Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 98, Opinión
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Un amor de cinco pesetas

@lidia_sanchis

Por Lidia Sanchis /Viñeta: L’Avi. Martes, 29 de enero 2019

Cada domingo, él llamaba a la puerta de la casa de la abuela de ella. “¿Está Lidia? Venía a darle un duro.” Una frase que era como una contraseña porque, al escucharla, la abuela se apartaba a un lado y después de acertar a la primera con el nombre de su nieta –luego vendría el LourdesLidiaAnaEugeniaLorenaMaríaAliciaVerónicaPili en una única palabra como si todas ellas fueran una sola persona– dejaba pasar al niño hasta el primer azulejo –y no más allá– de la sala que hacía las veces de comedor, un cuarto presidido por un mueble estantería con tres o cuatro fotografías de las bodas de sus hijos en marcos de alpaca y dos desmayados libros del Círculo de Lectores en los estantes.

Ella, cabello liso, flequillo largo cortado como con una regla, y él, grandes ojos azules –ambos, ropa y zapatos de arreglar–, uno al lado del otro enfilaban el camino del campito de fútbol que había donde mucho más tarde construyeron la Casa de la Música, y compraban pipas, y Vicente le anunciaba que eran novios puesto que iban juntos a ver el partido y comían pipas del mismo paquete de Churruca.

Eran antiguos como novios antiguos. Quizá olieran a colonia Heno de Pravia y a Varón Dandy. Quizá, mucho después de aquel sábado, de aquel domingo, él vistiera una cazadora marrón de imitación piel; falda entallada y por debajo de la rodilla, ella. El amor curaba hasta los sabañones de los dedos de los pies. Era sábado, era domingo, y en el cine Payá ponían sesión doble. Quizá comieran pipas también. Pero lo que es seguro es que, si alguna vez llegaron a ser una pareja no recordarían el título de ninguna de las cientos de películas que vieron. Como lo ha escrito, sabe que lo ha vivido.

Pero ahora todo aquello estaba muerto o a punto de morir. Y esa certeza le producía una tristeza tan honda que le daban ganas de ir al kiosko más próximo y comprar los fascículos de esas píldoras de la felicidad que anunciaba Elsa Punset en la radio. Mostrar el dolor es banal, diría uno de sus amantes. El dolor es postureo. Si uno es un doliente es porque quiere, insistiría. Y además, es poco elegante, concluiría. Las píldoras de la Punset son el Maná del siglo XXI. Todo lo que le gusta está a punto de morir. Ella también morirá. Y se imagina a su amante burlándose de ella y diciendo en voz alta ¡cuánta intensidad! para que todo el mundo sepa que él no tiene nada que ver con la debilidad de ella. Pero ella se refería precisamente a eso, a cómo hacer.

Todo aquello sucedía en un espacio robado a los campos de naranjos perfumados, una superficie que se fue haciendo más pequeña a medida que ellos, esos niños, se hacían más grandes, tanto, que los cultivos fueron arrumbados en las esquinas del pueblo. Pero quizá en la primavera la fragancia del azahar les alcance y les recuerde que el huerto sigue allí, que todo aquello sigue allí. Que nada ha cambiado aunque Vicente sea ya un respetado agente de la propiedad inmobiliaria y en aquel campo de fútbol jueguen ahora unos niños que de ninguna manera podemos ser nosotros.

Los pájaros vienen de la diestra y de la siniestra y su embestida es igual de intensa. Si ahora mismo a ella le partiera un rayo sus miembros quedarían esparcidos como una estatua de arena desmembrada por las embestidas de las olas. Y cada grano formaría parte de aquel sábado, de aquel domingo cuando el niño Vicente quería comprar con cinco pesetas el amor de la niña Lidia.

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L'Avi

@AviNinotaire

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