Número 98, Opinión, Xavier Latorre
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Historias que parecen reales: Jairo y Jeison (un cuento de fútbol)

Por Xavier Latorre. Jueves, 10 de enero de 2018

Xavier Latorre

Jairo sirve hamburguesas hechas se supone que de material genético de deshecho de alguna res desvencijada procedente de una meseta inhóspita de Arizona en la barra de una franquicia multinacional en un polígono de ocio, lo que ya es mucho decir, de las afueras de Castellón. Jairo se crío en un barrio periférico de la ciudad de Cali, en el oeste colombiano, una gran urbe de tres millones de almas descarriadas bañada por el Pacífico. Ahora acampa, como inmigrante latino, junto al Mediterráneo. Jairo creció en el corazón de un barrio desheredado, insalubre. Jairo fue a una escuelita allá, donde muchos de sus compañeros andaban descalzos, a pie desnudo, sobre un firme irregular mal asfaltado del año catapún.

Jairo jugaba al fútbol de verdad en plena calle a todas horas. Se le daba bien. Lo hacía con unos hermanos vecinos suyos que les llamaban los murillos que siempre andaban juntos. Se desplazaban en bicicleta. Una para los tres, no había para más. Un privilegiado de la clase poseía una consola de segunda mano para echar partidas en un videojuego pasado de moda cuando su madre, exhausta de trabajar, se rendía y cedía: les dejaba utilizarla solo un rato en la minúscula sala de su casa. El resto de tiempo lo disolvían jugando en un descampado del valle del Cauca, en una barriada dejada de la mano de Dios, en un grupo de casas sencillas llamado Compartir. Él jugaba en el mismo equipo que Jeison, un tipo espigado que apuntaba alto, y que sus dos hermanos. Siempre ganaban, seguramente por la presencia imponente de ellos tres. El tal Jeison era ya un figura, como lo demuestra el sueldazo que cobra hoy en día en el Barça por chupar banquillo.

La cancha estaba situada junto a un río que, aún hoy, baja negro, sucio y tóxico por el valle que circunda Calí, una ciudad en la que morir por cualquier rifirrafe político, por un ajuste de cuentas de las mafias del narcotráfico, por una sentencia de muerte prescrita por las bandas paramilitares o por estúpidas casualidades macabras había sido siempre lo habitual y lo más corriente del mundo. Hoy, por suerte, aquello ya es historia; la violencia ha menguado y los terribles índices de homicidios son mucho menores lo que convierte a esa ciudad cafetalera en un lugar más apacible y, visto lo visto, en más soportable.

El chico que sirve hamburguesas en un establecimiento de comida rápida las pide por un micrófono adosado a su mejilla a su tía Luciana, como si fuera un político joven embutiendo dosis de miedo a raudales a su dócil electorado, la cual se encarga en la recámara del establecimiento de componer los pedidos, con papeles de colores llamativos, de preparar la oferta del día para cualquier jovencito famélico al que por lo visto le sobra algún que otro euro. Su madre, Valeria, es la encargada de limpiar el restaurante por llamarle algo, los baños, la cocina y la terraza exterior donde los niños han esparcido el Ketchup por las mesas como precoces pintores abstractos. Su mamá dejó varado a su marido al pie de una taberna descalabrada de Calí. Hizo bien. El que dice ser padre de Jairo, todo un armario de cocina con todas las copas adentro, se tambalea cada noche al regresar desquiciado a casa, tras ahogar sus penas en una botella de aguardiente peleón. Valeria, si puede, le manda de tanto en tanto algo de dinero. El nuevo señor con el que yace Valeria ni le levanta la voz ni le pega: tiene pinta de buen tipo. Algo es algo. Ese rumano, tímido y obediente, trabaja para un electricista negrero muy español que le pide que haga las cosas de cualquier manera, siempre y cuando las haga en un santiamén.

Jeison y sus dos hermanos un día se esfumaron, desaparecieron del mapa. Su padre les apuntó al equipo de un colegio que parecía serio. Los tres marchaban al lugar de los entrenamientos, que distaba unos 20 minutos de su casa, montados en la misma bicicleta. El mayor lo hacía todo, manejaba y pedaleaba, los otros dos se acurrucaban en la barra (como el bueno de Jeison) o iban erguidos sobre los tornillos que sobresalían de las ruedas (como el más pequeño). El camino plano, pero lleno de baches y de un empedrado incómodo, les dibujaba marcas en el culo. Debían circular en fila india alineados con otros ciclistas para evitar ser arrollados por el colectivo urbano atestado de pasajeros que casi les acariciaba sus frágiles cuerpos todavía en proceso de formación.

Jeison Murillo tenía unos siete años y ya quería ser futbolista. Su familia vivía con lo justo. En aquel colegio daban patadas al balón en medio de un barullo de escolares que soñaban con salir adelante con cualquier cosa que no fuera la droga o el crimen organizado. Jeison estudiaba bastante porque si sus notas no alcanzaban un estándar prefijado debería abandonar el club y el mundo del balón, y su sueño se desvanecería para siempre.

Jeison, muy pronto, les dio una alegría a sus padres, James y Liliana. Ingresó en la cantera del Deportivo de Cali donde sacaba buenas calificaciones escolares. El chico alto y fornido se iba enderezando en la vida. Todo gracias a Prudencio, un hombre que se desvelaba por los chavales que despuntaban y que hacia albergar esperanzas a sus progenitores. Este tutor futbolístico con Jeison lo clavó, fue de los primeros en reconocerle su valía como defensa zurdo. Sin llega a debutar en el primer equipo de Calí dio el salto a Europa. De Italia a España, hasta estrenarse en el fútbol de élite con el Granada en primera división y disputar partidos en los campos de fútbol más míticos del planeta. Jugó en el Bernabeu y en el Nou Camp. En Cali se hacían cruces, no acababan de creérselo. Pronto fue llamado para defender el combinado nacional de su país. Le marcó un gol a Brasil y eso favoreció que el Inter de Milán lo comprara para su escuadra. Tras dos temporadas en el Calcio volvió a España. En el Valencia jugó bastante el primer año hasta pasar al ostracismo.

James padre: “Dime hijo ¿qué te pasa que no juegas?”

Jeison: “No lo sé, papá. Perdí la titularidad. Han llegado jugadores nuevos y todo se ha complicado”.

James padre: “Bueno Jeison, tu haz lo que te digan. Y entrena duro, ¿tu ya lo sabes?”

Jeison: “Esto está resultando más duro de lo que pensaba. Igual no soy tan bueno como dicen”.

Este defensa fornido, exquisito y atlético estaba arrinconado. Jairo, por su parte, desesperado seguía al Valencia a ver si un día lo alineaban de titular. La cosa estaba chunga en aquel vestuario. Un día al salir del curro, con el olor de fritanga perfumando sus ropas, leyó en el Marca digital que se había obrado el milagro. A su colega de juegos infantiles le acababa de fichar el mismísimo Barcelona de Leo Messi y compañía. Su entrenador un tal Valverde había apostado por él.

James padre: “Ese señor es un santo. ¡Vaya regalo de Navidad!”

Meses después el Barça visitaba el estadio de la Cerámica para jugar contra el Villarreal. Jairo pidió el día libre y se apiñó en la acera, como otros perseverantes hinchas del equipo blaugrana, frente al hotel donde iban a pernoctar los jugadores de ese club, unos de los mejores del mundo. En el pasillo de entrada, custodiado por la policía, Jeison Murillo, luciendo la elegante indumentaria oficial del Barça, escuchó la voz de su colega de juegos infantiles. “Oye Chapita, ¿te acuerdas de mí?”.  El nuevo fichaje del Barça se giró sobresaltado pero una guardia de seguridad le conminó a entrar al hotel sin detenerse. Jairo siguió voceando en vano. Se quedó sin la camiseta de su ídolo infantil. Aquella noche vio el partido en un bar junto a su padrastro, un apasionado también del fútbol, forofo pertinaz desde niño del Steaua de Bucarest. Murillo tampoco jugó aquel día, pero, pese a ello, ingresaría en un mes más dinero, gracias a su contrato millonario, que todo lo que Jairo podría reunir en toda su vida laboral.

“¿Coca-cola mediana o grande?”

En la hamburguesería del centro comercial de Castellón a Jairo le nombraron encargado.

¿Doble con queso o bacon?

El Barça se mantiene líder de la Liga, como en años precedentes. Murillo forma parte de esa plantilla mítica.

¿Helado de galleta Oreo o tarta de manzana?

Los padres de Jeison se han mudado de barrio en Calí; ahora poseen una propiedad digna en una exclusiva urbanización residencial.

Jeison Murillo, casado con una ingeniera de petróleos, originaria también de Cali, ha conseguido, sin duda, marcar el gol de su vida; su cabeza le ha servido de mucho, ha rematado más alto que todos los Jairos de su barrio. Aquel Prudencio que le echó un vistazo de niño tenía buen ojo. El espigado chico de Cali militaría en la Liga española.

El día que “Chapita” debute con el Barça, Jairo lo celebrará por todo lo alto con unos fríjoles con pezuña. ¡Qué menos! Mientras las infectas hamburguesas basura le siguen dando de comer a él y a su familia.

NOTA: En este relato de ficción aparecen algunos nombres reales, no hagan caso de ellos, son para que las historias parezcan más creíbles. Nada más.

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