Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Flor y nata

Por Luis Sánchez. Jueves, 11 de octubre de 2018

Luis Sánchez

–¡Animal, más que animal! –gritó un hombre al conductor de un vehículo que casi lo atropella en un paso de cebra.

¿Y qué culpa tienen los animales de los desvaríos y excesos que cometen los humanos!

La conocida multinacional japonesa Sony, en su sección de robótica doméstica, está empeñada en introducir en el mercado una mascota-robot con fines sociales: sobre todo, niños, ancianos y enfermos se beneficiarían de su compañía (eso afirman). Y mientras tanto, muchos animales (¡seres vivos!) son maltratados, desatendidos o abandonados. ¡Ah!, pero esto último no genera negocio. Decía el Roto, en uno de sus magistrales dibujos satíricos, algo así como que sólo es científico aquello que produce beneficios.

El hombre –ese ser que se autoproclama superior– mira con desprecio a los animales (los considera, naturalmente, seres inferiores); por eso alza la mirada al cielo en busca de un dios (la Ley) que lo reafirme como “ser superior”, al tiempo que inventa sofisticadas máquinas que lo alejen de su condición animal.

Una tupida y compleja red de algoritmos se apodera del alma. ¡Milagro tecnológico! ¡Dios, envasado al vacío! Sin embargo, acumulas datos y más datos para nada, pues el exceso de información jamás te revelará tu verdadera identidad y, como consecuencia, nunca te permitirá cumplir tu destino. Y si no sabes quién eres, entonces, ¿en qué te has convertido: en animal o en máquina? Recuerda: el mejor tótem, un animal vivo (eso o Walt Disney).

En cualquier caso, basta con oler la ropa interior de cualquier humano para percatarse de que seguimos siendo animales (el excesivo uso de desodorantes y desudorantes es una modesta muestra de ello).

Y, ahora, dos brevísimos pero jugosos fragmentos de la novela Plexus (1963), segundo volumen de La crucifixión rosada, trilogía de Henry Miller (1890-1980):

 “Pero, ¿y si en lugar de un robot más maravilloso, nos encontráramos ante un ser humano auténtico cuyos atributos fueran tan incomparablemente superiores a los nuestros, que se pareciese a un dios?”.

Un par de páginas después, y en la misma atmósfera espesa de alcohol y tabaco de una taberna clandestina…

“Como dijo Lawrence en su lecho de muerte: ‘Para el hombre el gran prodigio es estar vivo. Para el hombre, como para la flor, el animal o el ave, el supremo triunfo es estar lo más vívida, lo más perfectamente vivo…’. En este sentido Picodiribibi [un portentoso robot] nunca estuvo vivo. Volvámonos plenamente vivos, eso es lo que he estado intentando decir”.

(Por cierto, para aquellas personas que quieran recorrer el camino que va del escribidor al escritor, el relato de Miller resulta muy recomendable: curiosidad, bohemia, vitalismo, empeño, coraje, humor, amor por las palabras, fuerza interior, búsqueda de uno mismo…)

Cuando era universitario (años 70 del siglo pasado), aún existía la URSS, la Europa del Este, y en la del Oeste, la socialdemocracia, el Partido Comunista y el auge del Estado de bienestar; en aquella época oía, de la misma boca de los defensores de la “sociedad de consumo”, la dulce expresión “sociedad del ocio”, ese mundo feliz hacia el cual nos encaminábamos y, que gracias a los avances tecnológicos, nos permitiría trabajar poco y pasar gran parte del día disfrutando del tiempo libre.

¡Y vaya si acertaron! Como que trabajo hay poco y mal remunerado (¡esas máquinas sudan para el patrón!) y en cuanto a tiempo libre, disponemos de todo el que queremos; pero no para disfrutarlo alegremente, sino para intentar meter cabeza “en lo que sea” y ganar algo de dinero. La decadencia de Occidente ya es global: “un globo, dos globos, tres globos…”.

Una de las aportaciones literarias de Edgar Allan Poe fue señalar que el mal (envidia, rencor, venganza, codicia, usura) no anidaba fuera (íncubos, súcubos, demonios, fantasmas), sino dentro del mismo hombre. A la fiera que todos llevamos dentro hay que aprender a manejarla, para evitar que se apodere de nosotros; hay que mantenerla a raya, porque su sobrepeso es nefasto para la parte más humana, que es la esencia de nuestra persona.

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