi madre, fui a la librería y cogí A sangre fría, de Capote.

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