Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 98
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Son jóvenes

Por Luis Sánchez. Viernes, 26 de octubre de 2018

Luis Sánchez

Cuento de memoria, conque es posible que cometa algún desliz. En la magnífica película británica La selva esmeralda (1985), de John Boorman, supuestamente basada en hechos reales, Tommy, un niño blanco que vive con una tribu amazónica, anda enjugascado con una chica del poblado, y las mujeres pronto se percatan de que ha dejado de ser un niño. Así que el jefe de la tribu le asigna una importante misión: ha de localizar un tramo del río y traer determinadas piedras; con ellas consiguen el pigmento verde que les permite pintarse las caras y pasar desapercibidos entre el abundante follaje de la selva (un camuflaje perfecto); de hecho, son conocidos como “los invisibles”. El encargo no está exento de riesgos ni de peligros. Cuando Tommy, por fin, regresa con las pequeñas piedras, la tribu manifiesta su júbilo con una fiesta de celebración (una ceremonia). Y, a partir de ese momento, Tommy, que de un plumazo ha dejado de ser niño para convertirse en adulto, dormirá con los hombres y compartirá con estos sus pensamientos y actividades.

Un rito de paso (o de transición): muere el niño y nace el adulto. Lo importante aquí es asumir con orgullo el cometido; lo que significa superar el miedo, cuidar de sí mismo y valerse de las propias fuerzas para realizar una acción necesaria para la comunidad, o sea, abrirse al mundo. Educación para la vida; pero educación de la buena.

Tal vez debiéramos extraer alguna lección de esas sociedades primitivas y no consentir tanto a nuestros adorados hijos ni prolongar interesadamente una etapa de la vida que nuestra consumista sociedad torna engorrosa y complicada (¡la edad del pavo!). Una pena: los ritos han desaparecido de nuestro tecnificado mundo moderno.

Leyendo Las pequeñas memorias (2006), del portugués José Saramago, un clásico, es decir, un escritor que sostiene con el aliento el ritmo pausado de las oraciones para que te dé tiempo a respirar con la piel, sin tropiezos y en voz alta, nos llama la atención un numinoso fragmento (el autor tenía unos quince años, declara):

“Antes del lugar en que tenía que abandonar la carretera para cortar campo a través, el camino estrecho por donde iba pareció terminar de repente, esconderse detrás de una cerca alta, y me mostró, como impidiéndome el paso, un árbol aislado, alto, oscurísimo en el primer momento contra la transparencia nocturna del cielo. De súbito, sopló una brisa rápida. Zarandeó los tallos tiernos de las hierbas, hizo estremecer las navajas verdes de los cañaverales y ondular las aguas pardas de un charco. Como una onda, soalzó las ramas extendidas del árbol, le subió por los troncos murmurando, y entonces, de golpe, las hojas volvieron hacia la luna la cara escondida y el haya entera (era un haya) se cubrió de blanco hasta la rama más alta. Fue un instante, nada más que un instante, pero su recuerdo durará lo que mi vida tenga que durar. No había tiranosaurios, marcianos o dragones mecánicos, es cierto que un aerolito cruzó el cielo (no cuesta creer que sí), pero la humanidad, como luego pudo comprobarse, no estuvo en peligro. Después de mucho caminar, todavía el amanecer venía lejos, me encontré en medio del campo con una choza hecha de paja y ramajes, y dentro un trozo de pan de maíz rancio con el que pude engañar el hambre. Allí dormí. Cuando me desperté, con la primera claridad de la mañana, y salí, restregándome los ojos, a la neblina luminosa que apenas dejaba ver los campos de alrededor, sentí dentro de mí, si bien lo recuerdo, si no lo estoy inventando ahora, que había, finalmente, acabado de nacer. Ya era hora”. Otro ejemplo de rito de paso (éste, claro, en la Europa civilizada).

En la soledad de la noche, tras vencer al temor, gozas de la inmensidad del silencio. Y tu sueño confías a la belleza.

Ahora, volvamos a la realidad de la selva: las tribus indígenas del Amazonas se están organizando para evitar el expolio de sus tierras a manos de los Bolsonaro y Compañía.

Y, por cierto, en la película citada antes, hay una escena en la que el padre biológico de Tommy (que ha llegado hasta el poblado de “los invisibles” para rescatar a su hijo) le dice al jefe de la tribu: Haz que vuelva, para que vea a su madre y, después, que decida, a lo que el jefe responde: Si le obligara a hacer lo que no quiere, dejaría de ser el jefe.

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