Número 98, Opinión, Óscar González
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Cuatrocientas amenazas de muerte

Por Óscar González. Viernes, 7 de septiembre de 2018

@Morgoski

Roberto Bodegas hizo un monólogo. En él utilizaba una serie de tópicos y lugares comunes sobre el pueblo gitano. Fue hace años, ni puñetera idea de cuántos. No es relevante, salvo quizá como indicativo de hasta qué punto se ha estupidizado la sociedad española o, al menos, una parte de ella. Que hayan tenido que pasar años antes de que los chistes de mi paisano generen tan amarga polémica es una prueba casi irrefutable de ello.

Podría lanzarme a defender a Bodegas y a señalar las contradicciones en el propio discurso de los que lo atacan, pero esto ya lo han hecho personas mucho más versadas en la materia (e infinitamente más graciosas) como el iconoclasta Ignatius Farray. En su lugar, voy a intentar hacer una explicación más o menos constructiva de lo que, a mi modo de ver, falla en toda esta historia.

Hay una tesis pseudo – marxista sobre el humor que, en líneas generales, comparto: el humor puede ser una herramienta para ridiculizar y hacer visibles la desigualdad o el privilegio (y esto es bien) o para descojonarnos de aquellos más desfavorecidos o marginalizados (y esto, por extensión, es mal). Quevedo pidiendo a la reina que escoja entre el clavel y la rosa no es lo mismo que el Duque de Mantua humillando al deforme Rigoletto. Es cierto que hay dos tipos de humor: el que saca los colores al poderoso o al privilegiado y el que abunda en la propia desigualdad. No es menos cierto tampoco que hay más tipos.

En ocasiones, no obstante, las líneas no están claras. Existe un lugar común en narrativa que se conoce como pez fuera del agua. Consiste en poner a un personaje fuera de su entorno habitual y dejarlo interactuar en ese lugar o ambiente que le es ajeno. Es, por ejemplo, la base de la película francesa Los Visitantes, pero también de las más castizas La ciudad no es para mí o Vente a Alemania, Pepe. En estas obras, el humor nace precisamente de la situación creada, de sacar a los protagonistas de sus zonas de confort y lanzarlos a un mundo que desconocen y les resulta extraño y hostil. De esa ajenidad, del enredo, nace precisamente el humor. Un humor que hoy nos resulta rancio y casposo, pero que seguimos etiquetando como comedia.

¿Y por qué esto es así? Bueno, hay múltiples motivos, desde que somos capaces de entender que una creación artística tiene valor per se al margen de la ideología o comportamientos de su autor, hasta el elemento clave, y no siempre evidente, del contexto.

Todos los que rondamos los cuarenta crecimos contando y escuchando chistes de Irene Villa, Ortega Lara o incluso de Miguel Ángel Blanco. Eran negros como el pecado y salvajes como un ejército de orcos. “Mal gusto” se queda bastante corto para definirlos y, sin embargo, me apuesto lo que quieran a que cualquier persona de más de treinta años sabe contarles alguno. ¿Por qué? ¿Nos encontramos ante una generación especialmente perversa? ¿Unos valores éticos difusos? ¿Una pandilla de hijoputas redomados?

En realidad, la explicación que me parece más coherente es otra distinta: nunca nos reímos de Irene Villa ni de Ortega Lara (no hasta que se metió en VOX). Lo que nos hacía reír era la transgresión de la norma, el romper con la actitud de empatía y respeto casi reverencial que se esperaba hacia la víctima. Como la norma cultural dice que no se hacen bromas sobre desfavorecidos, la ruptura de esa norma provoca una reacción de sorpresa en los receptores que, gracias al contexto (explícito en el caso de un chiste), puede generar un resultado gracioso. En otras ocasiones, la risa deriva del ingenio con el que se transgrede esa norma. La gracia de decir que un negro con un hacha clavada en la cabeza es un pin del KKK no está en el planteamiento atroz, sino en el señalamiento de que el Klan es absurdo y descerebrado, a la vez que nos choca lo brutal y excesivo de la premisa del chiste, donde se genera una identificación inconsciente entre dicha brutalidad y la que se le conoce a los tontospolla de los capirotes de Semana Santa.

Con los chistes de Bodegas ocurre algo similar. El monólogo empieza con el humorista diciendo que le han prohibido hacer chistes sobre gitanos, para justo después empezar a transgredir esa norma. El hecho de que explicite que va a hacer chistes “de payos” en su lugar, deja meridianamente claro que el objetivo de la burla no es el pueblo gitano, sino el propio tabú. De hecho, podríamos incluso teorizar que parte de la burla está dirigida hacia las personas que todavía sostienen esos tópicos como verdades. Incluso que, en cierto modo, esos lugares comunes nos enfrentan con la pervivencia de determinados tópicos imbricados en nuestra sociedad ideal oppression free.

Resulta más sencillo encontrar una correlación entre que uno de cada tres españoles no lea siquiera un libro cada tres meses y esta dificultad para entender el contexto de una broma, que pensar que Rober Bodegas es un racista gitanófobo. Y ha sido un error garrafal que el humorista decidiese pedir perdón a los ofendiditos de turno, porque la ofensa de muchos no tiene que ver con la justicia o injusticia, sino con la superioridad moral. En los tiempos de los doscientos ochenta caracteres, a los que te quieren quemar en la plaza del pueblo les importa una mierda que seas o no lo que ellos dicen. Alégrense los conservadores: en esto no hemos cambiado nadita.

Porque, ya que estamos, toda la caterva de diarréicos mentales que se dedican a peinar las redes sociales buscando un blanco hacia el que canalizar sus frustraciones y contra el que sentirse más guays, tendrían trabajo para décadas si dejasen de perseguir fantasmas y chistes. Si se parasen por un segundo a analizar que el ritual del pañuelo al que alude el humorista es bastante más vomitivo que cualquier broma sobre él, sea o no un lugar común. Pero claro, la férrea moral de los ofendidos de Twitter les impide meterse en ese jardín, porque esa es una lucha de las mujeres gitanas y sería algún tipo de colonialismo que nos metamos los blanquitos a hablar del tema.

O quizá sea tan solo que esta mierda pasó en agosto y no había nada mejor con lo que rellenar horas de televisión… pero si quieren que les sea franco (el adjetivo, no la momia), yo sigo apostando por el infantilismo.

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