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Camino de ascenso

Por Luis Sánchez. Domingo, 6 de enero de 2019

Luis Sánchez

El cristianismo (y, en general, el monoteísmo) siempre ha rechazado de plano todo lo relacionado con el cuerpo: los sentidos, los deseos, los instintos, las pasiones, la animalidad, la carne; pero, sobre todo, el sexo, ¡el pecado por excelencia! El cuerpo es “la prisión del alma” y, por ello, merece ser maltratado; es lo que nos aparta del recto proceder, de la elevación espiritual, de la perfección divina. Sin embargo, esto no es más que una simple creencia –ni siquiera, una razón fundada–, y una creencia, a todas luces, falsa. Y lo que conseguimos sosteniendo dicha creencia es:

—Reprimir los apetitos naturales; pero solo momentáneamente (¡un disfraz!), porque como la naturaleza necesita expresarse, cuando la libido no sale de forma directa, libre y sana, lo hace de una forma retorcida, morbosa. Estoy pensando en ese esperma retestinado de los sacerdotes que buscan, a escondidas, aliviarse con menores de edad.

—Al reducir el sexo a fines reproductivos, toda esa energía reprimida se vuelca en el mundo del trabajo; de ahí que seamos sociedades sumamente productivas (un pequeño ejemplo: el Opus Dei). Podríamos ser menos competitivos y más gozosos (nos iría bastante mejor: menos neurosis).

Hoy en día, es cierto, la represión sexual es mucho menor que antaño; sin embargo, no caigamos en la trampa:

—La servidumbre laboral nos devora y disponemos de poco tiempo (o condiciones poco favorables) para entregarnos al erotismo (un regalo de los sentidos).

—El sexo adquiere una forma perversa (se separa del erotismo y se torna ostensiblemente productivo): crece la prostitución y adquiere mayor difusión la pornografía.

Pasemos, ahora, a un fragmento de El siglo de las luces (1962), extraordinaria novela del escritor cubano Alejo Carpentier (1904-1980). Hacia el final del libro, leemos:

“Devuelta a la luz de lo cotidiano, Sofía se sentía supremamente dueña de sí misma. Hubiese querido que todos participaran de su gran dicha interior, de su contento, de su soberana calma. Colmada de carne, volvía hacia las gentes, los libros, las cosas, con la mente quieta, admirada de cuán inteligente era el amor físico. Había oído decir que ciertas sectas orientales [el tantra o tantrismo, con 2.500 años de antigüedad] consideraban el contento de la carne como un paso necesario para la elevación hacia la Trascendencia, y llegaba a creerlo al observar que en ella se iba afianzando una insospechada capacidad de Entendimiento. Después de los años de confinamiento voluntario entre paredes, objetos y seres que le eran harto habituales, su espíritu se volcaba hacia fuera, hallando en todo un motivo de reflexión. Releyendo ciertos textos clásicos, que hasta ahora sólo le hubiesen hablado por la voz de sus fábulas, descubría la esencia original de los mitos. Desechando los escritos harto retóricos de la época, las novelas lacrimosas de tan gustadas por sus contemporáneos, remontábase a los textos que habían fijado, en rasgos perdurables o de un simbolismo válido, los modos de convivencia profunda del Hombre con la Mujer, en un universo erizado de contingencias hostiles. Suyos eran los arcanos de la Lanza y del Cáliz que había visto, hasta ahora, como oscuros símbolos. Le parecía que su ser se había tornado útil; que su vida, por fin, tenía un rumbo y un sentido”.

Piel con piel, para que cuando ardan el uno en el otro, no escape el alma y abandone el cuerpo, pues nunca fueron dos, sino uno en el mismo ser.

Pese al título, la obra anteriormente citada no es una novela histórica (tan en boga hoy en día), sino una novela de aventuras (lo desconocido, y mil peripecias), de aprendizaje (retos) y de crecimiento interior (madurez), cuya acción transcurre en un momento histórico crucial (la Revolución Francesa, pero vista desde las colonias europeas del Caribe), lo cual nos permite ensanchar el horizonte y acercarnos mejor a la naturaleza humana. No va, pues, de héroes y villanos (puro maniqueísmo), con una acción trepidante; aquí, el viaje (que es marítimo) transforma al individuo al tiempo que muestra los dos lados de la verdad. Unas luces que iluminan, más que las avenidas de las ciudades, los corazones de los humanos.

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1 Kommentare

  1. juan simon dicen

    Magnífico artículo, que recomiendo su lectura, también diria que el sexo no libre se emplea en trabajar, producir o “hacer trabajar o producir hasta bordear la explotacion, pura y dura “.

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