Francisco Saura, Número 98
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Fuimos arrojados

Por Francisco Saura. Lunes, 26 de noviembre de 2018

@pacosaura2

Fuimos arrojados a la última playa. Quedaban algunos cangrejos anhelando la mirada de las estrellas, aquella tortuga huyendo de su luz, los pájaros de alambicadas colas, y la arena blanca, brillante, dejando huellas en el tiempo.

El tiempo que siempre nos faltó para alcanzar el paraíso. Ya sabéis, las nubes de algodón, la luna blanca , al fondo una cascada de agua dorada, música de arpa, una larga, pausada, inteligente conversación sobre la utopía en la tierra, y las carcajadas de dios mientras nos escuchaba. Para él éramos una diversión. Nos creó después de abandonarnos.

Estábamos bocarriba, tendidos en la calidez húmeda de la arena, contemplando las palmeras al otro lado de la bahía. Había una barcaza azul, una joven morena buceando, una gaviota como una estatua en la proa conteplándonos desde la distancia, y tú extendías la mano buscándome entre millones de granos de arena.

Fuimos arrojados al azar. Caímos juntos, pero el escaso espacio que nos separaba era un agujero negro y yo no oía tu voz, ni sentía la respiración. Te veía pero estabas a miles de años luz. Eras un misterio con forma humana, pero nunca supe si eras real o si dios jugaba a ser Dios.

Sabes que el mundo no es así, sabes que detrás de la belleza se esconde el lobo, que vivimos en un sueño de expectantes esperas, que la mano siempre está ahí, a un suspiro de tu cuerpo. Pero no hemos sido convocados a ver la luz eterna, tampoco a desconocer el vacío que nos separa y nos hace desdichados.

Fuimos arrojados al azar y caímos de cualquier forma. Una barcaza azul en el horizonte, detrás palmeras y la línea oscura de las cumbres. Solo eso, solo eso y la soledad que habita en el paisaje.

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Es verdad que el pasado se aleja como una cuerda de presos. Una línea rugosa recorriendo el corazón de tu mano. Es verdad  que tu cuerpo es una sombra en la niebla.

Tal vez descubramos ese olor vacío en la azucena junto al mar. Es el tiempo que todo lo borra, la distancia entre la arena seca y el último rumor del oleaje.

Es verdad que el cielo es azul y tu cuerpo dorado – lo supimos nada más respirárte -. Y que los peces contemplan el baile de la posidonia, y que la noche es hermosa si la contemplas desde el escull, el mar a ambos lados.

Yo desconozco todas estas cosas : porqué el tiempo respira y el futuro es un cadáver que espera su velatorio. ¡Tantas verdades nos están veladas!.

Quiero saber qué fue de los presos en la cuerda en la que vivimos, la que nos lleva de tragedia en tragedia con el solo refugio de tu mirada. Ayer los vimos difuminarse en un paisaje sin vida. Hoy el sol brilla donde la vida se perdió sin saberlo, tal era nuestro sino.

Es verdad que hueles a heno y no a carne quemada. La historia es extraña : destruye el futuro del hombre, y deja testigos de su crueldad para que los habitantes de un mundo desconocido sepan de su fortuna y callen por siempre.

Las azucenas junto al mar.

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