Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Entre tú y yo

Por Luis Sánchez. Domingo, 8 de diciembre de 2018

Luis Sánchez

Una.- ¿Carne blanca o carne roja? ¡Qué más da, si es carne de negro la que paga!

Dos.- ¿Para qué vamos a escoger el canibalismo, si podemos dar de comer a hienas y a buitres?

Después de escribir las dos oraciones de arriba (oraciones sin Dios) y de leerlas con detenimiento, me sube un escalofrío por el espinazo que me corta la vista y me hierve los ojos. Pero no debo apartar la mirada o sellar los párpados. Ya que estamos…

Y tres.- ¡Qué pena me da tenerme que morir, conque lo dejo para más adelante!

Pillo ya empezado (¡una lástima!), en la 2 de TVE, un hermoso documental rodado en Rumanía, que seguro hubiera causado las delicias de Félix Rodríguez de la Fuente: los Cárpatos, tierra abrupta, bien conservada, imponente naturaleza, nieve, mucho frío, duras condiciones de vida, aislamiento, estrecha colaboración entre el cuervo y el lobo (estrategia de supervivencia: aquel lo avisa de una posible presa y cuando este ha terminado de comer, el cuervo se alimenta de los restos) y un pastor de ovejas, con sus perrazos (la carlanca, puesta, ¡faltaría más!) para custodiar el rebaño, valiosos mastines (fornidos, valientes y leales) muy bien adiestrados desde cachorros, para cumplir a la perfección con su cometido: cuestión de vida o muerte.

Lo más admirable de todo es cuando el comentarista nos confiesa que el pastor, pese a todo (el peligro es real, cercano y puede acechar en cualquier momento), acepta al lobo. Podría poner trampas y organizar batidas para acabar con él, como se ha hecho en casi todos los países europeos, sobre todo, en los occidentales; pero no, al lobo se le respeta, bastante tiene ya el animal con soportar condiciones tan penosas de vida.

Seguro que este pastor ni siquiera ha oído hablar de Cioran o de Ionesco, compatriotas suyos; aunque tampoco le hace ninguna falta. ¡Cuánta nobleza, en su actitud, y qué lección de vida nos da! Al enemigo se le mantiene a raya (cada uno guarda su territorio); pero no se le engaña ni se le humilla, ni mucho menos se le elimina. Se le permite que viva, no se busca su extinción. Es ley de vida: todos tienen derecho a ella: es lo natural. Además —parece insinuar—, es el enemigo el que nos obliga a estar más despiertos, ¡a sentirnos más vivos!

Y ya metidos de lleno en lobos y nieves, me acuerdo de aquel magnífico cuento de Jack London (1876-1916) —¡una adjetivación precisa y eficaz!— titulado Ley de vida, donde nos habla de la aceptación de la muerte con una fuerza natural aplastante. Y nosotros, mientras tanto, adultos infantilizados, quejándonos de todo: de las arrugas que nos han salido, de los quilos que nos sobran, de las cartucheras y de los michelines, de las ojeras y de la papada, de la celulitis, de la flacidez de la carne, del miedo a envejecer; de todo excepto ¡del pánico a morir! (un tabú enjaulado). El factor estético se impone a la salud. ¡Bendita vocación indomable de eterna juventud y perenne felicidad! ¡Y bendita sea también la neurosucción, que te libera de toda idea o pensamiento que te hace padecer!

Rechazamos lo feo, el dolor, la decrepitud y la muerte, sin reconocer que tienen un lugar en el mundo y, además, un sentido (son necesarios). Aprender de lo negativo y transformarlo para completar nuestro ser (¡pura alquimia!). Recuerda: si eres diestro, no olvides dar juego a la otra mano (y viceversa).

El estrepitoso fracaso de la civilización occidental es haber pasado del pensamiento mítico-poético al pensamiento racional (por la ley del péndulo), y no haber sido capaz de conciliarlos; y más recientemente (década de los 80 del siglo pasado), no haber querido apostar por un modelo productivo que combinara capitalismo y socialismo. Entre lo uno y lo otro, seguimos empleando una postura excluyente.

Hemos sustituido a los antiguos dioses por aplicaciones lógicas. Y el agonismo —lucha por la razón—, por la libre competencia.

Falleció la verdad, oculta tras una pantalla; lo que ahora importa es la experiencia virtual. Y nos sumergen en un mundo fantástico mientras, deslumbrados por el impacto, nos creemos individuos todopoderosos.

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