Antonio Jorge Meroño, Historia
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Cipriano Martos: vida y muerte de un militante antifranquista

Por Antonio Meroño. Viernes, 21 de diciembre de 2018

Antonio Meroño

La larga noche del franquismo es sin duda lo peor que le ha pasado a este país, pese a que vuelvan por sus fueros renovados cantos de sirena a negar tal evidencia. Durante 36 años se instaló un general con su cuadrilla con ánimo vengador a matar, reprimir y arruinar todo lo que se puso a su tiro. Prácticamente nadie conoce el caso de Cipriano Martos, un jornalero andaluz que murió en un hospital de Reus a causa de los malos tratos que le infligieron las sacrosantas fuerzas del orden en fecha tan cercana como 1973, en lo que muchos siguen empeñados de manera falaz e hipócrita en llamar «dictablanda». Nacido nada más terminar la guerra civil en un mísero pueblo de Granada, comenzó de muy niño a trabajar en el campo para intentar paliar su hambre y el de su familia. Introvertido y con ansias de superación, emigró pronto a Cataluña en busca de mejor fortuna. Allí encadenó lo que hoy conocemos como trabajos basura y adquirió conciencia política, engrosando las filas del PCE marxista leninista, rama política del FRAP, una de las organizaciones más radicales de la clandestinidad. Pese a que dicha organización era violenta y practicaba la acción directa, la actividad de Cipriano no pasó de arengar a algunos obreros de cinturones industriales y repartir pasquines. Pero el infortunio se cebó en este hijo del sur y fue detenido cuando la dictadura ya languidecía, pese a que no cesó en su actividad represiva, como casi todos sabemos. Los militantes del PCE (ml) eran duros de pelar y tenían la consigna de no cantar por duras que fueran las torturas, y Cipriano aguantó lo indecible en ese verano de 1973.

No queda claro, pese a los esfuerzos del magnífico reportaje de Roger Mateos, si lo mataron o lo empujaron a suicidarse, pero el caso es que ingirió un fuerte tóxico que acabó con su vida en apenas tres semanas. El autor hace una exhaustiva reconstrucción de su detención, torturas y últimos momentos, enlazando testimonios de su hermano y de camaradas del partido, pero no puede asegurar si ese ácido que lo mató fue introducido en su boca a la fuerza o lo ingirió motu proprio desesperado. Para el caso es lo mismo, se trata de otra víctima mortal más de las 150.000 de un régimen totalitario sin sentido. Ahora que se cumplen cuarenta años de la aprobación de nuestra Constitución, no debemos caer en la tentación de relativizar el esfuerzo que nos ha costado nuestro sistema de libertades, la sangre que se ha derramado, las vidas que han quedado por el camino. Cipriano Martos fue otro de los que cayó por nosotros.

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