Francisco Saura, Número 98, Opinión
Deje un comentario

Me dices

Por Francisco Saura. Sábado, 29 de septiembre de 2018

@pacosaura2

Hola, me dices. Creo que somos pájaros en la madrugada. El laurel negro y el haz difuso de la linterna. Nos buscan, sí. La luz artificial en tus ojos negros, la frialdad, nos buscan. No se como entender esta persecución. Hasta ayer vivíamos en la hamaca, mirando el cielo y las nubes en estratos, la bandada de pájaros zigzagueando. ¿A qué olía aquella planta?, ¿era alábega?, ¿y aquel rincón húmedo?, ¿y el hocico del erizo?.

Hola, te digo. Nos han desplumado, ya no podemos volar. La mano aparta las hojas y proyecta la luz de la linterna sobre los huecos del ramaje. Es verano, tal vez once de agosto. La noche anterior sonaron los cañones a lo lejos. Los muros de un pueblo recortado sobre el abismo caían sobre las aguas negras del río. Entonces sí pudimos escapar. El mundo era inmenso, las estrellas brillaban sin inmutarse ante el estruendo de los cañones. Te cogí de la mano y, en el momento que el último retazo de muralla se hundió en el estrépito del río, levantamos el vuelo, superamos los picos de los montes cercanos, vimos los valles detrás y a aquel santo hablándole a las águilas.

Hola, me dices. Cógeme la mano. Es suave, blanca, los dedos largos, las uñas perladas. La luz ciega. Las ramas del laurel son quebradizas. Nos buscan. Tuvimos que escondernos. Cuando entraron en el pueblo ejecutaron al primero que salió a la calle. Había levantado los brazos, me rindo, se había arrodillado ante un soldado de barba rojiza, quiso besar sus zapatos y en esa posición recibió un balazo en la nuca. El agua negra retenida en la presa construida con los sillares de la muralla. Dicen que era del siglo X, que la base se remontaba a los romanos. Ahora está en el fondo de las aguas negras, pronto el verdor cubrirá su superficie.

Hola, te digo. La mano hurga entre las ramas. Las aparta, algunas hacen crack. Entra la luz entre los dedos. Me besas, piensas que ya no nos queda tiempo, que caeremos en el pozo del olvido. Primero tú, siempre has creído demasiado en mis posibilidades, luego yo. Tu cuerpo sobre el mío, tus ojos vacíos sobre mis labios amoratados. Pero eso será cuando la mano llegue al final, aparte las últimas hojas de laurel y la luz nos ciegue y nos empuje a ese largo y brumoso túnel donde brilla la impaciencia.

El valle es más ancho que largo. Es extraño, ¿no?. Pero en medio se levanta el granito y más arriba las paredes blancas del pueblo horadadas por ventanas de las que cuelgan flores en maceteros. El río de aguas negras describe un meandro y los álamos crecen en ambas orillas. Allí vivimos hasta que los cañones precedieron a la soldadesca y ahora nos buscan oliendo el laurel en la madrugada. Pero tú sabes que al alba cruzaremos el río, caminaremos entre los chopos y veremos al santo hablando a los gorriones. ¡Qué estúpidos son!, ¡qué estúpidos fuimos!.

Hola, me dices. Sígueme por ese sendero. La hierba está demasiado alta, hace tiempo que nadie ha pasado por ahí. ¿Es seguro el camino?, ¿no nos llevará a la lobera?. La cúpula arbórea no deja pasar el sol, moriremos de tristeza y de frío.

Hola, te digo. La luz de la linterna ilumina nuestros cuerpos. Estamos muertos ahora que el Universo se ha vuelto blanco. Un perceptible temblor agita las hojas. Me abrazas, me besas, me susurras un adiós en el oído. Yo te miro y veo en tus ojos todo lo que hemos vivido. El patio, la sombra del castaño, el alborozo de los cañones, la desbandada de los pájaros, nuestros cuerpos flotando bocabajo en las aguas negras, el susurro del viento entre los álamos, tus palabras desde el otro lado del corazón.

Hola, me dices.

Hola, te digo.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *