Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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El cuento de nunca acabar

Por Xavier Latorre. Viernes, 8 de febrero de 2019

Xavier Latorre

He sido periodista toda la vida. La gente lo sabe, no es ningún secreto; me han escuchado hacer directos radiofónicos y me han leído tediosas entrevistas en prensa con prohombres que ahora andan de capa caída, o en la cárcel, que de todo hay por esos mundos de Dios. A veces me para por la calle un señor al que un buen día le tocó una jugosa quiniela y se asombra de que no me acuerde de él: aquel fue el día más importante de su vida, más que el de su propia boda; para mí, en cambio, solo fue un vulgar lunes más.

Algo para mí muy valioso es que mi profesión permite que tenga bastante predicamento entre los contertulios del bar. Mi veredicto acerca de un fuera de juego era bastante autorizado hasta la llegada del dichoso video-arbitraje que ha puesto en entredicho mis comentarios. Pese a todo aún conservo un poco de ascendiente intelectual entre los asiduos a la misma barra; me siguen con cierto interés algunas profecías políticas de carácter temerario, maceradas con teorías conspirativas, realizadas intencionadamente para que susciten más interés si cabe entre esa reducida audiencia.

Mis colegas de cañas reconocen un cierto mérito a las personas que como yo escriben corrido y de forma fluida y que cuentan historietas amenas y, por eso mismo, algunos se atreven a apuntarme temas, a recomendarme historias de lo más diverso. Las sugerencias para que escriba lo que se les ocurre a ellos se ha transformado ya en una verdadera epidemia, en un incordio, los compromisos se han multiplicado por mil y se han convertido para mí en todo un vía crucis.

Hace unos días, sin ir más lejos, un administrativo de la Seguridad Social me dijo que quería contarme la vida de un antepasado suyo que ejercía de misionero en Colombia. Al estallar la guerra civil le mataron en Castellón a tres hermanos también religiosos que hoy deben estar supongo beatificados por algún Papa. Aquello debió sacudir con fuerza al fraile, le dejó sin duda alguna sumido en una infinita tristeza. Pero lo peor aún estaba por llegar: un terremoto de gran magnitud dejó un ingente reguero de muertos, entre ellos todos sus compañeros de congregación. Del aterrador sismo no se salvó ni un misionero, se los tragó la tierra; solo Andrés sobrevivió milagrosamente a aquel trágico destino escrito en una macabra providencia; solo quedó él para apacentar a aquel rebaño humano medio salvaje, a aquellas ovejas descarriadas que pululaban sin civilizar por aquel puerto de mar caribeño. Fue entonces cuando aquel monje de larga barba blanca, como el hábito que portaba, tuvo un revelación y decidió actuar sin dilación para cortar por lo sano el abundante vicio que detectaba a su alrededor.

Mi amigo, el funcionario, prosiguió el relato orgulloso de las hazañas de su remoto familiar. “Aún recuerdo vagamente a aquel anciano deambulando andrajoso por la calle en pleno invierno con los pies desnudos embutidos en una sandalias raídas. Me daba miedo”. Aquel religioso, el hermano Andrés, ideó un plan. Los sábados sin falta acudía al lupanar más famoso de Santa Marta, el epicentro de la perversión y la depravación. Una vez allí, en la zona cero del pecado, se instalaba en la puerta, como si fuera el portero de una actual macrodiscoteca, para hacer desistir a los hombres que peregrinaban hasta allí de que compraran la carne fresca de oferta de alguna mulata despampanante, de alguna mestiza resultona o de alguna tierna belleza deslumbrante a bajo coste. Apostado a la puerta de aquel burdel imploraba el decoro de aquellos hombres embriagados y cegados por el sexo. En su cometido evangelizador conseguía que algunos pocos se arrepintieran y que, a regañadientes, renunciaran a su afán pecaminoso y se volvieran para casa con el bolsillo intacto; otros, la mayoría, hartos de su actitud, alzaron sus quejas a las autoridades eclesiásticas; le vilipendiaron y blasfemaron en su cara; los dueños del garito, como último recurso, intentaron sobornarle inútilmente con la promesa de entregar sustanciosas limosnas para obras de caridad. Todo fue inútil. El clérigo persistía en su empeño de entorpecer que aquellos salidos hicieran el golfo en aquel antro de citas a rebosar de putas de todas las edades, razas y procedencias.

Un buen día, un borracho mala sombra se encaró con él. Le maldijo con todas sus fuerzas y al ver que no le hacía mella alguna su amenazante actitud, abrió una navaja de considerables dimensiones y le asestó una puñalada, clavándole en el bajo vientre toda la hoja hasta la empuñadura. El agresor fue detenido en el interior del prostíbulo a punto de pactar un encuentro carnal con una jovencita sobrecogida; el fraile, por su parte, permaneció malherido postrado en una cama de hospital hasta recuperarse de aquella agresión que por poco lo manda al otro barrio por correo certificado. El hombre que me lo cuenta escuchó el relato varias veces de pequeño en su casa. “Juan deberías escribir su historia sin falta. Yo te puedo ayudar a buscar documentación”. El hermano Andrés fue finalmente repatriado contra rembolso a España para que dejara en paz a los marineros que tocaban puerto allá. Al finalizar la charla en la cafetería, casi a la hora de comer, me indica de la forma más convincente que encuentra que me cedería los derechos de autor si esa biografía finalmente se llegara a publicar. “Quedamos un día y hablas con mi tía Petra, una pariente solterona que tengo en el pueblo. Se pondrá muy contenta, ya verás”. Es mi primer encargo de la semana. “Deberás darte prisa, la pobre está en las últimas”.

Por la tarde, un amigo taxista que conozco de la parada que hay junto a mi casa me detiene por la calle brazo en alto. Va a pie, lo que se me hace muy raro. Está fuera de servicio, algo muy extraño por la cantidad de horas que suele echar al volante al cabo del día. “Juan. Te quería decir una cosa que he estado pensando… Los de Vox son unos hijos de… ¡Me cago en ellos!…”. Está lanzado, irritado: “te doy permiso para que lo escribas…”. Le digo que vale, que muy bien, que me lo pensaré, que haré lo que pueda, que no le defraudaré,… Lo único que me interesa es ponerme a salvo de semejante caballero que lleva descontadas las copas que ha ingerido en las últimas horas. El taxista pone rumbo a su casa más tranquilo: ha delegado en mí toda su furia, me ha dado plenos poderes para arremeter contra ese partido en alza en algún medio digital. Espero que olvide la conversación y nuestro encuentro por la mañana, una vez empiece a patrullar la ciudad a bordo de su taxi. Tengo más cosas que hacer que ocuparme de esa peña de rencorosos cobijados bajo esas vergonzantes siglas.

Es viernes. Me cruzo con un agorero obstinado, con un pesimista endémico, al que le mola la ciencia ficción. Me suelta que tiene en la cabeza un guión de cine y que si yo se lo querría escribir. “Te presto la idea, gratis”, remarca de forma generosa. Este comercial de zapatos de diversas firmas ilicitanas argumenta que somos muchos en el mundo, que España es de los países más envejecidos del planeta y que esa situación solo se remedia, apunta como si nada, con otra guerra para que la muerte y la destrucción que un conflicto mundial genera pueda propiciar una recuperación de los indicadores económicos de dos dígitos, lo dice como si fuera el economista jefe de un gran banco. “Seguro que Trump estaría encantado”, advierte, “con una nueva guerra en suelo europeo. Sería un gran negocio para él, más que el dichoso muro con México o la prevista humanitaria invasión de Venezuela”. El apunte más original esgrimido en su reflexión, y que más cautiva mi atención, es que, según él, los ejércitos deberían reclutar solo a jubilados para acudir al frente, para cavar trincheras y para matarse entre ellos. “Así de golpe solucionamos el acuciante problema demográfico y rebajaríamos de forma notable el gasto en pensiones que asfixia los presupuestos nacionales de los países europeos”. No sé que llevaría su café o que píldora extraña habría ingerido aquella mañana. Tal vez llevara razón, pensé, muchos abuelos querrían inmolarse por los suyos en vez de llevar a sus hijos y nietos al matadero, al martirio bélico.

Le digo que llevo prisa, pero que estudiaré detenidamente su propuesta. Mi amigo, el representante de calzado de mujer, me convoca para otro encuentro. “Si quieres, otro día, te contaré un final espléndido, totalmente imprevisto, que tengo pensado para la película”. Le digo que sí, disimulando mi desconcierto. “Ya verás como reventamos la taquilla con esa guerra futurista, con esas batallitas del abuelo”. Le digo que se me hace tarde y me responde que él cada vez tiene menos trabajo por culpa de la dichosa venta online de zapatos. “Esa feroz competencia no perdona”. Lo dicho, un pesimista nato. Era el tercer encargo de la semana. Es todo un sinvivir. Tengo la cabeza atestada, obstruida de curiosas narraciones diversas. En casa escribiré unas notas en un bloc, las guardaré en un cajón repleto de ideas locas, y luego me dejaré mecer por Netflix con tres episodios seguidos de mi serie favorita para desintoxicarme de esta sobredosis de cuentos variados. Tengo en mi poder todo un arsenal de argumentos prestados para ponerme a escribirlos algún día.

El sábado, en pleno fin de semana, a eso del mediodía, me visita un vecino, Pedro, que es músico de la Banda de Castellón. Divorciado, con un hijo mayor ingeniero de algo destacado profesionalmente en Túnez. Acaba de hacer un viaje por el sur de España y en un pueblo de Almería, colmado de invernaderos que se desparraman hasta el horizonte y donde se cultivan los tomates que consumen los europeos sanos fuera de temporada, paró a comer en una taberna típica donde disfrutó de un aceptable menú tirado de precio. Allí en la mesa de la esquina de la terraza se encontraba una extranjera, sola, acompañada de un perro, exprimiendo el tiempo en compañía de un vaso de sangría tamaño XL e inhalando compulsivamente un cigarrillo electrónico. Mi amigo Pedro se enamoró al instante de aquella inglesa mayor que, según su capacidad de fabulación, debía ser una reputada hispanista que quizá estudió a fondo el Siglo de Oro español y que sabía el motivo por el qué 80 años atrás nos habíamos masacrado en España con una virulencia cruel y despiadada. Al acabar su consumición, Agustín la siguió hasta su casa y anotó su dirección. “Juan, quiero que le escribas una carta en mi nombre”. Acepté resignado el absurdo encargo. Al parecer, la desconocida le contestó efusivamente y ahora mismo son algo parecido a una pareja de novios. Ayer me llegó una postal desde Atenas donde han ido a pasar unos días. “A Hellen le encanta como toco la flauta”. Pedro está pletórico con su romance con aquella erudita inglesa: “quiere llevarme a su pueblo, en el condado de Dorset, para que conozca a sus hijos”.

Por la tarde me acerqué a una copistería a fotocopiar unos papeles. Allí, a mi lado, se hallaba un señor recogiendo un encargo. Alcancé a leer el título de aquel fajo de papeles. “Mi vida”. Y un poco más abajo el inicio de su narración. “Nací en 1926…”. De forma bastante descarada, fuera de mí, con la curiosidad a flor de piel, ya en el exterior de la tienda le abordé y le pregunté si me dejaba leerla. Un poco extrañado, examinándome detenidamente, respondió afirmativamente. “Claro, por supuesto… Pero las fotocopias te las paga tú”. Le di las gracias efusivamente y me llevé a casa el manuscrito más contento que unas pascuas. “Si algo no te gusta algo lo cambias a tu antojo”, concluye el venerable anciano.

La vida de los otros me subyuga. Me alimento de sus historias. Esta tarde me quedaré recluido en casa leyendo la autobiografía de ese entrañable nonagenario para ver si le saco punta a sus aventuras. Y la semana que viene vuelta a empezar; sin duda me lloverán nuevas historias algunas versionadas por terceras personas, otras inventadas y muchas más leídas. Mi profesión tiene ese peaje, ese calvario, que debo asumir resignadamente.

Por suerte en el chino de la esquina venden blocs de notas a todas horas.

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1 Kommentare

  1. Maribel Damato dicen

    Lo mejor de esta profesión que te subyuga es vivir otras vidas sin llegar a hacerlas tuyas.

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