Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 98, Opinión
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Neuronas de mercado

Por Luis Sánchez. Viernes, 28 de septiembre de 2018

Luis Sánchez

Entras en una gran superficie comercial y, seas quien seas, automáticamente, te conviertes en un simple y llano consumidor, ¡magia potagia! Miras, compras y te vas. Por unos minutos, has dejado de ser quien eras para pasar a ser el sostén de una tarjeta de crédito, el portador de dinero de plástico, en un mundo atiborrado de envases y productos también de plástico.

Entras en las redes sociales y, seas quien seas, automáticamente, te conviertes en un usuario más: consumes una miscelánea de contenidos; pero también los generas (el triunfo de un yo inflado), y como productor quieres que tu mensaje llegue lo más lejos posible, así que, casi sin darte cuenta, te conviertes en vendedor de tu producto (el triunfo de la economía de mercado), y da igual el documento que expongas: un poema amoroso de Mario Benedetti; unas berenjenas rellenas, con un toque de cosecha propia; un selfi de ultratumba –¡Dios, si existes, muéstrate en mi pantalla!–; un paisaje infantiloide e irreal con frasecita cursi de postre o la noticia de un escándalo político de dimensiones mitológicas; todo sabe a lo mismo: a frívola novedad masificada, porque el medio de comunicación actúa como una apisonadora: quita relieve, quita profundidad, quita matices, de modo que todo pasa, nada queda (el triunfo de la inmediatez y de lo efímero).

La competencia comunicativa es abrumadora. “¡Hagan juego, señores, que es único y adictivo!”. Y, hale, todo el mundo, amparándose en el libre derecho de decir, puja por superar la demostración ajena de insolencia, desafío, vanidad, estupidez o ignorancia. Y si en el mensaje prima la imagen (colorido vivo) sobre la palabra (pensamiento), mejor que mejor; lo que representa –llevemos las cosas al extremo– la infantil victoria del tebeo (diversión) sobre el libro (aburrimiento). Se busca antes la cómoda simplificación que el esfuerzo de la reflexión.

Recordemos, cómo no, que sin palabra no hay hilo (de conversación) que nos saque del laberinto (el hilo que junta, relaciona y da sentido). Ni café ni tertulia; en las redes sociales lo que priva es la autocomplacencia y el márquetin. Pero… ¿hay alguien que escuche!

El ágora, lugar público de encuentro y búsqueda, convertido en un inabarcable bazar: todos rivalizando por un espacio de visibilidad (¡si no enseñas la colita, no existes!), cuando lo bien cierto es que la soledad es la única que te dará la respuesta que necesitas (en soledad y en sosiego habla la voz interior). Pero… ¿quién busca respuestas!

En las redes sociales no necesitas ser, con estar ahí es suficiente; no precisas un rostro auténtico, basta con un perfil imaginario, con una apariencia de ser, con un fantasma vivaracho, con un andoba que cuele… en el bullicioso escaparate globalizado.

La incesante acción –¡que no pare la máquina!– y pasar de unas cosas a otras resulta más entretenido que detenerse a analizar por qué las cosas son así y no de otro modo. Cuando todos pugnan por un destello de luz, la verdad se apaga.

Lo banal y lo anecdótico te van cubriendo la piel de escamas mientras te dejas llevar por esa fragmentación de un mundo virtual que se dispersa en tu interior. Ni siquiera te ha dado tiempo a sospechar que has sido abducido por seres extraterrestres, por seres que viven en otros mundos (zonas residenciales, villas, mansiones, palacetes, paraísos fiscales…) y que desarrollan un tipo de saber (ciencia y tecnología), ese y no otro, que les permite conservar sus privilegios.

La gran conquista del neoliberalismo consiste en haber convertido al ciudadano en una unidad comercial competitiva y, encima, haber conseguido que renuncie a su privacidad (externalización de la intimidad), compartiendo aficiones, gustos, preferencias, emociones, hábitos y un largo etcétera en las redes sociales (que gozan de un poder desorbitado, están en manos privadas, les falta transparencia y son muy escurridizas) de forma gratuita y con sonrisa complaciente. Cada individuo apantallado en su mundo y Dios en el de todos. ¡Sí, un negocio con atributos divinos!

¿Y tú, mercantilizas o humanizas?, ¿cueces o te enriqueces?

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1 Kommentare

  1. La frase final me encanta, en un mundo como el que acabas de describir, que la frase final suene a otra usada en publicidad me parece un gran acierto y una ironía sutil.

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