El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 98, Opinión, Óscar González
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Vox populi

Por Óscar González. Domingo, 15 de diciembre de 2018

@Morgoski

Les aseguro que posiblemente existen pocas personas en este país de locos a las que se les empalme más el alma que a mí cuando se trata de las viejas y románticas consignas de la izquierda tradicional. Me resulta complicado hablar de cosas como la matanza del Bou Eva perpetrada aquí en Vigo por el franquismo en el año 37 sin que se me llenen los ojos de lágrimas o al recordar a los brigadistas que se vinieron (y los que se fueron desde aquí) a combatir contra los indeseables. Creo, como todo izquierdoso que se precie de serlo, que el fascismo es una amenaza siempre latente que duerme dentro de todos y cada uno de nosotros esperando al momento adecuado para despertar y servir a sus amos. Y sí, si se estaban preguntando si voy a hablarles de VOX, la respuesta es que sí, aunque quizá no en los términos que esperan.

Para empezar, porque discrepo completamente del análisis hecho por Pablo Iglesias la noche electoral. A cualquiera se le calienta la boca en un momento dado, especialmente cuando te has llevado una hostia como la que nos llevamos los de Podemos ese día. Pero salir en el siglo XXI a gritar “alerta antifascista” porque un partido de ultraderecha obtiene unos resultados que hace apenas tres años no habría ni soñado es, además de un exceso dialéctico, un error de diagnóstico.

Una de las mejores definiciones para no politólogos sobre qué es el fascismo dice que se trata de una reacción de la clase dominante contra la subalterna sirviéndose para ello del lumpenproletariado. O, sin terminología marxista –por si han votado a VOX y les da dentera el gordo de barbas–, el fascismo es la herramienta última del poder capitalista para defender su posición de privilegio. Para ello echa mano de los que nada son, nada tienen y nada esperan. Los Nadies de Galeano y esos “pobres de la tierra” con los que Martí quería su “suerte echar”. Los parados de larga duración, las masas analfabetas, el campesinado… enormes grupos de personas golpeados por el propio sistema capitalista y con la sensación de que siempre son ellos los que acaban pagando la fiesta.

Es cierto que esta definición puede resultar un poco anacrónica a día de hoy, cuando ya el analfabetismo es un mal (afortunadamente) más escaso cada día y campesinos y agricultores no tienen el mismo peso social que en el siglo XIX. Pero no por ello es menos válida a la hora de entender las claves generales del fenómeno.

Y volvemos a Pablo Iglesias y su alerta antifa: como bien señalaba Errejón, no hay cuatrocientos mil ultraderechistas en Andalucía. Tampoco VOX ha ganado en los barrios más desfavorecidos, sino que se ha asentado entre aquellas clases medias liberales con rentas per cápita superiores a la media. Ni, hasta donde sabemos, han organizado bandas armadas para amedrentar y desmovilizar a las masas de obreros organizados, entre otras cosas porque la única masa en sentido estricto de la clase obrera actual es la del pan que compran a diario, pero ese es otro debate. Tampoco tienen una gran penetración social y su electorado, como el de gran parte de las fuerzas nuevas, no está todavía asentado y puede variar mucho en función de lo que haga la organización en el futuro. Por último, tampoco están intentando desarticular los sindicatos, aunque esto quizá tenga más que ver con que a día de hoy nadie espera nada de ellos.

Así entonces, ¿de dónde han salido los cuatrocientos mil votos en cuestión? Bueno, no soy un gran conocedor de la realidad andaluza, pero hay algunos factores que sí creo relevantes.

En primer lugar, la desintegración lenta de la organización criminal llamada Partido Popular. Si hay algo que nos hemos cansado de repetir a lo largo de los años ha sido que en España no había un partido de extrema derecha porque esta ya estaba integrada en el PP. Y era cierto. Sin embargo, a ese ala más tradicionalista de la derecha le resultaba insoportable ya el olor a cloaca de Génova 13 y se han cansado de votar con la nariz tapada. O quizá sería más acertado decir que por primera vez han visto una alternativa que les hablaba en su idioma: tradición, unidad, familia, honor. Hay en esos doce escaños mucho de fraccionamiento de la derecha española: los ultras de VOX, los liberales de Ciudadanos y lo que quiera que quede en el PP cuando se hayan pirado los dos anteriores.

Un segundo motivo tiene que ver con la situación en Cataluña. Han sido no pocas las voces que han considerado que los populares se han mostrado demasiado blandos a la hora de gestionar todo lo ocurrido tras el 1-O del pasado año. Para muchas personas, de un modo visceral, la unidad de la patria es un valor político superior a cualquier chapa sobre la democracia que le podamos dar cualquiera de nosotros. Es cierto que un país es su gente y no su bandera o sus metros cuadrados, pero son muchos los que aman los símbolos de su país por encima de todo y están cansados de que los señalemos con el dedito cada vez que se envuelven en el trapo rojigualdo. Vean el programa de Évole y fíjense en los ojos de algunos cuando empieza a sonar Suspiros de España. En la izquierda tendemos a infravalorar, cuando no a despreciar, la cuestión identitaria; esta peña nos demuestra que nos equivocamos y que deberíamos recuperar la bandera como símbolo, por mucho que esto nos repatee a algunos (a mí el primero). La historia mitológica de esa Hispanidad que reivindican los de Abascal tiene un gran peso cultural en parte de la sociedad española. Es un marcador de certeza en los tiempos en que se percibe a Cataluña como una amenaza a esa historia mitológica que emociona a tantos. En especial para la población de más de 60, principal caladero de VOX en Andalucía.

Un tercer factor a considerar tendría que ver con lo que el filósofo Ernesto Castro definía como “xenofobia religiosa”. En el discurso de VOX no todos los extranjeros forman parte de ese “otro” que personifica la amenaza a la forma de vida occidental. Esa plaza está reservada para los musulmanes, incluso en la propia simbología sobre la que edifican su relato: la Reconquista, el heroico Don Pelayo o, como apuntaba el propio Ernesto Castro, declaraciones como las de Santiago Abascal en Intereconomía cuando afirmaba que “Santiago es el anti-Mahoma”. Desde esa óptica, se entiende un poco mejor por qué su discurso ha calado a no poca gente en Andalucía, donde la población migrante desde países musulmanes es mucho más numerosa y, por tanto, lo son también los problemas inevitables derivados del encuentro entre culturas tan distintas. Añadamos a eso los problemas de corte socioeconómico que afectan a la región: desempleo, peso del sector primario (agricultura en especial) y una fuerte guetificación en determinadas zonas, por señalar sólo algunos. Tendremos un caldo de cultivo perfecto para que opere aquello de “el último contra el penúltimo” y alguien envuelto en una bandera española, por cutre que sea su discurso, pueda ser la imagen de la esperanza para algunos.

Como cuarto elemento, destacaría el peso de cuarenta años de gobierno ininterrumpido de un PSOE-A manchado por escandalosos casos de corrupción y en el que el caciquismo compite con el de los mismísimos Baltar ourensanos. Casi 600 imputados por casos como el de los EREs o los cursos de formación, con más de 4.000 millones de euros en paradero desconocido, son una réplica a menor escala del latrocinio del PP a nivel del resto del Estado. La población se siente abandonada por gobiernos presuntamente socialistas y la alternativa, PP, es otro nido de ratas. Rivera y los suyos van tirando a justitos en tema credibilidad y, por motivos múltiples (entre los que podría estar hablarle a la gente de dragones y Juego de Tronos y no de pan, trabajo y techo), Teresa Rodríguez y Adelante Andalucía no han logrado revalidar la confianza de sus votantes. Quedan la opción VOX y la abstención (otro factor fundamental, pero el artículo ya va largo y no es un tema sencillo). La mayoría opta por la segunda, pero muchos, los menos ideologizados, le dan una oportunidad a los primeros.

Y habría también que reflexionar sobre hasta qué punto una parte del discurso de la izquierda posmoderna ha podido tener algo que ver en todo esto, que creo que algo también hay. Los ultraderechistas han sido hábiles capitalizando esa Trampa de la Diversidad de la que nos habla en su libro Daniel Bernabé.  Y por si fuera poco, han aprendido a darle la vuelta a la etiqueta de “facha”; y la lucen orgullosos.

No son fascistas, es cierto. Pero eso no significa tampoco que traigan nada bueno. No los mitifiquemos, pero no les quitemos el ojo de encima. Tomémoslos en serio…

… pero reconozcamos, para terminar, que el vídeo de Abascal a caballo con la música de Curro Jiménez de fondo es una de las cosas más hilarantes del troleo de los últimos meses. Que esto no deja de ser una revista de humor. A pesar de la chapa que les acabo de soltar.

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