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Un Gimlet

Por Luis Sánchez. Domingo, 20 de enero de 2019

Luis Sánchez

Cultura, menuda palabra, tan lustrosa y rutilante (¡de altos vuelos y de bajo coste!). Pero no nos pongamos celestiales y toquemos tierra. Cultura: conocimiento que nos permite plantar cara a aquellos que, generalmente, con malas artes, nos impiden gozar de una vida decente. Lo primero es lo primero: aprender a ser personas plenas: apropiarnos de nuestra alma, que es la única propiedad privada que merece ser considerada como tal (“nadie puede morir en mi lugar o en lugar del otro”, decía Kierkegaard). Por dicha razón la cultura debe ser, ante todo, un revulsivo social y los intelectuales y artistas, unos transgresores; pues deben interpelar, además de conmover. Provocación, en lugar de adocenamiento. ¡Y qué poco gusta el despertar de la conciencia a la industria del ocio y el entretenimiento!

Cuando el hombre pasa a vivir en sociedad, el temor a ser despedazado por una fiera se sustituye por el temor a ser torturado por el dirigente de turno. La sociedad es un negocio (muy rentable para algunos), y más negocio todavía cuando se convierte en sociedad anónima. Hay más (beneficio): un tropezón para el ciudadano, una zancada para los bancos.

Democracia sin cultura es tontuna pantomima. Y tras este lindo pareado, vayamos a la literatura. Leamos un punzante fragmento de la novela El largo adiós (1953), del escritor estadounidense Raymond Chandler (1888-1959):

“Una mañana me llamó George Peters [un amigo de Philip Marlowe], de la Organización Carne, para decirme que había tenido que pasar por Sepulveda Canyon y que, por simple curiosidad, había echado una ojeada a la propiedad del doctor Verringer. Pero el doctor Verringer ya no estaba allí. Media docena de equipos de agrimensores trazaban el mapa del terreno para una subdivisión. Las personas con las que habló ni siquiera sabían quién era el doctor Verringer.

—Al pobre imbécil lo han excluido por causa de una hipoteca —dijo Peters—. Lo he comprobado. Le dieron mil dólares por firmar la renuncia, con la excusa de que así se ahorraba tiempo y gastos, y ahora alguien se va a embolsar un millón de dólares al año, sólo por dividir la propiedad y convertirla en zona residencial. Ésa es la diferencia entre delito y negocio. Para los negocios necesitas capital. A veces me parece que es la única diferencia.

—Una observación adecuadamente cínica —dije—, pero la delincuencia de alto nivel también necesita capital.

—¿Y de dónde sale, compadre? No de la gente que asalta tiendas de ultramarinos. Hasta pronto”.

Ahora, metámonos en un aula de Secundaria. A ver, atención. Geografía Económica y Humana: Fortuna, ¿capital? —Acumulación. (Todos: ¡Bieeeen!) ¡Bocadillo de smartphone con margarina y lechuga, marchaaaando!

¡Qué duda cabe! La novela negra exige buenos diálogos. Y más negra es la vida con un futuro sin diálogo. Karma: sin pensión asegurada, no hay reencarnación que valga.

Cuando la cultura, en vez de ser una cuestión de Estado (Francia), es un simple apartado más en los Presupuestos Generales del Estado (España), ni presente ni futuro pintan bien. De hecho, somos un país con flato (y de brocha gorda): en 2017, aquí el número de millonarios creció más que en Suiza (un paraíso fiscal), ¡chúpate esa, envidioso!

Yo —¡y esto lo juro por el chófer de Bárcenas!—, cuando me imagino cordilleras de dinero, se me nubla la vista de tal manera que no puedo evitar pensar en otro terremoto financiero (como el de 2008, por las hipotecas subprime), y en los millones de ciudadanos que, con sus impuestos y ahorros, volverán a pagar parecida catástrofe, porque las grandes fortunas las carga el Diablo. El exceso de dinero termina corrompiendo, por eso nunca trae paz y concordia, sino injusticias y desigualdades.

Ya lo dice el refrán: tanto va el pájaro a la fuente que, al final, acaba privatizando el servicio de agua potable. Como que hay pájaros que se lo beben todo: ¡no se privan de nada! Y hablando de priva, pienso en mi coleto. Así que me voy al Victor’s y me pido un gimlet; allí, acodado sobre la barra, espero la llegada de Philip Marlowe: un tipo duro.

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1 Kommentare

  1. Matilde Encarnacion Arnal Moreno dicen

    siempre brillante, luis! enhorabuena

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