Antonio Jorge Meroño, Número 98
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No volveré a ser joven

Por Antonio J. Meroño. Sábado, 13 de octubre de 2018

Antonio J. Meroño

Hace justo treinta años de aquel verano, el último de mi juventud como te dije antes de partir a mi peregrinación. Volvías a Inglaterra, adonde yo no tuve el valor de seguirte. Me quedé aquí, como inane periodista de provincias, sabiendo de tus triunfos y tu felicidad, reputada musicóloga, traductora de poesía romántica inglesa, editora más tarde del Teatro Real, autora de libros sobre el belcantismo, madre y esposa. Nos amamos en Gil de Biedma y Cernuda al calor de los tés nocturnos en las noches de cine-club y pasión. “No, no es el mío este tiempo, y aunque tan mío sea ese latir de pájaros…”

Tus labios me herían, tu saliva me daba la vida, tu sonrisa era todo el alimento que necesitaba. Nueve meses, los de nuestro primer curso universitario, ahí comenzó y terminó mi vida.

Eran años de eclosión cultural, las Memorias de Adriano, Pessoa, Kavafis… aunque eso nos interesaba, creamos nuestro propio mundo autista, nos amábamos entre ducados y cafés con brandy. Fuimos Byron y Lady Caroline Lam: “Ah, did that breast with ardour glow/With me alone it joy could know/Or feel with me the listless love/Wichk racks muy heart when far from you../” Justo cuando mi corazón está lejos de ti, como leía continuamente en ese volumen de los Penguin Books que compré durante aquella mítica escapada de semana santa a Londres. Ya se veía venir el final, todo termina demasiado pronto, la felicidad no existe, siempre perdemos todo y a todos.

Tras volver de Londres nuestra pasión alcanzó su clímax,  hacíamos el amor hasta tres veces al día. Yo abandoné las clases, sólo me presenté a una asignatura. Una tarde de lluvia pre veraniega me llegaste con la noticia de la propuesta para irte a Oxford. No podía seguirte, mamá estaba enferma y tenía por cojones que quedarme aquí. Fuimos a cenar a esa pizzería anexa a la Facultad que tanto te gustaba, luego a un concierto de jazz. Me emborraché, me arrastraste a mi piso. Desperté a la tarde siguiente y me encontré tu nota. Terminabas con ese terrible verso de Rilke: “Siempre nos estamos despidiendo…” La guardo, guardo todo lo tuyo, en carpetas, en mi corazón, en mi cerebro. Haberte conocido es lo único bueno que me ha pasado en la vida.

Me arden los dedos siempre que abro un volumen de Cernuda, Pessoa, Aleixandre, Lorca, son los mismos que leía contigo, los que compré cuando hacía COU en el Instituto. Fue entonces cuando María Luisa nos pasó los sonetos del amor oscuro que había publicado por entonces el cultural del ABC por primera vez en España, era un libro prohibido y maldito “par excellence”. Las clases tocaban a su fin, aprobé sólo esa a la que me presenté y por los pelos, tú en cambio saliste súper bien parada, como siempre. Aún nos vimos dos o tres veces en la cantina, apenas nos hablamos. Yo llevaba una bufanda, vaqueros rotos y sudadera, bebía bastante. Decidí dejarlo todo e ir a casa de mamá a cuidarla, a hacerle calditos y paellas y macarrones, intentaba olvidarte, en eso ha consistido mi vida desde entonces, sin ningún éxito. Me disponía a mi peregrinación a la gruta de Fingall: perderme del mundo en una cala abandonada.  Mi suerte estaba echada.

Entre tanto llegó el mes de julio y con él un calor atroz. Papá y mamá no fueron a la playa, ella se encontraba con sus sempiternos trastornos psíquicos, casi todo el día metida en la cama. Yo me ocupaba de todo, eso me hacía sentirme útil tras haber perdido el curso y me ayudada a olvidar. Planeé el viaje, la abuela se ocuparía de mamá. Salía todas las noches, al cine de verano. Luego tomaba un par de copas, solo, no tenía ganas de ver a nadie. El 8 de agosto me subí a un autobús de Alsina Graells con dirección al cabo de Gata. Llevaba un gran plano, entonces no había otra forma de orientarse. Al bajar pasé por un bar cutre donde tomé varios cafés con leche y compré más tabaco. Luego fui a un colmado donde me hice con latas de magra y fabada, queso, pan bimbo, cervezas, coca colas .Se me estaba haciendo de noche, pero sabía adónde me dirigía, a mi gruta de Fingall.

Ya de  madrugada alcancé la cala abandonada que me había indicado un amigo que conoce bien la zona. Bebí una cerveza, fumé varios cigarrillos y sintonicé radio dos. Sonaba una reposición nocturna, Bach. Hacía fresquito. Abrí el saco y me tumbé sobre él, no tardé en quedarme dormido con la radio encendida, costumbre que no he abandonado. Me despertó temprano el sol e hice mis necesidades en el mar, como iba a ser en adelante. Tomé una coca cola y un donut. Todo esto lo sé porque me llevé un par de libretas donde lo anoté todo y escribí enfebrecidos poemas de desamor, “Mejor si tus recuerdos se van contigo/y dejo reposar mi soledad con tus traiciones…” todo muy autocompasivo y en tono de reproche. Estabas ya en Oxford, donde te doctorarías con brillantez y donde te casarías. Las dos semanas transcurrieron igual, comer, fumar, escribir, escuchar la radio, normalmente radio dos y al loco de la colina. Sólo tuve compañía un par de veces, gente que no me dirigió la palabra y que me miraba como a un homeless alucinado, lo que sin duda era, sobre todo lo segundo. Leí a Sylvia Plath, “Tu corazón me hiere / como el mundo hiere a Dios”. Intentaba poner mis asuntos en orden, había que volver a la normalidad, la rutina,  pues pensaba retomar los estudios en octubre y tomármelos en serio. Quería escribir, lo que hago, normalmente en la prensa local, soy un respetado crítico teatral de provincias en una formidable y alimenticia forma de Aurea Mediocritas.

Papá y mamá viven, él es ya un viejo achacoso y ella está mucho mejor de sus padecimientos, la medicación del siglo XXI obra milagros. La madrugada del 18 de agosto se cumplían cincuenta años del asesinato de Federico. Por la tarde leí despacio los  sonetos y hasta le dediqué una elegía. El loco de la colina le dedicó su programa: No me afeité, no me había llevado cuchillas, tenía un aspecto innoble y decidí volver, temía por mi salud mental. Subí al pueblo, en el mismo bar almorcé con un hambre de caballo mientras esperaba al autobús. Al llegar a casa había carta tuya en la que me explicabas muchas cosas que ya no me dolieron tanto,  mi retiro había surtido efecto. Han pasado treinta años, no he vuelto a tener una relación estable. Te sigo echando de menos, sé feliz por mí.

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