Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Palabra en carne viva

Por Luis Sánchez. Lunes, 10 de septiembre de 2018

Luis Sánchez

Pintura mural: el hombre se disfraza para la guerra; la mujer se acicala para el amor.

(De fondo suena el bolero Puro teatro, interpretado por La Lupe.)

MUJER JOVEN (abrumada). ¿Y dónde están los hombres cuando de verdad los necesitas, sea en el nacimiento, en la muerte o en la enfermedad?

HOMBRE MAYOR (con una leve sonrisa). Están escapando…

MUJER JOVEN (descompuesta). ¿Escapando?… ¿Y de qué escapan?

HOMBRE MAYOR (comprensivo). De sí mismos. O mejor aún, ¡de la nada!

(Baja la luz hasta oscurecer.)

Los orígenes. Uno. El hombre alza la mirada al cielo; la mujer mira a su alrededor. El hombre crea dioses; la mujer crea vida. El hombre adora a un ser superior (el Padre); la mujer adora a un ser indefenso (el Hijo). Y será el patriarcado el que arrebatará el hijo a la madre (sacrificio). Recordad, amadísimos beatos de mano en el pecho, que no hay más milagro que la aceptación del otro, pues el prójimo soy yo mismo cuando me miro en el espejo.

Dos. A la mujer –misterio de cuerpo pleno– le basta creer en la Madre Tierra, que es fértil y proporciona todo lo necesario para ella y para el resto de la tribu; pero para el hombre eso no es suficiente, el hombre anhela ir más allá de los límites del cuerpo (una cárcel), el hombre necesita creer en un Dios que no puede ver ni tocar pero al que le debe obediencia ciega (por él debe someter y someterse), el hombre necesita fundar una moral, una religión, un código de leyes, una patria, un Estado… El hombre necesita un sistema productivo que lo ponga a salvo de sí mismo (de sus temores) mientras descuida lo más importante: el abrigo de la vida, que es sagrado. Si la vida va con la mujer, el mundo pertenece por entero al hombre. Así es y así debe ser por ley divina (que no por amor, que es lo que civiliza).

Siglo XX. Uno. En una de sus múltiples reflexiones sobre la condición humana, el escritor y ensayista argentino Ernesto Sábato (1911-2011) nos dice que, terminado el acto amoroso, la mujer tiene ante sí al bebé (se proyecta en él); pero el hombre sólo tiene la nada. Ya lo decían los antiguos latinos (en clara alusión al varón): Post coitum omne animal triste est. Bien pensado, ¿qué le queda al hombre después de haberse derramado?, a lo sumo, el humo de un cigarrillo, y ya sabemos que todas las caladas matan, pero la última es definitiva. Y, a propósito, cuando eyaculas, ¿expulsas el demonio?, ¿vacías las esencias?, ¿depositas la semilla? o ¿entregas el alma? La pornografía es obscena, entre otras razones, porque es eminentemente productiva (en vez de recreativa): litros de semen espumoso dividido por toneladas de carne a la brasa. Y, ahora, a leer El ser y la nada, de Sartre.

Dos. Un matrimonio feliz que se niega a tener hijos, entre otras razones, por temor a una posible guerra nuclear conoce a una joven solitaria y enigmática que está embarazada de seis meses; a partir de entonces se establece una relación íntima muy especial entre los tres. Este es el argumento de El futuro es mujer (1984), película dirigida por el grandísimo ateo Marco Ferreri e interpretada por dos extraordinarias actrices: Ornella Muti y Hanna Schygulla. Conviene no olvidar la filmografía del director italiano: La gran comilona (1973), Ordinaria locura (1981), Historia de Piera (1983) y un largo y sabroso etcétera.

Siglo XXI. Cine, cine, cine, más cine, por favor, que cantaba Luis Eduardo Aute. En la magnífica película Venus (2006), de Roger Michell, Maurice (un viejo actor, encarnado por Peter O’Toole) le confiesa a Jessie (una joven perdida y sin rumbo, interpretada por Jodie Whittaker) algo así como que la belleza para el hombre es el cuerpo desnudo de una mujer; en cambio, para la mujer es la presencia de su hijo recién nacido. De hecho –y así lo confirma la experiencia–, si en un parto complicado, el hombre debe escoger entre la vida de la esposa o la del bebé, escogerá la salvación de la esposa. Y si, pongamos por caso, ha ocurrido un grave accidente y es la esposa la que debe decidir, preferirá salvar la vida del hijo antes que la del esposo.

La nada es masculino; el vacío, femenino. Hombres y mujeres, cuánto recelo provocamos y qué poco nos conocemos. Tan cerca y tan lejos gravita nuestra piel desnuda.

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