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Por Luis Sánchez. Sábado, 24 de noviembre de 2018

Luis Sánchez

Érase una vez… Había una vez… Parece un cuento, ¿verdad? Sí, hubo una época en que bastaba con dar la palabra; a veces, se reforzaba el acto con un apretón de manos o con un abrazo (¡intervenía el cuerpo!), y aquello valía el cielo limpio (¡no tenía precio!), pues con la palabra comprometías el alma. Quedaba todo dicho, todo estaba claro: el pacto —máxima sencillez— no podía romperse, estaba en juego tu credibilidad, lo que eras, lo que significabas colectivamente, y ese empeño lo era todo. Luego, claro, llegó el papel, la letra impresa, la letra pequeña, la letra canalla… Llegó la burocracia, llegó el negocio, llegó la trampa.

Hablo de cuando el ser todavía era ser y no apariencia de ser; de cuando la palabra aún formaba parte del torrente de la vida, de cuando era una constelación y no un elemento separado, de cuando servía para relacionar y no para aislar. Hablo de cuando el tiempo no pasaba de largo, sino que se disolvía en la intensidad del instante. Y de cuando tus problemas eran problemas de todos, porque todos compartíamos el mismo aire, la misma agua, el mismo sol y la misma tierra. Puesto que en soledad soñamos lo que aún no somos y en comunidad alcanzamos la grandeza de ser lo que somos.

Ahora, en cambio, la palabra (oral o escrita) significa bien poco: está devaluada. Ya no vale ni para decir, solo interesa para seducir; no basta con emocionar: ¡hay que vender!

Veamos un jugoso párrafo de Los viejos marineros (1961), del escritor brasileño Jorge Amado (1912-2001):

 “No hace mucho me presentaron en la capital a un muchacho, buen conversador y satisfecho de sí como no vi otro. ‘Doctor en publicidad’, me dijo condescendiente, y ganaba ciento veinte mil cruceiros al mes. ¡Dios Santo! Formado en Sâo Paulo y Nueva York. Me convenció de que es él quien dirige mi vida, mis compras, mis gustos, a través de la ciencia y arte de la publicidad, la maravilla del siglo. La más noble de las actuales profesiones, según me aseguró y demostró, la que está en la base de la producción, del consumo y del progreso del país. La forma más alta de literatura y arte, la última instancia de la poesía: el anuncio, el reclamo comercial. Homero y Goethe, Dante y Byron, Castro Alves y Drumond de Andrade, son insignificancias ante un joven bardo publicitario, especializado en poemas sobre detergentes, pastas dentífricas, frigoríficos, baterías de cocina, toallas de plástico. En la opinión autorizada y categórica del doctor en publicidad, el más alto poema de nuestra época, la obra maestra, el supersúmmum de la genialidad poética, fue escrito por un especialista para incrementar la venta de los ‘Supositorios del Ano Jovial’. Un poema sublime por su inspiración, por su perfecta forma, por la fuerza de la emoción transmitida: la musa moderna había aumentado en un 178% la venta de los beneméritos supositorios”.

Una extraordinaria novela, sin duda, pugna entre ficción (el comandante Vasco Moscoso de Aragón, capitán de altura) y realidad (el viejo Chico Pacheco, exinspector de Consumos), más un narrador (historiador y poeta) que trata de poner orden en los hechos y encontrar la verdad; páginas rellenas de celos, envidias, rivalidades, exhibición de títulos académicos, juergas inolvidables, traiciones amorosas, sueños, frustraciones, humor, alegría de vivir, denuncia, sabroso puterío fino y hasta de justicia poética, que rinden tributo a los mejores personajes de la literatura universal: Don Quijote y Sherezade, entre otros.

Recordemos que es la literatura, por su vocación integradora, la que mejor da cuenta de la complejidad del alma humana (grandeza, miserias y contradicciones).

El placer de contar, de inventar, de fabular, para salir de la monotonía y del aburrimiento, para ser más (ampliar el horizonte) y para ser mejor (más comprensivo).

El papel de la ficción literaria para nutrir de aventuras la imaginación (que es vía de conocimiento) y, también, ¡ojo!, para poner en entredicho a la verdad, a esa verdad que se presenta con todos los honores como única y exclusiva (pensamiento unidireccional), y que, como una tirana, elimina cualquier atisbo de sospecha o de duda, porque cuando no existe posibilidad de duda, sólo resta la firme adhesión a la versión oficial.

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