Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 98
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Lágrimas de astronauta

Por Luis Sánchez. Sábado, 11 de noviembre de 2018

Luis Sánchez

Cambio climático. Deshielo, subida del nivel del mar, más calor… Falta de agua, malas cosechas, hambruna, pillaje… Desertización, migraciones masivas de personas, guerras locales por el control del petróleo y del gas…

Mucha atención: no han parido aún en este mundo algoritmo que nos salve de nuestra propia cerrilidad.

Ahí vamos, un paso tras otro: con los ojos clavados en el móvil, para escurrir el bulto, y evitando al vecino, no sea que nos ponga en un aprieto. Cada uno se entretiene con lo que tiene y, casualmente, todos tienen lo mismo: un móvil en las manos. Pero… ¿qué es un emoticono, un gif o un sticker, en comparación con una mirada, un gesto o una insinuación? ¡Fantasmas!

A día de hoy, no me creo casi nada y estoy en contra de casi todo. Me hago mayor, nada nuevo. Y una de las cosas más valiosa que he aprendido con los años es a mirar el pasado con un enorme respeto y hasta con admiración. ¡Se aprende tanto del hombre primitivo, del salvaje, del hombre antiguo…! ¡Ah!, pero los terrícolas del siglo XXI nos creemos tan listos, tan guapos, tan modernos y tan poderosos que nos movemos a golpe de clic sin darnos cuenta de que, en un abrir y cerrar de ojos (somos frágiles y vulnerables), lo podemos perder todo: el trabajo, la casa, la salud, la familia, los amigos… o simplemente, la humanidad, eso que nos hace ser persona, porque seguimos siendo personas, ¿o no?, es decir, seres conectados inconscientemente con el resto de humanos, inmersos en la corriente de la vida, seres que respiran con la naturaleza, abiertos al universo, y que buscan el despertar de la conciencia, en la suave intensidad del instante, para sentir la vibración única de todo cuanto existe.

Gracias al ascensor, pudimos construir edificios más altos; sin embargo, los rascacielos, en vez de acercarnos a Dios, nos alejaron de la Madre Tierra.

Ya no sabes leer el cielo (los edificios y la contaminación lo han borrado) ni la tierra (las únicas plantas que conoces son las de los pies) ni tu propio cuerpo, simple carcasa para presumir (una cirugía espectacular: ¡el fracaso de la medicina!), y tampoco sabes nada de tus sueños (siempre te quedará la pastillita para dormir).

Si fabricas botones, lo que quieres es que en la próxima temporada, las prendas lleven el mayor número de botones. Pero si lo que fabricas son bombas, lo que quieres es que haya guerra (y si no la hay, ¡la provocas!). Da igual lo que fabriques: ¡la producción no debe parar!, ésta es la sagrada consigna. Y cuando surge una voz discordante, procesan ese discurso para transformarlo en un producto comercial. El sistema capitalista se reinventa de

continuo, hasta el extremo apasionado de convertir al individuo (acelerado, sobreexcitado, sobrecargado y desbordado) en cómplice de su propia ruina.

Una cosa es la abundancia de bienes y otra, la acumulación de capital. Una cosa es el beneficio económico y otra, la especulación financiera. Una cosa es el comercio, como actividad natural y otra, la economía de mercado.

Estigmatizar al otro, amparándose en la moral, en la ley o en la situación, ese es el triunfo del hombre perverso (aquel que disfruta con el sufrimiento ajeno). Señalar al otro (al indígena, al negro, al pobre, al gitano, al homosexual…) como portador o causante del mal, para arrebatarle su derecho a vivir con dignidad, o sea, para humillarlo, despojarle de sus bienes y explotarlo. Una operación de lo más rentable, ya lo creo. “Todo lo que se come sin necesidad, se roba al estómago de los pobres”, Mahatma Gandhi.

Los hombres primitivos (ya fuesen de las cavernas o de la selva, de la sabana o de las praderas) representan la edad dorada de la humanidad. La civilización (soberbia y codicia se dan la mano) es el inicio de la decadencia. En las próximas décadas, empezaremos a recoger los frutos podridos de tanto progreso, y se resentirá —y mucho— la vida en nuestro planeta, en nuestro amado jardín del Edén.

(Y una lágrima empañó el visor del casco de un curioso astronauta. Aquella lágrima gris fue el preámbulo del diluvio universal.)

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