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Humor, S.L. (sin límites)

Por Luis Sánchez. Domingo, 3 de febrero de 2019

Luis Sánchez

Cero.- Si no me suicido es porque siento una enorme curiosidad por saber cómo acabará mi vida. Hago un repaso: es como estar sentado en un cine, viendo pasar mi propia vida… y cuando llego al momento presente digo ¡alto!, el resto (bueno o malo) no quiero verlo, quiero vivirlo; me levanto de la butaca y salgo del cine. El factor sorpresa, lo imprevisto; eso que te hace exclamar: ¿quién se lo podía imaginar?, ¿quién me lo iba a decir? ¡Ah!, como que no todo está en el guión, no todo está escrito; piensa, si no, en la Prehistoria, por ejemplo (en aquel entonces, no escribía ni Dios y, ahora, bueno…, entre faltas de ortografía, pobreza de vocabulario, torpe sintaxis, abreviaturas, emoticonos…, para qué te voy a contar).

Uno.- La vida es un vicio incontrolable que te tiene enganchado hasta el final de tus días. Da igual que cumplas sesenta, setenta u ochenta; tú, ahí, agarrado a la vida con uñas y dientes. Siempre queriendo más y más días, y confiando en que el nuevo año será mejor.

Para mí, la vida se sostiene sobre dos pilares básicos: conocimiento y alegría. Aunque si tuviera que quedarme con algo que me acompañara en el último instante, eso sería el humor, un último suspiro por arriba y otro, con sordina, por abajo. Una llamarada (pura iluminación) para facilitar el tránsito. Un guiño al universo; una sonrisa a la eternidad.

Dos.- Si la estupidez humana es inconmensurable y no conoce límites; si el rencor, la mezquindad o la codicia no tienen freno, ¿por qué el humor habría de tener límites? Pero ¿qué bobería es esa! ¿Acaso se ponen límites al beneficio económico? El humor, cuanto más regio, más rancio se torna. Una bocanada de aire fresco en la cara, para levantar la cabeza sin complejos, para mirar de frente (y no de soslayo), para aceptar de buena gana (o tal vez, a regañadientes) nuestras limitaciones, defectos y errores, para eso sirve el humor; para admitir lo que no es de nuestro agrado. El humor: toda una vida para morir con él.

Tres.- Estoy acodado en la barra de mármol de una cafetería con sabor antiguo, con un té verde entre los dedos, esperando a una amiga, que se retrasa, y que, dada la hora que se ha hecho, no sé si al final… De fondo suena un conocidísimo bolero del inigualable Armando Manzanero (aunque interpretado, esta vez, por el grupo Presuntos Implicados), ese que dice “esta tarde vi llover, vi-cente ferrer y no estabas tú…”. A escasos metros de mí, tres amigos, de mediana edad, conversan y ríen afablemente (no puedo evitar fijarme en ellos: su altura es escalonada), hasta que el más alto del grupo levanta la mano como si fuera el mástil de un bucanero bergantín y le dice al camarero:

—¡Manolín, haz el favor!, tres chupitos de ese orujo de Cuenca que tienes por ahí abajo, que hoy paga el Melenas.

El Melenas, por cierto, el segundo de a bordo en estatura, está casi calvo: apenas unos pelillos lóbregos hacen acto de presencia sobre su lustroso cuero cabelludo. Pese a ello, el tipo no se deja amedrentar, y enseguida se gana la complicidad del otro amigo cuando suelta:

—¡Oído, cocina de abuela!, que aquí, don Josemari —refiriéndose al que ha pedido las consumiciones— va a dar a luz bien pronto —y señala la prominente barriga cervecera del susodicho. Y los cuatro (camarero, incluido) acaban por echarse unas risas.

De repente caigo en la cuenta y se me ilumina el rostro: ¡eso es, esa es la clave! A mí, lo que me gustaría es poderme reír de ti y que tú te pudieras reír de mí; pero no a escondidas, sino en la cara; no con malas artes, sino con chispa. De pronto aparece Elena, a la que no he visto entrar, me estampa un beso en la mejilla y me dice:

—¡Lo siento, lo siento! Disculpa, llevo una tardecita… —Y sin esperar contestación, me mira seria y me suelta—: Y tú, pareces muy contento, ¿no?

—Y más contento que me voy a poner —le respondo, con una sonrisa de satisfacción.

Poco después abandonamos la cafetería y, como prosigue la llovizna, Elena me coge del brazo y me pregunta: “¿Llevas chubasquero?”. “¿Chubasquero? —mascullo, un poco extrañado—, cuando he salido de casa no llovía; pero si quieres, pillamos un taxi”. “Chubasquero, sí, quiero; vulgarmente llamado condón“, me reprende. “¡Ah, ostras! —exclamo, por la torpeza—, ¿en qué estaría pensando…?”. “¡Eso digo yo!… ¡Hombres!”.

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