Antonio Jorge Meroño, Número 98
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Dubliners

Por Antonio J. Meroño. Sábado, 15 de septiembre de 2018

Antonio J. Meroño

Ejercer el vampirismo ha sido una constante en mi vida, quizá de ahí mi temprano amor por las películas de terror, que veía de muy niño con mis hermanos en La Unión al poco de morir Franco, supongo que al albur de la apertura, pues había sexo y sangre en abundancia, eran las coproducciones de La Hammer.

Recuerdo miedo muy pronto, ir de noche, más bien de madrugada, a mirar dormir a mis hermanos, pensando en una pronta muerte de todos, angustiado, con taquicardia. Les chupaba la sangre. Luego comía lo que cocinaban las mujeres de la familia y contigo, sorbiendo tus experiencias, tus conocimientos, lo que supongo me permite en mi vida adulta sobrevivir y tener equilibrio. Pero, contra lo que pudiera parecer, nunca he dejado el cuerpo muerto sino, muy al contrario, vivo instalado desde siempre en bastantes rigideces; me esfuerzo de manera sobrehumana en lo que me gusta y, algo menos, en lo que detesto y debo decir que no me entusiasma la gente pusilánime por mucho que esté rodeado de ella y nos conllevemos.

Además, vivo de noche, como la criatura de Bram Stoker y me crezco sobre los demás, cuando voy a terapia o leo o estoy en una reunión social o en el cine o en un concierto, todo lo absorbo como una esponja y me apropio de lo ajeno para alimento propio; pero, ¿no hacemos esos todos? ¿no nos erigimos sobre los que ya no están, no ocupamos el lugar de otros, vivos o muertos para señorear la tierra, no tiene que haber hambre en África para que los occidentales tengamos de todo? Para que uno viva bien ha de explotar a los demás, en eso se basa cualquier sociedad, cualquier sistema. This is a consumation. I should be glad of another death.

Acabo de ver Duelo silencioso de Kurosawa, puro arte y ensayo, como en mi adolescencia en el cine club de la Facultad, donde vi Rashomon y el Perro rabioso. Tú aún vivías, aunque te quedaban sólo un par de años de estar entre los vivos, o unos meses según transcurría el tiempo. Para todos pasa y a todos nos espera el mismo final, la muerte es muy democrática. Pero los muertos abonáis nuestra memoria, las familias se alimentan de los recuerdos de los que se han  ido y no sólo en Nochebuena; estáis en todas partes, una vajilla heredada, la forma de cocinar, un sofá, un gesto, las miradas. En este país hay muchos cadáveres de gente que luchó en tu bando dispersos por las cunetas y si lo dices buscas revancha o eres un pelma, un nostálgico, un trasnochado. Los vencedores enterraron con honores a los suyos, se hizo incluso una ley de amnistía pro domo sua para ellos, digan lo que digan, pero muchos queremos dejar testimonio de los que luchasteis por un país mejor sin mensajes ni revanchismos, simplemente por el respeto que merecen los que ya no están con nosotros y eran buenos y justos y no hay por qué enterrar la memoria de un pasado que está ahí y debería guiarnos, como nos guiasteis durante los setenta y los ochenta,  ayudando a llevar por fin el país por la senda de la paz y la libertad. Hoy en muchos hogares la gente duerme con las fotos de sus padres, víctimas de la represión y la miseria moral de la posguerra en la mesita de noche y la familia se sienta a comer los domingos y el recuerdo sobrevuela todo el rato, quizá hasta se coma con esa vajilla comprada en los cuarenta a algún buhonero, en algún baratillo, traída incluso de Francia o el Norte de África, sí, el exilio, aunque hoy dé no sé qué cosa decirlo, como si nos diera vergüenza haber perdido pero tener razón.

La madre habla a los hijos y nietos de sus recuerdos, de la bondad de los abuelos, y se emociona y llora. Esas presencias son muy fuertes y en muchos casos marcan el rumbo de todos. Los muertos marcan el camino a seguir, se aparecen en los sueños, muchas veces tenemos la sensación de que nos protegen, nos guían. Entre Teruel y yo hay un cordón umbilical que no quiero cortar. Y esta noche, mientras la gente duerma, yo veré una peli de Kurosawa y me acordaré de ti, de nuevo.

Por alguna parte, en casa de L tengo el Quijote que me regalaste. Cátedra, Letras Hispánicas, tapas negras, anotado por John Jay Allen. Lo he leído un par de veces, la primera durante una larga estancia en Inglaterra, cuando tú ya no estabas entre nosotros. Dejaste una familia disfuncional, pero, ¿cuál no lo es?, llena de extravagancias, originalidades, pero buenas personas. Mientras tú y ella vivíais hicisteis de argamasa, hoy me toca a mí ejercer ese papel. Me gustaría ver el monte Dersa, creo que hoy hay edificios recientes. Vi vuestro chalet, a sus pies, abajo. Mamá se acercó a la verja de entrada y se echó a llorar. No pasa día en que no os eche de menos y todas las Nochebuenas llora al nombraros. Ahora la muerte parece haberse desacralizado un tanto, incluso en un país tan católico como este. Acudo a velatorios de padres y madres de amistades de toda la vida y están muy enteros todos, nadie o casi nadie llora, son normalmente personas de ochenta y muchos años y la vida sigue, hay que trabajar, pagar facturas, colegios, universidad. Nosotros somos demasiado temperamentales, exagerados incluso. Pero eso no quita para que nada ni nadie, por supuesto no yo, pueda llenar vuestro vacío. No he vuelto a releer ese Quijote, me compré otro el año del centenario, barato pero mejor, papel biblia, letra grande. Nadie lo lee ya, al menos en la tierra de don Miguel, no como en aquellos lejanos ochenta, cuando no pasaba semana sin que me trajeras algún libro. “Eres un intelectual”, me espetaste en uno de tus últimos momentos de lucidez, como un “No quiero verte triste”. En el 87 fuimos a Ceuta a la boda, a Tetuán luego, donde unos niños harapientos nos fueron rodeando, a nosotros, varios adultos, y nos terminaron por atracar y quedamos con unos miles de pesetas de menos y mucho miedo. Nos alojamos en un hotel grande, lujoso. Quiero volver al monte Dersa antes de morir, quizá cuando acabe de escribir esto.

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